Humor y Risas

La vida ya ofrece suficientes momentos de obligada seriedad como para que no nos riamos siempre que podamos, así que esta categoría espero que te arranque alguna que otra carcajada.

SERES ABSURDOS

SERES ABSURDOS

- Oxidado y maloliente -

Parte 1

Después de una larga y desagradecida jornada de trabajo en la fábrica calzoncillos de lana Manfred recorría el camino de vuelta a casa con un poco de dinero en los bolsillos y mucho alcohol en el riego sanguíneo. Los viejos faros de su camioneta desvencijada apenas alcanzaban a iluminar unos pocos metros de asfalto con una luz amarilla y mortecina. Si algún peligro surgiese en su trayecto no tendría tiempo ni de cagarse en los pantalones. Hacía poco rato que se había metido entre pecho y espalda seis solitarias pintas de cerveza en un bar que olía como un saco de ojetes y del que había sido invitado a marcharse amablemente a punta de escopeta por tirarle los trastos a la madre del dueño.

Manfred no llevaba una vida de lujos; eso saltaba a la vista solo con ver la trampa mortal que conducía regularmente. Tampoco sabría qué hacer con lujos. Era una de esas personas que comía directamente de la sartén para no tener que fregar el plato. Toda su vida la había pasado con lo puesto y se había preocupado solo por el futuro más inmediato, ese que existe solo a la altura de tu propio flequillo. Todo lo que ganaba en la fábrica le daba para pagar un cuchitril de quince metros cuadrados que compartía con una familia de arañas silenciosas, para poner “caldo” a la camioneta y para llenar la despensa de latas de berberechos en escabeche. El capital restante lo invertía religiosamente en placeres etílicos de distinta gradación.

El trayecto que recorría lo había estado transitando diariamente durante los últimos diez años en distintos estados de embriaguez y se sentía tan confiado como para hacerlo con los ojos cerrados, o eso solía pensar él. Tampoco es que tuviera que demostrárselo a nadie, pero reconocía cada giro, cada señal y cada árbol que había a lo largo de los ochenta kilómetros de recorrido. Había tenido tanto tiempo para familiarizarse con la ruta que puso apodos a todos los animales atropellados que decoraban el asfalto. Tobi, Kuka, Bichi, Blanquita, Botitas… Todos nombres sarcásticos que rozaban por los dos lados el mal gusto. Pero así pasaba el rato, sumando kilómetros a un contador que hacía más de cuarenta años que se había rendido en su único propósito existencial.

La carretera en sí misma no era excepcionalmente peligrosa. Era un puerto de montaña de sinuosas curvas por el que había que circular con un poco de cuidado para no despeñarse y estar atento por si se producían desprendimientos mortales, pero poco más. La mayor parte del tiempo la carretera se desarrollaba con curvas a izquierda y derecha y en combinaciones alternas de esas dos variables, con trazos tan aburridos como predecibles y que, después de un rato, en nada favorecían la vigilia de quien las transitaba. Lo cual sí que solía suponer un problema moderado. A lo largo del trayecto se podían apreciar algunos puntos críticos en los que otros desafortunados conductores habían retado a las leyes de la física (y habían perdido estrepitosamente) lanzando sus vehículos a través de la mediana hacia un abismo de rocas, árboles furiosos y chatarra oxidada.

Manfred sabía de todos esos casos. Algunos eran antiguos y otros más recientes, pero todo aquello eran cosas que les sucedían a los demás, gente incauta o poco hábil al volante. Él llevaba en la carretera prácticamente toda su vida y nunca había tenido ningún problema, excepto aquella vez que se empotró contra una farola y que, por supuesto, no fue culpa suya. Los carteles de lencería femenina no deberían tener tanto rosa. 

En algunos tramos de aquel recorrido era habitual encontrar niebla a altas horas de la madrugada. Era un fenómeno atmosférico bastante recurrente a aquella altura y que, si tenías un buen seguro de coche y de vida, tampoco era para preocuparse mucho. Aquella noche sin embargo la niebla bajaba más densa que un yogur griego. Manfred no podía estar seguro, pero juraría que se le había metido incluso dentro de la mollera. ¿Era aquello realmente posible? Quizás tuviese más que ver con el hecho de haber estado bebiendo como un Vikingo en una despedida de soltero. Los limpiaparabrisas de la furgoneta no daban  más de sí. Iban de un extremo al otro del cristal sin hacer absolutamente nada útil. Cada barrido producía un sonido espeluznante que se propagaba a través de la niebla como si alguien estuviese pisando el rabo a un perro especialmente quejica.

Para mantener a raya al persistente sueño Manfred decidió poner la radio. Le arreó un par de sopapos a un transistor a pilas que llevaba en el asiento del copiloto, pues hacía mucho tiempo que la radio del coche había sido intercambiada por un magnífico colchón hinchable con más parches que un chaleco heavy. Mientras sujetaba el volante con las rodillas y se liaba un cigarro con la mano izquierda, empezó a mover dial del aparato buscando cualquier señal que le ayudase a mantener los ojos abiertos uno rato más, pero con aquella niebla y a aquella altura lo único que consiguió fue un monótono ruido de la estática radiofónica. Mejor aquello que nada, pensó equivocadamente. 

Como no podía ser de otra manera, a largo plazo, conducir una camioneta con las rodillas es una actividad totalmente incompatible con la vida ( pregunta a tu médico de cabecera si tienes dudas). Mientras pasaba la lengua reseca y áspera como la piel de un kiwi por el papel de liar de su cigarrillo, una de sus rodillas resbaló del volante. La vieja camioneta empezó a pegar bandazos por la carretera como si hubiese entrado en pánico.  Manfred luchaba torpemente por recuperar el control de su vehículo a la vez que intentaba no atragantarse con el cigarrillo. Una gran cantidad de bártulos mal asegurados empezaron a volar por la cabina del coche añadiendo dificultad extra a la maniobra desesperada. Antes de recuperar definitivamente el control la camioneta pegó un último restregón contra el quitamiedos contrario y volvió violentamente a su propio carril dejando una estela de chispas bastante espectacular.

Una vez asegurada la dirección, con las dos manos firmemente instaladas sobre el roñoso volante y con un sorprendente y repentino estado de lucidez, Manfred se dedicó a hacer un rápido balance de daños. Comprobó que toda la porquería que pululaba habitualmente por el interior de su coche seguía estando más o menos en su sitio. Utilizó los espejos retrovisores para ver si había daños estructurales serios; es decir, que no se le hubiesen salido las ruedas o el motor, que era fundamentalmente lo único que le importaba. 

Superado el momento de ansiedad empezó a sentir una repentina y abrumadora necesidad de beber. El susto había puesto a funcionar el sistema de soporte vital autónomo de su cuerpo y demandaba grandes cantidades de agua para paliar el incipiente estado de deshidratación. La resaca del día siguiente iba a ser de las buenas. Con los ojos abiertos como dos platos de soperos y una mano firme en el volante, empezó a rebuscar entre los trastos que había sobre los asientos traseros. Tenía vagos recuerdos de haber visto en alguna ocasión una botella con líquido trasparente dentro, presumiblemente agua. Una zapatilla rota, un bidón de gasolina, ropa vieja, calzoncillos de lana de segunda mano, comida en distintos grados de descomposición, un trozo de parachoques… Nada. Ni rastro del agua. Estuvo un rato intentado abrir la guantera para ver si había suerte y acabó por recordar que, efectivamente, su coche nunca había tenido una. Con un resoplido de frustración y cansancio abandonó su empeño y se quejó en voz alta y pastosa.

– Maldita sea. Daría lo que fuese por un maldito trago de maldita agua asquerosa -. 

Como respondiendo su invocación, a la altura de su oreja derecha, apareció una botella de cristal llena de agua prístina. Aletargado como estaba por el alcohol y preocupado solo en saciar su sed, Manfred cogió agradecido la botella, arrancó el tapón de rosca con los dientes y lo escupió contra la ventanilla cerrada. Empezó a beber ávidamente su contenido haciendo más ruido que un desagüe. El agua estaba fresca, pero no demasiado, lo suficiente para notar su paso a través de la garganta reseca y calmar la sed instantáneamente. No recordaba haber bebido algo tan magnífico en su puñetera vida. No era solo una cuestión de sabor, porque al fin y al cabo era agua, si no la sensación de bienestar que dejaba a su paso aquel líquido tan sencillo y extraordinario que arrastraba consigo los síntomas etílicos y la pesadez de estómago.

Conforme la sed iba desapareciendo y la inflamación cerebral remetía, las pocas neuronas que Manfred conservaba empezaron a lanzar señales de advertencia. En realidad llevaban un buen rato haciéndolo, pero ya no se esforzaban tanto como cuando eran jóvenes. Toda una vida de maltrato sistemático les había robado el ánimo a base de chupitos de Tequila. Sin embargo el aviso fue poco a poco abriéndose paso a través de la niebla mental hasta alcanzar su consciente. Empezó a formularse preguntas básicas que tenían respuestas complicadas. Con mucha lentitud dirigió su mirada vidriosa al espejo retrovisor, que por supuesto estaba totalmente resquebrajado y se sujetaba exclusivamente a base de fuerza de voluntad. El pulso de Manfred empezó a subir de revoluciones como una lavadora centrifugando y el agua que todavía no había tragado empezó a salirse de la boca medio abierta. A través de la superficie fragmentada del espejo, los ojos llorosos de Manfred conectaron con un horror caleidoscópico.

En el asiento de atrás, incómodamente instalada entre toda la porquería, una entidad grotesca y espectral devolvía la mirada a Manfred. Muy poco a poco, intentado que el corazón no se le saliese por las orejas, Manfred giró la cabeza hacía atrás deseando con todas sus fuerzas que aquello no fuese más que una alucinación. Girando el cuello hasta el borde de la fractura tuvo una mejor visión de la realidad que se había materializado en el asiento de atrás de su vieja camioneta. Su cuerpo le enviaba mensajes contradictorios; sus ojos le decían una cosa y su cerebro otra, y entre ellos no parecía haber consenso sobre la naturaleza de lo que allí se estaba manifestando.

La entidad que viajaba en el asiento de atrás de Manfred no tenía derecho a pasearse por la realidad, y mucho menos a llevar el cinturón de seguridad puesto. Su cuerpo era translucido, como si se le hubiesen olvidado la mitad de sus átomos en alguna parte. El pelo, negro como el ojete de un grillo, se movía artificialmente como si tuviese la cabeza metida dentro de una palangana. Iba vestida con un largo camisón blanco de esos que se pueden encontrar en cualquier bazar chino y no tenía piernas de rodillas para abajo, lo cual era de agradecer en aquella circunstancia porque no quedaba mucho espacio. Pero de todo aquel conjunto, lo que realmente perturbó a Manfred fueron los ojos de aquel ser. Eran dos abismos negros de antinatural circunferencia. Tenían el mismo formato y color que el tapón de un fregadero, pero con sendas pupilas blancas en el centro. El perturbador aspecto quedaba un poco mitigado por el hecho de cada ojo parecía funcionar con total independencia. Pero a pesar de eso, aquel ser parecía haber sido engendrado en las peores pesadillas del mas demente de los psicópatas. 

A través del transistor de radio empezó a sonar una voz femenina y juvenil distorsionada por la estática de fondo. – Si te bebes toda el agua te sentará mal y te dolerá la barriguita -. Aquello fue el colmo. El esfínter de Manfred, que a duras penas había aguantado el tipo hasta aquel momento, decidió relajarse y mandarlo todo a tomar por culo (nunca mejor dicho). Manfred cogió tanto aire como pudo y empezó a gritar como una colegiala en un concierto de los BackStreet Boys. La criatura empezó también a gritar con una boca grande y redondeada como una sartén, pero el sonido no salía de aquel pozo de terror, sino del transistor. En apenas unos segundos la camioneta de Manfred se llenó de una cacofonía insoportable. Sin poder apartar la mirada del ser Manfred empezó a manotear buscando el picaporte de la puerta y, cuando dio con él, tiro con tanta fuerza que lo partió. Decidido a escapar de aquella situación, empujado quizás por un instinto de supervivencia adulterado por el alcohol, se lanzó por la ventanilla del coche. 

Afortunadamente, con todo aquel disparate sobrenatural, la camioneta había aminorado sustancialmente la velocidad y Manfred rodó como un salchichón por el asfalto sin sufrir graves daños. Mientras se ponía de pie torpemente tuvo tiempo de ver cómo el vehículo se alejaba y embestía contra el quitamiedos. En el asiento de atrás, con cara de sorpresa y congoja, la criatura del averno agitaba en el aire un brazo fibroso increpando a Manfred por su desfachatez. Camioneta y Ente salieron volando y se precipitaron hacia el vacío en mitad de un gran estruendo. Por debajo del sonido del metal oxidado golpeando contra la ladera de la montaña Manfred pudo escuchar cómo, a través del transistor, una voz distorsionada se desgañitaba barranco abajo. – Hiiiijooo de puut.. -. Las ultimas vocales de aquella ancestral maldición se perdieron en la noche, y Manfred, con menos prisa y más tranquilidad de la que cabría esperar dadas las circunstancias, empezó a caminar en la que esperaba que fuese la dirección correcta.

Continuará…

HOSTAL GALICIA

HOSTAL GALICIA

- Un relato con tortilla de patata -

Atiende a mis palabras, criatura de bien, porque todo lo que aquí voy a relatar es cierto en un porcentaje sano y prudente. Sácate el dedo de la nariz, apaga tu maloliente cigarro y presta atención, pues mi historia encierra una gran sabiduría y puede que algún día te salve de un disgusto y un ridículo espantoso. Quizás habrás oído decir acerca de mi prosa que es lenta y espesa como el regurgitado, que soy propenso a enredarme en florituras innecesarias y que mis relatos están plagados de sesgos e incorrecciones gramaticales. Pues he de decir a esas voces que se alzan en mi contra que, efectivamente, no les falta razón, pero todo cuanto hoy voy a desplegar ante ti no solo es verídico, sino que también es cierto. Lo juro ante el Supremo y que me arranque las uñas de los pies un topo rabioso si miento.

Todo empezó el pasado 29 de Julio del año 2020 de nuestro Señor. Después del consabido enclaustramiento todos los seres humanos salimos al mundo con más empuje que el Toro de La Vega. El verano se encontraba ya bien avanzado y tras unas cuantas semanas de aclimatación social y etílica decidimos emprender un viaje que nos permitiese alejarnos de las vicisitudes de la vida diaria. Con esa intención cargamos nuestros innumerables bártulos en nuestro utilitario habitual y nos despedimos con gran pesar de nuestros seres queridos más allegados; un par de gatos desagradecidos que no veían la hora de perdernos de vista

Pusimos rumbo hacía el Noroeste peninsular, pues llevaba tiempo rondándonos la idea de trazar una ruta a mano alzada por aquellas latitudes verdosas y con olor a mejillón hervido. Nuestro plan consistía en descartar cualquier ejercicio de planificación. Cedimos nuestro destino y cuidado al Azar y abandonamos toda precaución con la misma alegría con la que uno abandona el gimnasio en época estival. Por si su merced lo desconoce, Galicia se encuentra, literalmente, en las antípodas peninsulares respecto a Alicante, tierra de grandes virtudes y origen de nuestro glorioso viaje. Más de mil kilómetros separan ambas ciudades, con lo que disponíamos de tiempo de sobra para pensar sobre la marcha dónde plantar el huevo la primera noche. Aprovechando el buen tiempo y la brisa mediterránea nos pusimos en marcha y nuestro vehículo empezó a devorar kilómetros con la misma ansiedad con la que una mujer despechada consume yogur helado. Trazamos una línea transversal que dividía el país en dos mitades plegables mientras nos vanagloriamos de la diversidad geográfica que ofrecía el trayecto y del excedente de gilipollas que pululan por nuestras alegres carreteras. Mientras yo sudaba cual pollastre Alicantino por la fricción de mi propia superficie contra la tapicería de mi asiento, mi compañera y copiloto se dejaba los ojos en un dispositivo móvil excepcionalmente incómodo tratando de reservar algún alojamiento. Somos gente sencilla, de gustos básicos, tan refinados como un supositorio de segunda mano, así que, en realidad, casi cualquier hospedaje cumplía nuestras expectativas  más humildes.

Y así llegamos finalmente a nuestro destino. Cabe destacar que nuestra llegada se produjo en un contexto nada halagüeño y quizás debimos haber prestando más atención a las señales que el universo nos mandaba. Un espectacular incendio nos daba la bienvenida a una tierra que todos los años sufre más por las llamas que la ropa de un porrero adolescente. Pero nuestro cansancio y, por que no decirlo, nuestra absoluta incapacidad para reconocer los augurios cósmicos, nos hizo adentrarnos alegremente en aquel territorio de misterio y leyenda  con sana indiferencia.

Nuestra primera parada se produjo en la provincia de Ourense. Se trataba de un Hostal limpio, tranquilo y convenientemente hortera. Sus propietarios habían considerado oportuno inspirar la temática del hostal en los grandes ídolos y estrellas del rock de todos los tiempos.   Una sucesión de rostros prematuramente desaparecidos nos observaba desde la fachada del edificio. Nuestra habitación estaba íntegramente consagrada a Kurt Kovain y todas las paredes lucían interesantes fotografías y escenas bucólicas de la meteórica vida y carrera del artista. Sobre el cabecero de la cama un Kurt Kovain inapropiadamente feliz tonteaba con una pistola mientras sonreía con complicidad a la cámara.

Aquella primera experiencia nos convenció de que el formato de viaje improvisado era interesante y viable. Al no disponer de un itinerario rígido y pormenorizado nos podíamos permitir  el lujo de disfrutar en cada momento de lo que realmente nos apetecía. Y así lo hicimos. No me recrearé en los detalles de cada una de las paradas que realizamos, pues fueron muchas y de muy diversa índole. Sobra decir que todo transcurrió de la manera deseada; con tranquilidad, sin sobresaltos intestinales y bajo los parámetros del disfrute y el bienestar. En todos los pueblos en los que aterrizamos encontrábamos un caudal inagotable de cerveza, tortillas de patata en distintas fases de cocción y pimientos de padrón suficientes como para atragantar a un panda. Aprovechábamos nuestros traslados en coche de una zona a otra para buscar aquellos alojamientos que mejor nos venían por su ubicación, categoría y precio. Mi compañera se encargó diligentemente de llevar a cabo cada una de las reservas y todas nuestras estancias resultaron satisfactorias. Bueno, casi todas…

Al noveno día, cuando ya encarábamos la recta final de nuestro viaje, decidimos hacer una última excursión a modo de colofón final en la conocidísima Playa de las Catedrales. Mi compañera tuvo que invertir un valioso tiempo para convencerme de que no íbamos a pasar la tarde viendo monaguillos en traje de baño ni curas bendiciendo percebes. Superado el disgusto innecesario pusimos rumbo a nuestro último destino y, como veníamos haciendo desde el principio del viaje, mi compañera buscó un alojamiento que estuviese bien situado pero que sobre todo resultase económico, pues a aquellas alturas nuestras arcas estaban exangües (resulta sorprendente el desgaste al que se puede ver sometida la economía familiar a base de huevos y patatas).

A medio día llegamos a nuestro destino; un pueblo pintoresco situado a escasos kilómetros de la playa y de cuyo nombre me siento totalmente incapaz de recordar. El sol azotaba inmisericordemente a cualquiera que osase pulular por las calles y se ensañaba con especial virulencia contra extranjeros y calvos sin sombrero. Vimos como una señora mayor se hundía en brea asfáltica como un mamut adolescente. Aparcamos nuestro vehículo en un descampado y, usando nuestro equipaje a modo de parasol, corrimos para salvar la vida hasta el portal más cercano mientras nuestro calzado se fundía como queso a la plancha. Nos tomamos unos instantes para ubicarnos y localizar nuestro alojamiento, pero el potente brillo del sol nos deslumbraba dificultando la tarea. Finalmente, junto a un portal desvencijado, localizamos un letrero escrito a mano con rotulador rojo con el nombre del hostal; “Hostal Galicia”. En aquel momento, con el cerebro hirviendo como la “olleta» no reparamos en las implicaciones técnicas ni en las connotaciones publicitarias que ofrecía aquel cartel austero como un sofá de esparto. Entramos en el establecimiento jadeando por el esfuerzo y con los pies convertidos en gofres a medio cocer. Nuestro organismo, al borde del colapso, se esforzaba por regular la temperatura corporal y reducir el ritmo cardíaco. Yo sudaba como un hemofílico en una tienda de navajas. Transcurridos unos minutos, cuando ya me sentía fuera de peligro, empecé a fijarme por primera vez en el entorno. Sensaciones contradictorias empezaron a solaparse en mi interior.

Ruego que su merced sepa perdonar la rudeza de mis palabras, pero lo primero que pensé fue – ¡Hostia Puta! ¿En qué año estamos? -. Toda la información que recopilaban y descodificaban mis sentidos me condujeron a la irremediable conclusión de que, debido a algún fenómeno extraordinario e inexplicable, habíamos retrocedido en el tiempo unos sesenta o sesenta años. Quizás mucho más. La explicación alternativa era igualmente descabellada; quizás habíamos traspasado esa fina membrana que separa las dimensiones y ahora nos encontrábamos en una donde lo rancio, lo hortera, lo demencialmente añejo estaba otra vez de moda. Una tercera opción se abrió camino a través la incredulidad y el asombro. ¿Pudiera ser que nos hubiésemos equivocado de establecimiento y, en vez de entrar en el hostal nos hubiésemos metido en un negocio de venta de artículos de segunda mano? No sería la primera vez que yo visitaba uno de esos establecimientos buscando alguna ganga inesperada. Solían ser sitios donde la gente llevaba todo tipo de trastos viejos e inservibles que debían yacer en el vertedero.

Las paredes de aquella habitación estaban forradas de papel texturizado, el último grito en moda del hogar en la década de los 40s. En algunas zonas, donde el papel había sucumbido al paso del tiempo, habían puesto azulejos con llamativos patrones oscuros que te hacían desear perder la vista para siempre. En el centro de la estancia, colgando del techo desconchado, una imponente lampara de intrincada filigrana arrojaba una luz amarillenta por aquellos rincones a los que los rayos de sol ni se molestaban por alcanzar. Las baldosas del suelo estaban descoloridas y desgastadas por la fricción y se producían irregularidades que debían de ser una tortura para cualquier cojo que las transitase. En uno de los laterales de la habitación existía un trozo de madera carcomida que hacía las veces barra de bar y mostrador para las recepciones. El resto del mobiliario se repartía por la estancia sin ningún criterio discernible. Llamó especialmente mi atención un juego de “proto-taburetes” de madera ubicados junto al mostrador. Se trataba de artilugios de aspecto peligroso y llenos de remiendos cuya factura debía remontarse a los albores de la humanidad, cuando nuestra especie empezó a sentir la necesidad de descansar las nalgas en algo más ergonómico que una roca. Advertí a mi compañera que bajo ningún concepto arriesgase la vida sentándose en ninguna de aquellas máquinas de tortura ancestrales.

Mientras yo todavía estaba valorando los distintos vectores de amenaza, a través de un oscuro pasillo que conectaba esa estancia con la adyacente, empezó a llegarnos el inconfundible sonido de alguien que despierta prematuramente de su letargo. Recuerdo que junto a los sonidos de carraspera y desentumecimiento se percibía el monótono discurso de un narrador de documentales de la segunda guerra mundial. Aunque dadas las circunstancias bien podría tratarse del “No-Do”. Mi compañera y yo nos juntamos y creamos un frente unido ante cualquier peligro que pudiese abordarnos. Salir a la calle no era una opción; el sol se encontraba ahora en su cenit y era una muerte segura y terrible. Allí dentro por lo menos tendríamos alguna posibilidad. Por el pasillo empezó a acercase una figura, una sombra oscura que se tambaleaba como un borracho y que no tardó en concretarse ante nosotros. Se trataba de un señor mayor, de gran estatura y que nos recibió con una exagerada sonrisa. Yo juraría que aquel hombre estaba tan sorprendido de vernos como nosotros lo estábamos de verlo a él. Llevaba una ropa que encajaba totalmente con el resto del panorama. No sucia, ni mucho menos, pero si excepcionalmente desfasada. Sin embargo, lo que más llamó mi atención, fueron sus gafas. De pasta marrón, como cabría esperar, y con sendos cristales gordos como el cenicero de un detective privado. Pensé que si en esos momentos aquel hombre salía con esos cristales a la calle le prendería fuego al pueblo entero. – ¡Bienvenidos! -. Exclamó. – Les estábamos esperando -. Mintió. – Hoy hace mucho calor, dejen su equipaje por aquí, por favor. Enseguida les atendemos -. Ejercitar el habla y haber transitado de una habitación a otra debió dejarle profundamente agotado porque, mientras nos invitaba a descansar, se sentó temerariamente en uno de los taburetes para recuperar el aliento. Mi compañera y yo dimos un paso atrás por si explotaba. – ¿Qué tal el viaje? ¿Vienen ustedes desde muy lejos? -. Mi compañera tubo a bien responder amablemente al señor, que ya se estaba desabrochado los botones superiores de su camisa de rayas blancas y amarillas. Mi compañera me dio un golpe con el codo en las costillas intentando sacarme de mi estupor. Yo no podía parar de mirar las gafas de aquel señor preguntándome cómo era posible que no se le cayese la nariz o las orejas por el peso del cristal. – Estupendo -. Dijo el señor con jovialidad. – No se preocupen que ahora enseguida les entiende Carmen -. Como si hubiese estado esperando a ser invocada la susodicha Carmen se materializó en la estancia a través de un portón que había pasado desapercibido en mi escrutinio inicial.

Carmen era una muchacha de mediana edad, bajita y regordeta. Tenía el aspecto general de un awakate enfundado en unos pantalones vaqueros de pitillo que, teniendo en cuentas el resto del ambiente, resultaban ser un anacronismo destacable. Andaba con un gracioso bamboleo, como si su centro de gravedad se hubiese desplazado salvajemente hacia las rodillas. La chica ejercía una variedad formidable de rolles en aquél negocio familiar; recepcionista, camarera y limpiadora no debían de ser ni la mitad de ellos. El parentesco familiar entre el hombre y Carmen era más que evidente; entre los dos poseían más cristal en las gafas que un escaparate. Se puso a trabajar en los aspectos burocráticos y logísticos de nuestra reserva y, de entre un montón de trastos viejos y carpetas con documentos desfasados, extrajo un archivador, que era lo más parecido a un ordenador que había en aquella estancia. Solicitó nuestros documentos de identidad y realizó una serie de apuntes a mano. Mientras Carmen trabajaba en las gestiones propias de la hostelería, el hombre mayor se sintió en la obligación de interactuar verbalmente con nosotros. Me hizo una serie de preguntas y comentarios ambiguos y sin mucha trascendencia, entiendo yo que más por educación que por genuino interés. Yo respondí de manera que no nos comprometiese de forma alguna, navegando a través de toda aquella cháchara innecesaria con la soltura que cinco años de atención al público me habían proporcionado. El hombre, agotados ya sus temas favoritos, me invitó a que me acercase a una de las paredes de la habitación para poder observar con más detalle una serie de cuadros que allí se mostraban. Accedí sin rechistar y con fingido entusiasmo. Enmarcados en madera tallada y de distintos colores, un par de pinturas de paisajes gallegos aportaban una pizca de color y vistosidad a un ambiente que pedía fuego con urgencia y en cantidades. No puedo decir que no se tratase de un trabajo adecuado. Tampoco mentiré diciendo fuesen obras de arte de valor incalculable. Al fin y al cabo una vaca pastando, por muy ducho que sea el artista, no deja de ser eso; una vaca pastando. El resto de obras han sido adecuadamente eliminadas de mi memoria a estas alturas como consecuencia de su mediocridad fulminante. Sin embargo, aquél individuo se mostraba profundamente orgulloso de su galería de arte particular y yo no pude más que alabar su buen gusto y su habilidad a la hora de colgar cuadros notablemente nivelados.

Carmen había terminado de registrar todos nuestros datos, y después de espantar a un gato que se paseaba por el mostrador/barra del bar, nos invitó a que la siguiésemos a nuestra habitación. El hombre se despidió de nosotros con cierta nostalgia, como si ya nos echase de menos. Cogimos nuestros bártulos y enfilamos escalares arriba siguiendo la estela de Carmen, que a pesar de su estatura y formato avanzaba con energía hacia los pisos superiores. Cargados con nuestras maletas empezamos a preguntarnos si aquél maldito edificio sería un campanario, pues no parecía que fuésemos a llegar nunca. Los escalones estaban totalmente restaurados en lujoso contrachapado de color “beis”. Debajo de ellos se podía intuir antiguo y desgastado azulejo de un edificio que debía tener más años que el sistema solar. Por fin llegamos a nuestra planta y Carmen, embistiendo con el hombro como un ariete de batalla, nos abrió una puerta que daba acceso a lo que a todas luces era una vivienda antigua reconvertida en un hostal. Conforme nos acercábamos a nuestra habitación yo trababa de memorizar la ruta y la distribución del edificio, por si nos veíamos en la necesidad de huir precipitadamente de aquél sitio extraño en un futuro cercano.

 

– Esta es su habitación. Aquí les dejo las llaves. Disfruten de una agradable estancia -. Dijo Carmen educadamente y con un tono robótico mientras nos invitaba a entrar. – Si desean cualquier otra cosa no duden en avisarnos -. Y entonces se dio la vuelta, cerro la puerta y desapareció de nuestro campo de visión. Mi compañera y yo nos miramos muy fijamente. Aquel portazo había sonado definitivo, como si de un calabozo se tratase. Lo primero que hice fue comprobar que, efectivamente, la puerta podía abrirse desde dentro. Extrañas ideas empezaron a rondarme por la cabeza, y nada de lo que había visto y oído desde que habíamos llegado a aquel lugar me tranquilizaba. Estaba más tenso que una monja con atraso. Cerré la puerta con llave y me la guardé en un bolsillo. Entonces empezamos a ser conscientes de dónde estábamos encerrados y dónde íbamos a pasar la noche. La habitación era bastante pequeña, con las dimensiones justas como para poder albergar una cámara de matrimonio. Lo único bueno que puedo decir sobre la habitación es que era prácticamente cuadrada y que no nos dábamos con la cabeza en el techo. Había un armario empotrado que abrimos con cuidado de que no se nos cayese encima, no porque tuviese intención de guardar nada, si no para asegurarnos de que no había ningún cadáver dentro o un pasadizo secreto a una cripta infernal. En una de las paredes había un ventanuco a bastante altura por el que entraba calor y el insoportable sonido de una taladradora trabajando. Me asomé por el ventanuco aún a riesgo de morir calcinado para comprobar cuanta altura había respecto al suelo, por si teníamos que saltar para huir de algún mal mayor. Una enorme higuera nos daría la oportunidad de sobrevivir a la caída si las cosas se ponían realmente feas, y de paso podríamos merendar fruta.

Había una puerta que daba acceso a un baño forrado íntegramente de azulejo verdoso. Estaba equipado con todo lo habitual en estos casos; lavabo, bidé, water y bañera a juego. Sobre la bañera había otra ventana por que no podríamos salir a menos que nos descuartizasen, y aquel se estaba convirtiendo precisamente uno de mis temores principales. Después de asearme un poco y de dar uso innecesariamente al bidé volví a la habitación y me dejé caer sobre la cama. Aquel gesto inocente de alivio estuvo a punto de costarme una paraplejía permanente. La cama estaba dura como el hormigón armado. El golpe me arrebató todo el aire de los pulmones y me dejó boqueando como un atún. No tuve tiempo de advertir a mi compañera que, emulando mi gesto y sin ser consciente del peligro, se lanzó sobre la suya con energía. Yo temía que fuera a quedarse inconsciente por el golpe, o algo peor, pero para gran alivio y sorpresa, en vez de partirse la crisma contra un bloque de granito, se hundió como un zurullo entre las sábanas y empezó a gritar pidiendo auxilio. Me levanté totalmente rígido por el dolor, metí los brazos hasta los codos entre las sabanas y ayudé le ayudé a salir de aquella trampa mortal. Luego nos abrazamos y retrocedimos mirando en todas direcciones con creciente ansiedad. No podíamos fiarnos de nada. Desde una de las paredes, enmarcada en plástico gris, un rostro antiguo de mujer aristócrata nos observaba con malsana satisfacción. Me acerqué al cuadro y lo separé de la pared para asegurarme de que sus ojos no estaban conectados a algún dispositivo de observación, como había visto en tantas películas. No vi nada excepcional más allá de un par de arañas de aspecto inofensivo y colillas de cigarrillo que algún huésped anterior debía haber intentado ocultar.

Eran todavía las cuatro de la tarde. No hacía ni treinta minutos que habíamos llegado a aquél lugar pero parecía que hubiesen transcurridos horas interminables. Estábamos cansados, asustados y hambrientos. No sabíamos si el “hostal del horror” contaba con cocina, pero tampoco queríamos averiguarlo por miedo a descubrir alguna verdad insoportable. Rebuscamos entre nuestros bártulos cualquier cosa comestible y que no resultase venenosa. Devoramos un paquete de galletas saladas con gran avidez, lloramos un poco y nos acostamos con precaución para intentar descansar un poco. Aún a riesgo de sucumbir al calor decidimos cerrar la ventana para mitigar un poco el ruido de la obra que se estaba llevando en el edificio de al lado. Yo me levanté, cogí una silla de madera e intenté bloquear la puerta que daba acceso a la habitación, solo por si acaso. Con cuidado de no partirme la espalda me tumbé en mi altar de sacrificios y cerré los ojos pensando que quizás nunca más los volviera a abrir.

Aproximadamente una hora y media más tarde el móvil empezó a sonar y nos despertó. Aquello era un buen síntoma. Si estábamos siendo despertados es porque, de alguna manera, seguíamos vivos. Me revisé todas las partes del cuerpo para confirmar que seguían en su sitio y le pedí a mi compañera que chequease mi espalda en busca de cualquier anomalía. Había escuchado historias  terribles en las que la gente se despertaba con órganos internos de menos y yo le tenía mucho aprecio a todos los míos. Contra todo pronóstico parecía no haber nada fuera de lo normal. Bueno, mejor dicho; parecía que no había nada nuevo fuera de lo normal. Nuestros bártulos seguían estando donde los dejamos. La mujer del cuadro no había movido los ojos ni cambiado de expresión. La silla que inútilmente habíamos atrancado contra la puerta seguía igual de inútil. Aquello nos relajó un poco. Quizás, después de todo, no fuese para tanto. Nuestro viaje hasta aquél momento había salido redondo. Todos nuestros hospedajes anteriores habían sido más que aceptables, con una  buena relación calidad precio. Decidimos pegar un vistazo en la aplicación desde la cual habíamos reservado aquel hostal. Queríamos cerciorarnos de que estábamos en el lugar correcto y de que realmente existía, que no se trataba de un fallo en la Matrix o de ninguna otra clase de fenómeno paranormal. Hostal Galicia, a cinco kilómetros de la playa. Centro del pueblo. Una estrella. ¿Una estrella? Pensé yo. ¿Una estrella? Cielo santo. Ni medio meteorito le otorgaría. Si aquél lugar merecía algún tipo de clasificación astronómica sería sin duda alguna la de Agujero Negro. Aquel lugar absorbía la luz, la energía y el aliento vital como un embudo cósmico. Pegamos un vistazo a las fotografías del anuncio intentando reconocer las similitudes con el lugar en el que nos encontrábamos. Nos resulto bastante difícil pero llegamos a la conclusión de que era el mismo sitio. Las fotografías habían sido magistralmente tomadas por algún genio del marketing. Era el equivalente a ver el anuncio de un ave fénix y luego encontrarte con un pato de pantano.

Me asomé una vez más por la ventana. Saqué un brazo y lo volví a meter con rapidez dentro de la habitación como el que comprueba la temperatura de una olla hirviendo. El calor nuclear estaba remitiendo conforme avanzaba la tarde. Desde mi posición pude ver con tristeza como un niño salía al patio interior de su casa a buscar a su mascota carbonizada. Mi compañera me propuso aprovechar para salir a dar una vuelta por el pueblo. A mi me parecía increíble verla de tan buen talante dadas las circunstancias, pero accedí sin muchas quejas. Si conseguíamos llegar a la calle sanos y salvos quizás pudiésemos pedir ayuda. Después de forcejear un poco con la silla y la puerta conseguimos salir. Saqué el móvil primero por una rendija e hice unas cuantas fotos para asegurarme de que no había nadie fuera esperando con una motosierra o un cuchillo oxidado. Con cuidado, intentando no hacer ruido, atravesamos todo el edificio y salimos a la calle. El sol todavía repartía  sopapos a la gente, pero lo hacía cada vez con menos ganas. Invertimos el resto de la tarde en pasear y disfrutar de la vida, que ahora se me antojaba corta y vulnerable. Aquel mal rato nos hizo apreciar las cosas más triviales de la existencia y decidimos vivir el resto de nuestros días a todo tren. Nos pedimos una Coca-Cola y una bolsita de pipas sin sal; no había presupuesto para mayores lujos por muchas promesas que nos hubiéramos hecho.

Alargamos nuestro paseo todo lo que pudimos intentando retrasar el inevitable momento  en el que tuviésemos que volver al hostal, pero al final, cuando el pueblo se quedó desierto y empezaron aullar y graznar todo tipo de criaturitas nocturnas decidimos volver. Entramos con precaución, todo estaba oscuro y en silencio salvo por el sonido de los documentales de la Segunda Guerra Mundial que llegaba desde una de las salas. Subimos rápidamente las escaleras, con esa tensión insoportable que te pone los pelos de punta cuando crees que algo te va a asaltar por detrás en la oscuridad. Conseguimos llegar a nuestra habitación sin mayores contratiempos y atrancamos nuevamente la puerta. Compartí nuestra ubicación exacta con algunos familiares. Una sencilla precaución por si en los próximos días hubiésemos desaparecido. Después nos metimos en la cama y, pese a la rigidez del colchón, no tardamos en quedarnos en estado comatoso. La ansiedad y el miedo son unos grandes consumidores de energía.

Todo lo que aconteció a partir de ese momento carece ya de importancia y no alargaremos más esta oscura aventura recreándonos en los detalles morbosos. Sin embargo, ahora que el susto ha quedado atrás nos separan más de mil km de distancia de aquel lugar extraño y perturbador, he de reconocer ante usted y ante el supremo que fueron momentos complicados que tuvieron un fuerte impacto en nuestra experiencia vital. Aquellos  hechos marcaron profundamente, no sólo el recuerdo del viaje y de aquella tierra de incomparable belleza indómita y extravagante fenomenología paranormal, si no también el resto de nuestros días. Desde entonces prestamos mucha más atención a las descripciones y comentarios en los anuncios de booking.com.

 

Poca broma con los hostales de una estrella y cartelería hecha a mano alzada.

 

 

 

PD: A continuación tendrás acceso a una galería de fotografías reales como la vida misma, para que veas que no siempre miento. Besos.

PANDEMÓNIUM 19

PANDEMÓNIUM 19

- Momentos EXTRAORDINARIOS requieren hombres DIfíciles -

El Secretario de Seguridad Nacional de los EEUU avanzaba con paso urgente por los pasillos de La Casa Blanca. Mientras caminaba iba consultando una serie de documentos en un dispositivo electrónico con el que no parecía estar muy familiarizado. Unas gotas de sudor gordas como garbanzos resbalaban impunemente por sus patillas y se colaban por el cuello de la camisa hacia territorio desconocido. Los guardias de seguridad, situados a ambos lados del trayecto, le saludaban respetuosamente con un ligero movimiento de cabeza, pero el Secretario de Seguridad Nacional los adelantaba sin reparar en su presencia. 

Al final del corredor, frente a una doble puerta de madera blanca con filigrana hortera, dos guardias prácticamente idénticos y con pinta de RottWeiler custodiaban ferozmente la entrada. Sobre el dintel de la puerta había tallados dos revólveres cruzados y un gran letrero que, con elegante tipografía Cómic Sans, rezaba; “Best Country, Best President”, todo ello pintado en llamativos colores azul, blanco y rojo. Sin aflojar el paso el Secretario de Seguridad Nacional sacó su identificación y los Pretorianos se hicieron a un lado a la vez que, con una mano grande como un taburete, abrían las puertas de la habitación más importante del mundo. 

Aquel espacio olía a Historia, y a pollo frito. Había pertenecido a muchas grandes personalidades americanas a lo largo de los últimos dos siglos y por supuesto había sufrido numerosas reformas con el paso del tiempo adecuándose en cada legislación a sus temporales propietarios. De una manera más o menos sutil, y con más o menos gusto, todos habían dejado su impronta en aquella sala. Sin embargo, la primera orden que su actual inquilino había dado nada más acceder al poder fue la de forrar todas las paredes con estampados de la bandera Americana. Todo muy Yankee. Donde antes lucia un sobrio y adecuado blanco deslucido ahora solo había franjas de colores patrióticos en distintos patrones y formas. Los cuadros y elementos decorativos de gran valor que durante décadas habían poblado aquel espacio se habían visto relegados a un trastero roñoso para dejar hueco a una singular colección de armas y ostentosos retratos de mirada furiosa. El efecto era perturbador. Mirase a donde mirase cualquier invitado acabaría centrando la atención en sus propios zapatos con tal de escapar de la acusadora mirada que ofrecía aquel rostro artificialmente bronceado. Sin embargo, el Secretario de Seguridad Nacional se había vuelto inmune a la cacofonía visual y se situó delante del escritorio de madera. Antes de hablar secó el sudor de su frente con un pañuelo de propaganda republicana y carraspeó con cierta formalidad.

Sentado sobre un trono de piel de bisonte, el hombre más poderoso del planeta, una persona que aglutinaba más poder militar y económico que ninguna otra en el mundo y cuyas decisiones afectaban a millones de personas diariamente, un individuo que tenía a su alcance la capacidad de exterminar la Vida en la tierra apretando un sencillo botón, se encontraba durmiendo, con la cabeza descolgada sobre el pecho y un trozo de salami aceitoso resbalando por la camisa. El Secretario de Seguridad Nacional subió ligeramente los decibelios de su carraspeo forzado. Sobre el regazo del presidente un gato gordo como un conejo gigante se estaba terminando de comer el sándwich que su amo se había dejado apoyado en la barriga antes de quedarse dormido. 

El Secretario de Seguridad Nacional se vio en la obligación de imprimir más energía a sus carraspeos hasta prácticamente sonar como una hormigonera recién levantada. Finalmente, con fingida torpeza, dejó caer el maletín al suelo provocando todo el estruendo posible (todo el estruendo que un maletín de cuero semi-vació es capaz de provocar). El Presidente de los EEUU de América dio un respingo, se tiró un eructo con olor a embutido y se incorporó perezosamente en su inmenso trono de piel ilegal a pesar de las protestas del gato mutante. – Wilson. ¿Qué diantres hace usted ahí de pie? Acérquese, hombre. Estaba… Meditando acerca de unas cuestiones presidenciales. Ya le contaré si surge la oportunidad. ¿Qué desea? -. El Presidente se incorporó sobre su escritorio y empezó a remover papeles y a firmar documentos en blanco con un lápiz sin punta. – Señor Presidente. Vengo tan pronto como he conocido la noticia. Una gravísima amenaza se cierne sobre nuestra querida Nación -. Al Presidente se le iluminó el rostro ante la perspectiva de acción y con un gesto de alegría mal disimulado contestó. – ¿Amenaza?¿Cómo?¿Ahora? – Hizo girar su trono violentamente hacía el ventanal situado a su espalda esparciendo por todas partes restos de sándwich y lanzando al gato contra suelo que rodó hasta chocar contra una estantería llena de libros de plástico. El Presidente se acercó a la ventana mientras se atusaba el peluquín y empezó a otear el cielo con los ojos fruncidos y los labios apretados, buscando amenazas potenciales en el horizonte. 

No por primera vez, el Secretario de Seguridad Nacional, no pudo evitar comparar el aspecto del presidente con el de un canario cabreado. – ¿Quiénes son?¿Los chinos?¿Corea?¿Hippies?¿Han vuelto los Hippies? Maldita sea Wilson, informe -. El Secretario de Seguridad Nacional revisó sus documentos una vez más, intentado concentrarse y enfocar de la manera más apropiada el informe que había preparado. – No, Señor. No se trata de nada de eso. Es otra cosa, no menos grave, y un poco más difícil de exponer. Si me permite… – El presidente volvió al escritorio, con la mirada todavía encendida por la promesa de destrucción, cogió uno de los muchos teléfonos que habían dispuesto sobre su mesa y comenzó a apretar botones enérgicamente. – No se ande por las ramas. ¿Quién nos ataca, dónde y por qué? ¿Es Al Qaeda? ¿No habíamos aniquilado a esos perros? Sara, al habla el Presidente de los EEUU. Póngame en contacto con el Secretario de Seguridad Nacional, querida -. El Secretario de Seguridad Nacional, en un alarde de paciencia infinita, tuvo a bien intervenir en ese momento. – Señor, eso no será necesario. Yo Soy el Secretario de Seguridad Nacional, recuerda?-. El Presidente colgó el teléfono con gesto satisfecho. – Cierto. Buen trabajo Wilson ¿Qué medidas se han tomado? ¿Ha movilizado las tropas? Ya iba siendo hora de sacarlas a pasear. Llevamos dos años en el gobierno y no hemos tirado ni una maldita bomba -. El Presidente empezó a rebuscar entre sus cajones desordenados. – ¿Dónde diablos está mi pistola? Da igual, ya pediré una cuando salgamos. ¿Quiere usted una pistola, Wilson? Podemos conseguirle una, cuente con ello. Ayúdeme a ponerme las botas ¿Quiere? -. El Presidente se sentó sobre un puma disecado mientras se desabrochaba los zapatos. – Señor, no creo que contra esta amenaza la respuesta militar sea la más adecuada -. Aquella revelación cogió totalmente desprevenido al Presidente. Permaneció unos instantes congelado intentado encontrar el sentido a aquella estupidez. – ¿Pero qué dice, Wilson? Está usted empezando a preocuparme. ¿Cómo puede no ser adecuada la respuesta militar? ¿Es eso realmente posible? -. 

El Secretario de Seguridad Nacional se arrimó un poco más al escritorio y le mostró la pantalla de su dispositivo al Presidente. – Se trata del Covid 19, señor. Ha llegado a Nueva York, como nos temíamos, y está causando estragos entre la población. Las víctimas se cuentan ya por centenas y la cifra no para de crecer. Debemos tomar medidas inmediatamente antes de que siga avanzando por el resto del país -. – ¿Clonvlic 19? ¿Qué narices es eso? Me suena Coreano. Llamaré al Coronel Harry, él sabrá qué hacer con esos cabrones, se lo aseguro. Ese hombre es capaz de pelar un tomate con una patata -. Intentando adelantarse al entusiasmo militar del Presidente el Secretario de Seguridad Nacional hizo gestos frenéticos para centrar la atención de su superior. – Señor si me permite le explicaré cómo… -. – ¿Harry? Harry, aquí el presidente. Sí, el suyo, por supuesto?. Haha, me ha vuelto a pillar, bandarra. Oiga, tenemos una situación aquí ¿Cómo están los chicos? Fabuloso. Póngalos guapos que vamos a sacarlos a dar una vuelta. ¿Cómo? Ah, sí. Una grave amenaza. Nueva York de momento. Algunos cabrones asiáticos o algo así. ¿Cómo ha dicho usted antes, Wilson? ?¿Plosclic 29? No sé, será algún nombre Comunista. Pero usted les va a explicar que los EEUU no se andan con tonterías, ¿verdad Coronel? Coja también unos cuantos tanques. Y aviones. ¿Tenemos de esos que lanzan humo de colores? ¿En serio? ¿Y no pueden llevar bombas? Sorprendente. Pero imagíneselo Coronel; la tropa disparando a esos cabrones del clumblic 39 y los aviones firmando el cielo con la bandera Americana. Será épico. Prepare también un par de bombas de esas, de las que usted ya sabe, de las que no tenemos. Ya veremos luego qué hacemos con ellas -. 

El Secretario de Seguridad Nacional, en un intento desesperado por captar la atención del presidente, colocó su dispositivo a escasos centímetros de su nariz. – Wilson. Por los Huevos de Lincon ¿Qué desea?¿No ve que estamos organizando una guerra? -. – Señor. Disculpe mi insistencia. Si me permite unos segundos terminaré de informar sobre la naturaleza de esta amenaza para que pueda usted tomar las medidas oportunas -. Con gesto de impaciencia el presidente colgó el teléfono con frustración. – Suéltelo ya Wilson. Está usted provocándome gases -. – Señor. No se trata de un ataque de alguna potencia extranjera, ni tampoco de un comando terrorista. Antes de que lo pregunte, no, tampoco son extraterrestres. El Covid 19 es un virus. Un patógeno extremadamente contagioso que supone un gravísimo riesgo para la salud de los ciudadanos. Este brote pandémico lleva semanas azotando Europa y ahora ha llegado aquí -. El Presidente, una vez más sentado en su poderoso trono, miraba con gesto preocupado al Secretario de Seguridad Nacional. Sus ojos se movían ligeramente, síntoma inequívoco de que se estaban produciendo procesos cognitivos en su excitado cerebro republicano. Con gesto lento el Presidente se incorporó sobre su escritorio. – ¿Intenta usted decirme que el país está siendo atacado por un bicho? -. Intentando mantener las buenas formas el Secretario de Seguridad Nacional respondió con amabilidad. – Es una forma poco precisa de decirlo, pero sí. Algo así. Y debemos tomar medidas; las víctimas en Asia y Europa han sido muy numerosas, y pronto ocurrirá aquí si no actuamos con celeridad -. 

El Presidente se levantó malhumorado de su escritorio y se dirigió con pasos largos a una esquina de la habitación donde había un globo terráqueo totalmente desactualizado. – ¿Y dónde narices está Europa si se puede saber? No entiendo nada, Wilson. Me estoy mareando. ¿Conocemos a alguien allí? -. El Secretario de Seguridad Nacional siguió los pasos del Presidente, que agitaba con confusión el globo terráqueo para que le revelase sus misterios. – Al primer ministro Boris Jonshon entre otros, señor -. El silencio y la mirada perdida del Presidente invitaron al Secretario a ofrecer más datos al respecto. – Su homólogo en Reino Unido. Estuvo cenando con él y otros dignatarios recientemente en la cumbre de paz, ¿Recuerda? -. – Ah! Cierto. El rubiales despeinado. Un buen tipo, pero con las manos un poco largas. Le llamaré a ver qué nos puede contar sobre todo esto. ¿Dice usted que ese maldito bicho lleva meses pululando por Europa? ¿Por qué no he sido debidamente informado?¿Cree que podríamos haber aprovechado esa situación par… Ya sabe. Hacer algo Americano? -. – Señor, estuvimos tratando este asunto delicado. Usted y algunos miembros del partido propusieron comprar una posible patente para una vacuna del Covid 19. Concretamente fue idea suya, señor -. El presidente asintió complacido.- Sí que parece una idea de las mías. Pero esto parece serio, ¿no, Wilson?¿Cómo narices ha llegado el bicho ese aquí? Seguro que algún inmigrante con las manos sucias. Tendríamos que haber sido mas duros con esas gentuzas. Recuérdeme añadir 4 metros más de altura al muro -. – No lo sabemos todavía señor. El virus es altamente contagioso, antes de Europa estuvo machacando buena parte de China. Al parecer fueron capaces de contenerlo y evitar la catástrofe con duras medidas de protección y aislamiento. Quizás podríamos ponernos en contacto con ellos para… -. 

Alarmado ante la propuesta el Presidente sacudía tan violentamente la cabeza que al peluquín o le daba tiempo a seguir la misma trayectoria que el resto de la cabeza. – Olvídelo Wilson. No queremos nada de los chinos. – Con un gesto rabioso hizo girar la esfera del globo terráqueo hasta localizar con bastantes dificultades el territorio chino, y clavó una mirada demente en aquella mancha descolorida. – Esos cabrones con cara de pomelo llevan años haciéndonos la puñeta y poniendo en riesgo nuestra hegemonía. No pienso arrodillarme ante ningún pato laqueado. Pensemos en otra cosa -. Pegó un último empujón al globo y lo dejó dando vueltas como una peonza mientras volvía al escritorio. El Secretario de Seguridad Nacional añadió. – Creo que podríamos empezar por consultar con los mayores expertos del país sobre pandemia y convocar a la plana mayor. He redactado una lista de centros de investigación y epidemiólogos reconocidos que deberían formar parte de un gabinete especial de crisis -. – Bien, tráigame un buen puñado de epitologos de esos. Pero gente de por aquí, no vayamos a convertir esto en un picnic interracial -. – Señor, si me permite, creo que debería realizar un comunicado oficial para tranquilizar a la población y ordenar un confinamiento. Cuanto antes se establezca una cuarentena menos riesgo de contagio existirá. Se salvarán miles de vidas -. Un momento, Wilson. Más despacio. ¿Quiere que mande a la gente a sus casas? ¿Ahora?¿A TODO el mundo?. ¿Se ha vuelto loco? Se perderían miles de millones de dólares. Mis accionistas me enterrarían vivo, por no hablar del efecto que tendía sobre las próximas elecciones. Ni lo sueñe. Debe haber otra solución, más barata. Por lo que sabemos ahora mismo el problema está en Nueva York, ¿cierto? No diré que no es una ciudad importante, pero… ¿y si llamamos al Coronel Harrys y le decimos que se pase esta tarde por allí con algunos de sus muchachos, a ver cómo está realmente la cosa? Igual no es para tanto. ¿Qué dicen los científicos? Alguno tendremos que sepa de estas cosas. ¿No? Y bueno, podemos cavar una zanja alrededor de la ciudad o algo así, para que la gente no salga y contagie al resto del país. Tengo entendido que buena parte de la ciudad está rodeada de agua, así que tampoco habrá que cavar tanto -. El secretario de defensa, incapaz de contener su asombro, se colocó las gafas y contestó – Señor, ¿está proponiendo que sacrifiquemos la ciudad de Nueva York? -. Sacudiendo las manos para restar importancia el Presidente le contestó. – No lo vea usted así hombre. Era solo una idea. Muerto el perro se acabó la rabia, ¿no? -. 

El acusador silencio por parte del Secretario de Seguridad Nacional fue toda la respuesta que el Presidente recibió. Ligeramente irritado contestó. – Bueno, ¿Y qué narices propone usted que hagamos? Se me agotan las ideas, Wilson. Y no me diga que mandar a todo el mundo a su casa en horario laboral. Esa opción no es aceptable. No voy a sumir al país en una crisis escandalosa por la posibilidad de que mueran unos cuantos viejos e inmigrantes. Quizás incluso nos venga bien de cara a las próximas elecciones… -. – Podríamos empezar por ponernos en contacto con el Secretario de Sanidad. Él podría contactar con médicos que nos ayuden a establecer una línea de actuación sensata -. El Presidente se acariciaba distraídamente el doble mentón moreno, en actitud contemplativa, mientras le daba vueltas a aquella alocada propuesta del Secretario. – ¿Médicos dice, eh? No es mala idea esa, oiga. Sí, empecemos por consultar a unos pocos matasanos. Ellos están hartos de lidiar con estas tonterías. Pero no haga mucho ruido, Wilson. No queremos que la población se altere -. – Señor la población ya está alterada. Hace tiempo que dejó de estar alterada para entrar en pánico. Los infectados empiezan a acumularse en la puerta de los hospitales. No hay respiradores ni material sanitario suficiente para la situación que se está planteando. Nuestro sistema sanitario no puede asumir esta carga de ninguna manera. Necesitamos que todo el Mundo se ponga a trabajar y hagan llegar recursos a las zonas afectadas. Los ciudadanos no van a poder asumir el coste de los tratamientos, que oscilarán entre los 30 y los 40 mil dólares. Quizás podríamos financiar ayudas sociales para los más necesit… -. – Eh eh eh! pare el carro Señor Secretario. ¿De dónde quiere que saquemos todo eso? ¿Quiere que paguemos los tratamientos de los infectados? ¿Con dinero del estado? ¿Se ha vuelto loco? ¡Estados Unidos no tiene tanto dinero! Nos lo gastamos todo en armas para prevenir este tipo de situaciones, más o menos. ¿Quién proporcionará todo ese material sanitario? ¿Usted? ¿Sus amigos chinos? No hombre, no. Que yo sepa la política no se inventó para solucionar los problemas del pueblo. Este es el mejor país del mundo, Wilson, y hemos llegado a serlo gracias al oportunismo. Esta supuesta catástrofe a la que usted se refiere debe tener un contrapunto positivo por alguna parte. Centrémonos en eso un momento, ¿quiere? No ha hecho más que presentarme problemas. Sea positivo, hombre. No quiero ser recordado como el presidente que lo echó todo a perder por un catarro flemoso. ¿No podemos culpar a los inmigrantes? Estoy pensando en voz alta, pero así mataríamos dos pájaros de un tiro ¿no?. Limpiamos las calles de escoria extranjera y reducimos la población anciana. ¡Bang Bang! Tendremos que salir de esta como siempre hemos hecho-. – Quiere decir con mentiras y violencia, ¿señor? -. 

El Presidente se quedó unos instantes mirando al Secretario de Seguridad Nacional, intentando procesar el sarcasmo. – No. Tiene razón. Esta vez no serán necesarias las mentiras, Wilson. Le agradezco su sinceridad. Estoy haciendo la digestión y me cuesta pensar con claridad. Daremos al pueblo Norteamericano la verdad que merece, sin adornos, pero sin precisión, para no cogernos los dedos. Aunque usted no lo crea, mientras hablábamos, he ido trazando un plan bastante sensato. Dígame ¿Cuántos muertos estima usted que habrá, a grandes rasgos?-. El Secretario de Seguridad Nacional volvió a consultar su dispositivo electrónico y, tras unos instantes, respondió con gesto serio. – Las primeras simulaciones, basándonos en los datos de los que disponemos actualmente, hablan de 100 o 200…-. El Presidente soltó todo el aire que había estado conteniendo en los pulmones, dejando un olor a beicon frito en el ambiente. – ¿Ve señor Wilson? 100 o 200 son cifras perfectamente manejables para este gobierno. Válgame el Cielo, Secretario. Menudo rato me ha hecho pasar. ¿Todo este jaleo por 100 o 200 muertos?. No le tenía yo a usted por un alarmista… -. El Presidente se sentó en su sillón con gesto de alivio. Colocándose pacientemente las gafas en su posición más adecuada, el Secretario de Seguridad Nacional contestó. – Señor, 100 o 200 MIL. No estamos hablando de centenas, sino de centenas de MILES. Eso sin contar el desgaste para un sistema sanitario rocambolesco que se está hundiendo más rápido que el Titanic en un volcán. Nunca antes en la historia de reciente de EEUU hemos sufrido una situación tan grave. 100 o 200 mil muertos son las cifras más optimistas. Las más aterradoras las sitúan entre 1 y 2,2 millones de muertos. ¿Entiende lo que le digo?-.

El Presidente tenía los ojos entornados y apretaba con ansiedad los labios. Una vez más su aspecto era el de un canario gigante realizando complicados cálculos matemáticos e intentando dar una dimensión de referencia a las cifras del secretario. – Señor Presidente. Permítame darle un consejo; tómese este ausente con la gravedad, la seriedad y la urgencia que merecen o será usted recordando como el mayor fracaso de los EEUU. Ordene una cuarentena y ponga a salvo a los ciudadanos. La economía sufrirá, pero somos una nación fuerte, tenemos aliados. No sucumba a las presiones de la elite financiera que se opondrá fanáticamente a estas medidas para salvaguardar su economía personal, debe ponerse a…-. Con una explosión de energía mal encauzada el Presidente hizo un aspaviento y golpeó consternado sobre el escritorio haciendo mover las caderas alocadamente a una figurita de Elvis. – ¡Esta bien! Maldita sea Wilson, ¡Es usted peor que un grano en el culo!. Ordenaré la maldita quincena -. – Cuarentena, Señor -. – Ordenaré la maldita cuarentena. No se le escapa una, ¿verdad? Y ¿cómo narices hago eso? ¿Hay algún botón, un maldito manual? ¿Llamo uno a uno a todos los ciudadanos? -. Un poco más animado el Secretario de Defensa Nacional contestó. – No señor. Eso no será necesario. Podemos empezar por emitir una rueda de prensa ahora mismo. Es más, ya he convocado a los medios. Están esperándolo a usted, si le parece apropiado -. El Presidente se humedeció la mano con un poco de saliva con tropezones de chorizo y se la pasó por el flequillo para dotarlo de firmeza y recomponer su aspecto de dignatario. Después se sacudió los pelos de gato y las últimas migajas de sándwich que pululaban por su chaqueta. – Por los Platillos de Roosevelt, es usted un caso Señor Secretario. Trabaja con la diligencia de un político de vocación. Debería relajarse. Le veo demasiado serio. ¿Es usted Masón, Wilson? -.

El Secretario de Defensa Nacional no respondió, se encontraba ya trabajando eficientemente en la vorágine logística que suponía poner en estado de alarma a una nación que disponía de un organigrama burocrático demencial. Con el teléfono en la mano paseaba distraídamente por la sala mientras contactaba con los distintos departamentos del estado y convocaba las pertinentes reuniones.

El Presidente, situado enfrente de uno de sus más ostentosos retratos, practicaba sus famosos gestos de confianza y suficiencia a la vez que se daba unos últimos retoques. Una vez satisfecho con el reflejo artificial que le devolvía el retrato y sintiéndose ligeramente ninguneado por el Secretario de Defensa Nacional, se acercó con paso solemne al ventanal situado detrás de su escritorio. Con los brazos cruzados detrás de la espalda adoptó una pose contemplativa y puso a funcionar su asombrosa capacidad cognitiva para hacer un repaso rápido de los últimos acontecimientos y sacar algunas conclusiones, si es que eso era posible. Intuía que detrás de todo aquel marrón había una importante lección, pero se le antojaba esquiva y difusa. Una parte de él, la mayor parte de él para ser exactos, seguía preguntándose cómo narices podían haber llegado a esa situación. ¿De qué servía un gasto desorbitado en Defensa y Seguridad si luego, a la hora de la verdad, resultaba ser inenarrablemente insuficiente? La sombra de una sospecha cruzó fugazmente por debajo de aquel flequillo amarillo y republicano. ¿Existía le remota posibilidad de que todos aquellos cientos de miles de millones anuales dedicados al desarrollo militar hubiesen sido más útiles en otras áreas del compromiso nacional? No. Él sabía que no debería relativizar tanto. Aquella senda no conducía a nada bueno. Pensar era dañino para la salud y nunca había ayudado a ninguna causa, de eso estaba seguro. Él había llegado hasta donde estaba gracias a un fuerte compromiso con la vehemencia y la fe en las más estúpidas de las ideologías. Si había alguna conclusión que sacar de todo aquello era que la naturaleza necesitaba más mano dura. Ahí estaba el verdadero reto.

La excitada mente del hombre más poderoso del mundo llegó a una inevitable conclusión. El año próximo año triplicaría el gasto, no en investigación científica o en el insuficiente sistema sanitario, si no Defensa, que era el único gasto que merecía realmente la pena y el más divertido. Lo único que había quedado patente con toda esa historia es que necesitaban mejorar y reforzar el desarrollo tecnológico y militar. Quizás una nueva generación de armas minúsculas, bombas nucleares microscópicas que pudiese lanzar contra los infectados. Un nuevo ejercito compuesto de individuos especiales que fuesen reducidos a tamaño celular y que pudiesen combatir al dichoso virus de tú a tú. El campo de batalla sería el cuerpo humano. Aquella reflexión estaba mucho más alineada con su naturaleza bélica y una firme determinación se iba cuajando en su mollera Yankee.

– Jaque mate naturaleza. Jaque mate -.

EL GRAN DEVORADOR

EL GRAN DEVORADOR

- una hiStoria en un oscuro y terrible futuro del milenio 40k -

Harpen Mostach ostentaba en aquellos instantes el dudoso honor de ser la máxima autoridad del planeta y, probablemente, de todo aquel cutre sector de la galaxia. Esa idea, en cualquier otro lugar del universo, hubiese sido suficiente para ponerle los pelos de punta durante un buen rato*, pero entonces, y como muy bien había señalado su mecánico sirviente, aquello parecía una “puta” broma pesada. Lo cierto es que no le faltaba razón a ese viejo pedazo de chatarra malhablado. Todo aquel asunto le estaba creando más dolor de cabeza que un Greching con una pandereta, pero él era un Inquisidor del Santísimo Ordo Xenos y no podía permitirse el lujo fracasar en ninguno de sus sagrados propósitos, por muy irritantes que estos pudiesen llegar a ser.

Mientras su sirviente Klarstein, un sacerdote del Mechanicus que olía como un tubo de escape con halitosis y que sufría todo tipo de “tics” y manías mecánicas, intentaba hacerse entender con uno de los de los nativos de KP-345, Harpen se puso a recordar con nostalgia sus glorias pasadas combatiendo a los Orkos del Clan del Sarro en la helada superficie del planeta Tarári, desterrando Demonios y Cultistas Borrachos en las espeluznantes cuevas del sistema Quëtevi, incluso le vino a la memoria, con su correspondiente escalofrío, el recuerdo de haber disparado a un Falso Dios Necrón con el rifle láser de un recluta desquiciado. Cuánta gloria. Cuántos honores recibidos en nombre del Emperador. En ninguno de aquellos momentos críticos le había temblado la mano (prácticamente nada). Nunca, jamás se había quejado o había desatendido ninguna de sus obligaciones para con el Imperio. Y ahora, mientras escuchaba la irritante conversación entre su sirviente y el extraño individuo que se había presentado como El’Rafi*, el Inquisidor se preguntó acerca de su Destino. “¿Cómo hemos llegado a esto?” ¿Acaso no había servido honorablemente a su orden durante más de un siglo? ¿No había frustrado los planes de los enemigos de la humanidad en incontables ocasiones? ¿No había sacrificado a millones, miles de millones si había hecho falta, en pos de un objetivo mayor y sin ningún miramiento? Sinceramente, después de tantísimos años de inquebrantable servicio y entrega a los intereses del Ordo Xenos esperaba un poco más de respeto por parte de sus superiores, que como bien solía murmurar su sirviente, parecía que últimamente solo tenían buenos “marrones” que endosarles. Y esta misión se estaba llevando la palma, desde luego. Sencillamente no tenía experiencia previa con la que contrastar el presente y le estaba costando tomar decisiones, cosa que no se podía permitir, le hacía sentir que, pese a sus recursos ilimitados como Inquisidor Imperial de Su Santísima Divinidad el Dios Emperador de la Humanidad, no tenía el control de la situación. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo… vulnerable.

– Desde el principio, otra vez.- Dijo Harpen, en tono cansado y malhumorado mientras se pasaba una mano enguantada por la cabeza calva como un melón de Taniht. Le estaba costando bastante reprimir la ominosa necesidad de ordenar un Bombardeo Orbital y mandarlo todo a “la mierda”. No sería la primera vez, después de todo… – Y recuérdele a este individuo que mi paciencia es finita, como la vida de aquellos que abusan de ella -.

– Lo que usted mande, Jefe -. Respondió Klarstein con su inapropiada e inmerecida camaradería y con una voz que sonaba forzosamente robótica. Klarstein era un antiguo sacerdote del hermético culto Marciano dedicado al Dios Maquina, pero hacía tiempo que había sido “invitado” por su propia Orden a explorar el universo lejos del Planeta Rojo, lo más lejos posible para ser exactos. Se rumoreaba, entre las escasas personas a las que le podría interesar lo más mínimo aquel asunto, que Klarstein había sido acusado de abusar de una aspiradora joven e inocente en su antiguo templo Marciano y había caído en desgracia. A Harpen todo aquello le importaba un bledo siempre y cuando hiciese bien su trabajo, cosa que rara vez ocurría, la verdad.

En aquellos momentos Klarstein desplegaba sus escasas dotes de intérprete en un surrealista interrogatorio en el que intentaban sonsacar algo de información útil a cada uno de los individuos que habían ido entrevistando a lo largo de las últimas 5 horas. En esos momentos era el turno de un personaje que se había presentado entre salivazos como “El ́Rafi, un señor chaparro y regordete que llevaba un bigote oscuro como la muerte y frondoso como un felpudo.

– El Jefe, aquí presente, quiere saber qué demonios ha pasado. ¿Me entiende? Y quiere saberlo ya. Y yo también. Al detalle. Bien clarito -. El interrogado miraba con preocupación en todas direcciones siguiendo los aspavientos airados que Klarstein producía con sus apéndices mecánicos mientras hablaba. A Klarstein le importaba un pimiento todo el aquel asunto en el que estaban metidos, como la gran mayoría de los demás asuntos de su patrón, pero sabía que cuanto antes acabasen allí antes podría retirase a su cubil a bordo del Empecinado, el transporte espacial con el que recorrían la Galaxia, para comerse una buena lata de mejillones y meterle mano a un par de tostadoras viejas con las que estaba obsesionado últimamente. – Necesitamos redactar un estúpido informe y así poder largarnos de este estúpido lugar. Ustedes no nos quieren aquí. Por las Sagradas Nalgas del Omnissiah; nosotros no queremos estar aquí. Así que déjese de “mierdas” y empiece a “largar” toda la información acerca de lo que ha pasado y nos iremos con nuestra música a otra parte, de lo contrario nos veremos obligados a aplicar el protocolo 612-PV-Urvason. ¿Estamos?-. Había muchas cosas de Klarstein que al Inquisidor no le gustaban, de hecho no le gustaba prácticamente nada acerca de su ayudante; era terco, desobediente, blasfemo hasta rozar la herejía, olía francamente mal y no era eficiente en prácticamente ninguna de las tareas que se le asignaban, pero había que reconocer que cuando se trataba de amedrentar a otros ponía todo su empeño e inventiva a su servicio. “Protocolo 612 – P – Urvason*. Maldito cabrón embustero y charlatán”, pensó el inquisidor, reprimiendo una sonrisa cansada. Harpen volvió a centrar su atención en El ́Rafi. Aquel hombre le provocaba sentimientos encontrados. Por un lado le recordaba lo amplia, variada y exuberante que era la Humanidad amada por el Emperador. Eso le gustaba, le hacia sentir humilde en su propósito. Por otro lado le hacia desear declarar un Exterminatus sobre aquel planeta y reventar a todos aquellos desgraciados con Sagrado Fuego. Debería revisar más tarde esa dualidad catastrófica y purgarla de su mente. El tal El’Rafi era un hombrecillo rechoncho y desgarbado, de edad indeterminada y tez morena como el barro. En mitad de la cara llevaba una nariz tan grande que bien podría tener sus propios sobacos y unas patillas anchas y largas enmarcaban todo el conjunto. – Pero que ise uté, plimo -. Empezó a farfullar en un dialecto del Gótico que era evidentemente antiguo y profundamente irritante.- Cómo va declaral un plotroclolo el Urvisol, si estamos en Mielcoles. Ay el payo inquisidol, por el Tlono Dorado del Papa Espacial.-  Klarstein entornó sus ojos metálicos y llenos de interferencias intentado traducir todo aquello. Empezó a cotejar aquel sin sentido con su inmensa y desactualizada base de datos en busca de alguna coincidencia. Al cabo de unos instantes, largos, húmedos y tensos, Klarstein se dio la vuelta en dirección al Inquisidor encogiéndose de hombros.

– Ni puta idea, jefe. Lo he intentado. Me rindo. Todo suyo -. El inquisidor se levantó gruñendo del diminuto taburete que le habían ofrecido como asiento y apoyo sus enormes puños sobre el tablero que hacía las veces de mesa y cama para alguna desdichada familia. – Gloria Bendita Al Altísimo. A ver si consigo ser lo suficientemente claro en mis próximas palabras -. Dijo con voz amenazadora y clavando su mirada en aquel individuo que, inmune a la hostilidad del Inquisidor, se rascaba la entrepierna distraídamente. – Llevamos 5 horas aquí y no hemos obtenido nada de estas personas. Hágale saber a esta criatura que pondremos patas arriba todo el campamento si hace falta y que eliminaremos a cualquiera que, a partir de este momento, entorpezca nuestra labor de investigación. Tenemos constancia de que han tenido contacto con una especie Xenos recientemente y nuestra Sagrada Misión es descubrir el nivel de amenaza que eso supone para El Imperio, evaluarla y eliminarla. Si usted o cualquier de sus congéneres osa entrometerse o entorpece, en cualquier medida, nuestro trabajo, no dudaré en ordenar que se reduzca todo su campamento y a cuantos moran en él a cenizas y olvido. ¿Cree que he sido lo suficientemente claro y conciso?-. El inquisidor clavó sus ojos en los de aquel individuo que le devolvía una mirada suavizada por los estupefacientes. Los segundos pasaron lentamente. Nunca un ceño había sido fruncido con tanta hostilidad, pero al final Harpen se vio obligado a parpadear y mirar hacia otro lado temeroso de que aquel vacío intelectual que tenía delante le arrastrase a la locura. Aquella mirada estrábica le había provocado un desagradable mareo. Santo Emperador. ¿Habría Hechicería Disforme operando en aquel lugar al fin y al cabo? ¿Sería aquel mamarracho un psíquico no autorizado? Se dijo a si mismo que no debía sacar conclusiones precipitadas, pero en una parte escondida de su poderosa psique, algo se removía irritado, pues se sabía vencido en su juego favorito de intimidación por un simple ser humano de patillas extravagantes.

Harpen se dirigió con energía hacia la salida del cuchitril harto ya de la situación de estancamiento en el que se encontraban desde hacía demasiado tiempo. El aire del campamento le dio la bienvenida y se le pegó al fondo de la garganta como si fuese un polvorón. Costaba respirar en aquel ambiente recargado que apestaba a pies, basura y desperdicios intestinales. El olor era sobrecogedor e hizo que se le saltaran las lagrimas. Metió la mano en uno de los múltiples bolsillos de su atuendo y sacó un pequeño colgante con forma de antiguo árbol Terrano con el cual le habían obsequiado recientemente por parar a repostar el crucero espacial y llenar el depósito de plasma. Se lo acercó a la nariz para escapar momentáneamente del hedor que le acosaba y se lo colgó del cuello junto al medallón dorado con el símbolo de su orden. Ambos elementos le ofrecían protección especial; uno protegía su alma inmortal y el otro sus delicadas fosas nasales.

Se encontraban en uno de los muchos campamentos que los nativos del planeta habían levantado a lo largo de los siglos a base de barro, chatarra y disgustos. Se trataba de grupos nómadas, según decían los registros Imperiales, con una riqueza tecnológica y cultural tan desarrollada como la de un nabo y que se dedicaban a recorrer el continente en busca de nuevos “recursos” mientras reciclaban todo aquello de valor* que se iban encontrando en su camino. Los registros destacaban y alababan la sorprendente capacidad de estas personas para convertir chatarra espacial en chatarra normal y corriente. “Y un Huevo”, pensó Harpen mientras miraba en derredor. Había asaltado campamentos Orkos con mejor criterio urbanístico* y estético que aquel maldito lugar. Sabía lo que todo eso quería decir; Pillaje y Contrabando en el mejor de los casos. Se había encontrado con cosas similares a las afueras de muchas ciudades colmena como para dejarse engañar por la verborrea de funcionarios bien intencionados del Administratum que luchaban contra la exclusión social y racial en el Imperio.

Harpen se llevó un buen sobresalto, y apunto estuvo de liarse a tiros, cuando se vio asaltado por una cacofonía terrorífica que le llegó desde una zona situada a su izquierda. “La Puta!” pensó, mientras instintivamente se daba la vuelta y se llevaba la mano a la cartuchera. Con ojo experto analizó el panorama en busca de amenazas. Su cerebro se hizo cargo de la situación; “Música”. Dentro de aquel desastre se intuía cierto patrón. “Por el Ojete de Nurgle”, ¿Qué narices es eso?” Por un momento temió estar siendo atacado por Marines Ruidosos; esos hijos de perra desquiciados que iban con tambores y gaitas hechas de estómagos al campo de batalla, pero ya se había enfrentado a ellos en alguna ocasión y lo que estaba escuchando era infinitamente de peor gusto. Un individuo con la camisa medio desabrochada y por la cual asomaban brotes de pelo rizado gritaba como si estuviese siendo desollado por alguna criatura del Empirero. Sentado en una silla de lona raída, otro aporreaba un antiguo instrumento de cuerdas con gran pericia y poco cariño. En frente de estos, y rodeados por una pequeña multitud, dos mujeres daban patadas al suelo y hacían giros anatómicamente desconcertantes con las muñecas mientras el gentío les aplaudía con saña y les gritaba monosílabos sin sentido.

– Ole mi arma! -.

El disgusto que sentía el Inquisidor iba ganando velocidad como un tren apunto de descarrilar. Tenía los nervios a flor de piel y tuvo que hacer un gran esfuerzo por apartar la mano de la pistola por miedo a perder el control y rellenar a todos los presentes de Sagrado Plomo Imperial.

– Menuda panda de payasos. – El ruido de cacharrería y bisagras oxidadas anunciaba la llegada de Klarstein Elox. Se situó junto al Inquisidor mientras observaba el panorama con evidente disgusto y sin hacer ningún esfuerzo por disimular el asco que le producía todo cuanto veía. – Deberíamos inventarnos el informe y largarnos de una vez. Sea lo que sea lo que aquí ocurrió no parece haber afectado a estas… personas. Si a ellos no les preocupa no veo porqué debería importarnos a nosotros -.

– La señal clasificada como 13.14 – P.A.M es la razón por la que estamos aquí. No podemos fingir que no ha pasado nada -. A pesar de sus palabras, una parte muy ancha del Inquisidor deseaba hacer precisamente eso. Sería tan fácil… La señal a la que se refería había sido recogida por casualidad, a modo de interferencia, por uno de sus agentes mientras escuchaba la radio en la ducha a bordo del “Empecinado”. Esta incluía una preocupante transmisión emitida desde un remolcador de chatarra espacial llamado “Amoto Perez” con base en aquel campamento y cuyo paradero actual era, por supuesto, desconocido. Aquello no era de extrañar. Esas personas parecían estar quebrantando la ley solo por existir. La transmisión incluía una conversación en el incomprensible dialecto local entre el capitán del remolcador y su suegro en la superficie del planeta, que al parecer tenía un puesto de fruta de temporada. Durante un análisis posterior del mensaje se llegó a la precipitada conclusión de que la “burra gorda con mala follá” que se había infiltrado en el remolcador “Amoto Perez” podía ser, ni más ni menos, que una de las criaturas más peligrosas de la galaxia; un Lictor Tiránido. Esas cosas habían pasado antes. El Inquisidor conocía muy bien el “modus operandi” de aquellos horrores cargados de dientes, cuchillas y una actitud social deplorable. Los Lictores solían adelantarse a las flotas tiránidas para causar estragos entre los defensores y facilitar así la invasión de sus congéneres. – Si existe la más mínima posibilidad de que la información sea cierta debemos encontrar a la criatura y extraer toda la información posible. Si eso no es factible la eliminaremos y activaremos protocolos de cuarentena para todo el planeta. Debemos estar preparados para una guerra contra los malditos Xenos. Hay mucho en juego… -. La voz del Inquisidor fue cargándose de determinación mientras su mente empezaba a trazar hipotéticos planes de defensa. – Este planeta podría desaparecer y servir de almuerzo a una flota tiránida en las próximas semanas -. Mientras valoraba las palabras del Inquisidor, Klarstein observaba como un grupo de chavales descamisados se afanaba por desmantelar con mano experta el tren de aterrizaje de su lanzadera orbital. – Quizás no sea un desenlace tan desafortunado, después de todo…-.

A través del microreceptor que mantenía al séquito Inquisitorial en constante comunicación llegó un mensaje. – Señor, aquí el Sargento Wilmuth. Creo que hemos encontrado algo. Debería usted venir lo antes posible, señor -. Por primera vez en todo el día el Inquisidor sintió una punzada de esperanza. Wilmuth era uno de los hombres más eficientes de su séquito (o cual tampoco era decir mucho, la verdad) y estaba al mando de una escuadra de mercenarios y maleantes que mantenía bajo control a base amenazas y abusos. Era un cabronazo que sabía hacer su trabajo y que masticaba tabaco de segunda mano constantemente. El sargento había desplegado a su unidad por el campamento bajo las instrucciones del propio Inquisidor con el fin de registrar todo el lugar en busca de cualquier pista acerca del “Amoto Perez”, de su tripulación o del propio Xenos. Hasta ese momento no habían tenido suerte, pero Harpen esperaba obtener buenas noticias pronto.

Se dirigió con paso firme hacia la posición que le marcaba el localizador del sargento, justo en medio del campamento, en el lugar que los habitantes usaban como mercado de abastos y que tenía el aspecto y el olor de un vertedero. El ruido era insoportable, como todo en aquel lugar. La gente gritaba para hacerse oír por encima de sus vecinos en aquel dialecto sucio y degenerado. En más de una ocasión tuvo que agacharse para esquivar fruta podrida que volaba en todas direcciones como parte del ejercicio de intercambio comercial. Los puestos estaban abarrotados de productos supuestamente comestibles de todos los colores y formas imaginables. La gente se agolpaba entorno a estos haciendo gala de una sorprendente habilidad para el regateo y la estafa indiscriminada. Mientras pasaba entre la muchedumbre, Harpen pudo captar fragmentos de conversaciones que se desarrollaban a su alrededor basándose el contexto y los gestos amenazadores que se lanzaban comerciantes y clientes. Fue testigo, en repetidas ocasiones, de hurtos de todo tipo y distinta gravedad entre unos puestos y otros, incluso descubrió a un individuo que robaba melones de su propio comercio para luego venderlos a precios más elevados. Una señora con peor genio y dentadura que un Orko, que comerciaba con todo tipo de sartenes y ollas, machacaba con despreocupación homicida el cráneo de un joven que había intentado robarle una cuchara sopera. Era el declive social más exasperante que Harpen había presenciado, y eso era decir mucho teniendo en cuenta su profesión.

El Inquisidor llegó como pudo, y cubierto de basura, junto al sargento Wilmuth que se encontraba en esos momentos enfrascado en una desagradable discusión con un hombrecillo de mediana edad que le llegaba a la altura del pecho y que tenía uñas largas como un Wulfen e igual de sucias y peligrosas. Al parecer, el propietario del establecimiento, un tal “El ́Jonny”, estaba increpando al Sargento y a sus hombres por haber establecido un cordón de seguridad entorno a su negocio, lo cual, según su parecer, estaba espantando a la clientela que venía a comprar “Canne de la guenna”. – Te mato plimo!! Te mato y en depué te rajo, poh mi mare! -. El empresario, cada vez más acalorado, se pasaba peligrosamente una de las uñas por el cuello en claro gesto de amenaza, e imprudencia, mientras miraba a los ojos de uno en uno a los hombres de Wilmuth. Todo el mundo estaba empezando a ponerse muy nervioso y aquello nunca era una buena señal, menos aún si se trataba de gente armada. – Señor Inquisidor, estas personas no tienen ningún respeto por la Autoridad Imperial. Nos está costando horrores mantener la situación bajo control. Nos han insultado, amenazado, golpeado y juraría que una señora sin dientes me ha robado “el peluco”. Nunca había visto un comportamiento así. La luz del Emperador no llega a este rincón de la galaxia, señor. – Wilmuth estaba en lo cierto. Esas personas renegaban de la Verdad Imperial tanto como del agua y el jabón. – Cuanto antes terminemos y nos vayamos mejor para todos- . – Tranquilo sargento. Ha hecho usted un buen trabajo. ¿Qué es lo que quería enseñarme? -. El sargento señaló con el cañón de su escopeta hacia el puesto de “Canne”. Harpen, siguiendo la dirección trazada por el arma, se fijó en el género que tenía expuesto y a la venta “El ́Jonny”.

Había de todo, literalmente. Se trataba al fin y al cabo de una charcutería y el “El ́Jonny” se jactaba de disponer de las más extravagantes y exóticas mercancias de todo el campamento. Y lo cierto es que bien podría ser verdad. Su publicidad era terriblemente exacta. Había chorizos hechos con tripas de Grox, costillas de Cerdo de las Planicies, lagartos de todos los colores y formatos trinchados en palitos de madera, pezuñas de Jelmos Voladores y rabo de Toro Espacial entre muchas otras cosas irreconocibles. Conocía a más de un Magos Biologui qué daría lo que fuese por investigar y catalogar el escaparate de “El ́Jonny”. La mayor parte de la oferta de aquel negocio estaba prohibida en el Imperio o su consumo era mortal de necesidad para el ser humano. – Fíjese bien, Inquisidor. Junto a la “Panceta de Pony de Pythos” y la rueda de camión pinchada -. El Inquisidor dirigió su atención al lugar que le indicaba el sargento – “Que el Ojo Me Lleve…” Harpen dio un paso atrás abrumado ante el descubrimiento. Al parecer, y contra todo pronóstico a esas alturas del día, su umbral del asombro y el horror no había llegado todavía a su límite.

El Inquisidor no daba crédito a lo que estaba viendo. Ahí tenían, delante de sus narices, la primera y única prueba palpable que necesitaban y que confirmaba todas sus sospechas. Junto a un cartel escrito a mano con letras horteras y que anunciaba precios desorbitados, había una cabeza de Lictor Tiránido enorme. Hubiese resultado de lo más atemorizante si no fuese por las gafas de sol con forma de estrella que le habían colocado a modo de reclamo publicitario. Harpen no pudo evitar llevarse la mano a la cartuchera, otra vez, para sentir el tranquilizador tacto de su pistola Bolter. Todos sus encuentros pasados con aquellas cucarachas del tamaño de un váter portátil habían terminado siempre fatal para su salud. Se decía de los Lictores que eran unas bestias sigilosas a las cuales les encantaba operar en solitario tras las líneas enemigas y que tenían la mala costumbre de asaltar a patrullas y pequeños destacamentos en los lugares y en las situaciones más inoportunas (había historias de lo mas curiosas al respecto. Todas terminaban mal, por supuesto). Las víctimas se cagaban encima y por los lados cuando veían salir de la nada a un bichejo de 3 metros de altura que gruñía como un jabalí adicto al tabaco. Llevaban todo tipo de armamento biológico y punzante que usaban para separar a sus presas de la mayor parte del resto de sus cuerpos, lo cual no ayudaba en absoluto a mejorar la reputación de esas criaturas. Y allí lo tenían; uno de los productos más disparatados, retorcidos y letales que la Evolución había sido capaz de engendrar… servido a precio de escándalo con gafas de fiesta y un chorizo criollo por collar.

Cuando por fin terminó de convencerse de que, sin la mayor parte del cuerpo, el Lictor no suponía una amenaza inminente, el Inquisidor desvió su atención hacía El ́Jonny que los miraba a todos con hostilidad mientras afilaba sus instrumentos de corte (Es decir, sus propias uñas). Cómo había ido a parar aquella criatura al escaparate de ese individuo desaseado era algo que Harpen no podía ni empezar a imaginar, pero dadas las circunstancias y lo rocambolesco de la situación, no podía cerrarse a ninguna posibilidad. Necesitaban salir de allí con respuestas. – Hagan venir a Juliox inmediatamente. Vamos a terminar de una vez por todas con esta locura.

Varios minutos después, durante los cuales el grupo había sido víctima de todo tipo de abusos y atropellos por parte de los nativos, llegó Juliox sudando como un Guardia con rifle de plasma y cubierto de porquería que le habían lanzado por el camino. Juliox era el psíquico autorizado al servicio de Harpen. Se trataba de un individuo de unos 40 años que se había quedado calvo prematuramente a base de disgustos y que tenía la desagradable costumbre de ir en chanclas de goma a todas partes (lo cual suponía paradójicamente la principal causa de sus disgustos). A pesar de sus excentricidades, Harpen apreciaba los dones de Juliox por ser fiables en un 37% de las ocasiones, lo cual le otorgaba un estatus de moderado respeto dentro del séquito (excepto por parte de Klarstein que no respetaba a nadie y que se metía con Juliox constantemente). El Inquisidor no le dio tiempo para recuperarse de su agotadora travesía; todavía estaba molesto por el desorbitado precio que había que tenido que pagar a El ́Jonny por la cabeza del Lictor. En otros tiempos habría destruido a cualquiera que se hubiese interpuesto en su camino de una manera tan rastrera, pero teniendo en cuenta como se estaban desarrollando los acontecimientos del día había preferido tirar por la vía de la diplomacia.

Con un movimiento brusco, uno de los hombres de Wilmuth que no tenía orejas, puso la pesada cabeza del Lictor sobre una mesa improvisada delante de Juliox, que apunto estuvo de desmayarse de la impresión. – Necesito que accedas inmediatamente a los recuerdos de la criatura y extraigas toda la información posible, y necesito que lo hagas ya porque le esta saliendo moho. – Los precarios sistemas de refrigeración a los que había estado sometida la cabeza del Lictor no le habían hecho ningún favor y empezaba a oler como lo que precisamente era; un maldito cadáver Xeno. Juliox miró al Inquisidor con cara de poker, luego miró la cabeza cortada que todavía llevaba las gafas de sol puestas y por último se fijó en el dueño del puesto de “canne” que contaba un fajo de billetes con cara de satisfacción empresarial. No se le ocurrió ninguna excusa que pudiese ofrecer para salir airoso de aquel “marrón” y tampoco tenía ganas de alargar innecesariamente aquel asunto; cuanto antes terminase mejor para todos, y sobre todo para él mismo. Se sentó como pudo en un taburete roñoso como el palo de un gallinero y puso las manos con reticencia sobre la cabeza del Lictor. Murmuró unas palabras inaudibles para el resto del grupo expresando el disgusto que sentía y los ojos empezaron a bizquearle para luego ponerse totalmente blancos. El bello corporal de todos los presentes se erizó al percibir las sutiles energías disformes que estaban agitándose en aquel instante. Un frío sobrenatural descendió sobre todos ellos, lo cual vino muy bien para mantener “fresquita” la cabeza del Lictor y postergar su deterioro. De repente, las cavidades oculares y sin vida del Lictor se iluminaron con un resplandor verdoso y bastante festivo que puso en alerta a todos mientras se llevaban las manos a sus respectivas armas. Klarstein empezó a reírse estúpidamente como si aquello fuese algo entretenido. – Eh Jefe, sáqueme una pictografía con este payaso. Se la mandaré a mis “colegas” del Templo -. – Cállate Klarstein. Juliox necesita toda la concentración posible. Si la mente del Lictor está demasiado dañada es posible que se quede atrapado ahí para siempre. Ese desgraciado del puesto de carne asegura que la cabeza es fresca, pero no podemos estar seguros. – El psíquico empezó a proferir todo tipo de sonidos desagradables con la boca y los esfínteres. Se puso a temblar como un flan sobre una lavadora mientras el resplandor que iluminaba la cabeza del Lictor desde dentro iba en aumento. Parecía una bola de discoteca en una fiesta Drackqueen.

Súbitamente, Juliox dejó de temblar y, con voz entrecortada, habló para todos los presentes. – He accedido a la mente de la criatura. Estoy dentro -. El inquisidor suspiró aliviado y se acercó con precaución al psíquico. Para la mayoría de personas un psíquico era una bomba de relojería sin manual de instrucciones; nunca sabías cuando, pero estabas seguro de que tarde o temprano acabaría por hacerle un boquete a la “realidad” y te llenaría el jardín de demonios. – Procede. Quiero saber todo lo que ha pasado. ¿Cómo ha llegado esta criatura aquí? ¿De dónde viene? ¿Hay otros como él? ¿Pertenece a una flota enjambre?¿Cómo ha podido terminar así? Date prisa, el destino de todo este planeta depende de ello.

Una muchedumbre curiosa había empezado a acercarse para contemplar el espectáculo, pues no todos los días se tenía la oportunidad de ver a unos extranjeros montar una “escenita” en mitad del mercado. Algunas personas se habían puesto a cantar y dar palmadas animando a Juliox en lo que fuera que estuviese haciendo. Otros sin embargo no veían con buenos ojos todo aquello y escupían al suelo, maldecían y hacían gestos arcanos de protección (que principalmente consistían en sacar el dedo índice de la mano apuntando hacia el cielo con el resto del puño cerrado). Mientras tanto, el psíquico desplegaba sus escasos dones intentando conectar su mente a la del Lictor muerto. No era una tarea fácil, ni mucho menos. Sincronizar dos mentes ya era una tarea peligrosa y delicada en el mejor de los casos y Juliox había mentido miserablemente en su curriculum cuando fue reclutado por el Inquisidor y ahora iba a pagar por ello. Lo máximo que él había logrado en materia de “invasión mental” había sido convencer a un chimpancé para que tocase una marcha Imperial con la flauta. Entre socavar la voluntad de un simio con aires de grandeza y acceder a la mente de un Tiránido en avanzado estado de descomposición había una distancia notable. Los procesos cognitivos de cada especie eran totalmente diferentes, más aún en el caso de los Tiránidos que compartían una Super Mente que los mantenía a todos conectados y unificaba su voluntad. Sincronizarse con aquel flujo de consciencia global y abstracta era como escuchar cuadrados violetas; una locura sin sentido. Harpen no ignoraba todo aquello, ni mucho menos, lo que pasa es que le traía sin cuidado que el cerebro de su psíquico terminase como un huevo pasado por agua con tal de obtener la valiosa información que tan desesperadamente necesitaban.– 

Vamos Juliox, no seas mierda, dinos que está pasando de una vez. No nos dejes con la intriga, brujo de pacotilla -. Con su habitual delicadeza, Klarstein, el sacerdote del Mechachinus, instaba al psíquico a que transmitiese lo que estaba experimentando en contacto con la mente del fiambre Tiránido. Aquel comentario le valió una mirada de desaprobación por parte del Inquisidor, sin embargo, él también deseaba saber lo que ocurría en aquel plano sutil. – Veo … veo una masa informe de material gelatinoso viajando por el firmamento… -. – Bien Juliox, continua. ¿Qué sientes?¿Qué ves? -. – Mi cuerpo está mutando, creciendo con cada segundo que pasa a la espera de una oportunidad para entrar en acción. Hambre, a pesar del suministro de nutrientes que me proporciona la espora, siento un hambre atroz que pugna por volverme loco. Estoy muy lejos del resto del enjambre; no recibiré apoyo durante mucho tiempo. Soy un cazador. Debo encontrar alimento para saciar un apetito que me hostiga constantemente… -. – Me cago en la Leche…-. Las peores sospechas de Harpen se estaban haciendo realidad en esos momentos y maldijo en voz alta de aquella manera tan inapropiada para tratarse de un futuro lejano y cruel. Juliox continuó hurgando en los recuerdos del Lictor como si fuese la nariz de un preescolar. – Algo se acerca. Metal, combustible y… carne. Por fin ha llegado el momento. Noto como la espora es absorbida por un campo de gravedad junto con el resto de chatarra espacial entre la cual he permanecido oculto. Oigo unas voces molestas y chillonas pulular a mi alrededor. El hambre que siento se vuelve insoportable y agudiza mis instintos. Pronto podré atiborrarme. Antes de que puedan detectarme salgo al exterior en un ambiente cargado de vapores y rico en olores biológicos. Mis sentidos se ven abrumados por un momento. Las partículas que flotan en el aire son más… desagradables y confusas de lo que había esperado. Me sobrepongo rápidamente y busco un lugar oscuro donde ocultarme a la espera del mejor momento -. Entorno a la figura del psíquico todo era silencio. Los testigos del fenómeno telepático, imperiales o nativos, estaban absortos con la narración de Juliox. Por supuesto el psíquico no hacía otra cosa que poner palabras a las emociones e instintos que la criatura había almacenado en su cerebro en los últimos instantes de su vida. Era una tarea especialmente complicada ya, que el estado de putrefacción del Lictor había generado multitud de agujeros y lagunas en la mente de una criatura que, en su mejor momento de salud y vigorosidad, ya estaba totalmente desquiciada desde el punto de vista de la cordura humana, con lo que Juliox tenía que rellenar con especulación y mentiras los espacios sin sentido de su relato dando saltos hacia adelante, hacia atrás y a los lados en el tiempo. – Bueno, ya sabemos como llegó esta criatura al sistema y cómo se coló en el “Amoto Perez”. Al parecer fue absorbido con un montón de chatarra espacial. Tiene sentido, supongo… -. El sargento WIlmuth puso cara de satisfacción ante su interpretación de unos hechos que estaban bastante claros para la mayoría de presentes, lo cual no le animó a permanecer callado. – Frustración. Siento una gran frustración que no hace más que reforzar el hambre voraz que siento. Es como si mis tripas intentasen comerme desde dentro. Nada está saliendo como en las cientos de cacerías anteriores. Estas presas son extrañas, distintas a todo cuanto he cazado. Huelen raro y son moletas para mis sentidos. Me desconciertan y aturden cuando golpean sus extremidades entre sí produciendo un ritmo molesto y agudo. Me enfurecen. No soy capaz de identificar el número exacto de presas que hay aquí encerradas conmigo. Unas veces parece que son pocas, en otras ocasiones parecen ser decenas. Noto como el hambre empieza a volverme descuidado. Debo actuar pronto, pero mis instintos me piden precaución. No lo entiendo. Por ahora me conformo con observar, hostigar y buscar el momento oportuno para caer sobre ellos con muerte. No son conscientes de mi presencia. Soy invisible y sus limitados recursos no me detectan. Pronto llegará mi momento… Es necesario… -. La saliva caía por la comisura de los labios de Juliox de manera desagradable. Aquello iba a dejar profundas secuelas en el psíquico si es que quedaba algo de él donde dejar secuelas. – No sé cuanto tiempo ha transcurrido desde que me trajeron a este lugar. Nada está saliendo como debería, pero me adapto, aprendo, evoluciono. Pero el hambre… esta inmensa sensación de vacío y necesidad… empieza a afectar a mis movimientos. Soy más lento. Una de las presas casi me detecta. Estaba gritando y haciendo ese insufrible ruido con sus apéndices cuando se ha girado y se ha quedado mirando en las sombras donde me oculto. No concibo la posibilidad de que me haya visto… son presas débiles y sencillas, no disponen de mis capacidades… Y sin embargo… – En esos momentos tanto la cabeza del Lictor muerto como la del propio Juliox estaban hechando humo por las orejas. Harpen sabía que no le quedaba mucho que ofrecer a su psíquico. Lo cierto era que ya tenía bastante información con la que trabajar; sabía con bastante certeza cómo había llegado esa criatura al planeta. Sabía que, lamentablemente, sus sospechas eran ciertas respecto al hecho de que había una flota enjambre en camino a una distancia indeterminada. Sabía que había sido la gente del “Amoto Perez” la que había traído, de una manera u otra, al Lictor a la superficie del planeta. Aún quedaban ciertas incógnitas, pero ya tenía material suficiente para ponerse a trabajar, por fin. Sin embargo tenía la intención de dejar que Juliox continuara con lo que estaba haciendo, incluso a sabiendas de que aquello iba a freír la mente del psíquico. “Así aprenderá a no mentir en la próxima entrevista de trabajo… eso en el caso de que no se le salga el cerebro por la nariz en los próximos minutos, claro”.

 

– Miedo. Siento un atroz y brutal miedo. Sé que es miedo porque lo he visto en los ojos de mis victimas. Me han convertido en presa. Es una sensación de perdida de control, me incapacita para reaccionar. Mis instintos me gritan que huya, que me esconda, que encuentre un lugar lo más alejado posible de estas criaturas terribles que me hostigan. Debo meter mi débil y hambriento cuerpo en agujero donde nada me pueda encontrar y permanecer ahí para siempre. He sido cazador y ahora me dan caza. Miedo. Mucho miedo y hambre. Que sensación tan terrible. La hambruna me ha vuelto débil, apenas puedo pensar y reaccionar con la rapidez suficiente. Las patéticas presas a las que he estado siguiendo me han tendido una trampa. Estaba apunto de disfrutar de mi la primera presa, la tenía ya al alcance de mis garras… Una voz terrible y molesta grita con rabia y sorpresa. Un segundo después estoy rodeado de una multitud de criaturas. ¿Dónde estaban todas estas? ¿De dónde han podido salir tantas? El hambre me ha cegado, no he visto sus escondites. Llevan pequeños objetivos metálicos en sus carnosas extremidades. Las presas no huyen ante mi magnifico tamaño como suelen hacerlo. Me levanto, extiendo mis cuchillas; amenazo. No huyen. Corren hacia mí gritando y sus pequeñas garras metálicas se clavan en mi piel. Me defiendo y destrozo con furia todo lo que encuentro en mi camino pero no importa, me persiguen por pasillos, cámaras y conductos. Por encima de mi miedo percibo su felicidad, su ansia, su hambre que es tan voraz como el mío o incluso más. Corro usando todas mis extremidades para alejarme de su furia pero salen de todas partes. Hay demasiados. Quieren comerme. ¿Cómo es posible? Quieren comerme. A MÍ. Me clavan sus garras metálicas, me tiran piedras, me cortan con cientos de ataques desde todas direcciones, me pegan y me muerden. No puedo más, mis patas se doblan y caigo. Siento a las presas subir por mi cuerpo y pegarme golpes con sus patas y sus pequeñas garras metálicas. Están eufóricos. Están locos de alegría y les oigo gritar con felicidad y hacer ese insufrible ruido con sus extremidades..”Pla pla pla pla pla pla…”.

De repente toda la tensión que se había adueñado de la situación se evaporó como un pedo en una corriente de aire. La temperatura volvió a subir y los fuertes olores del mercado aporrearon las narices de todos los presentes con saña. Los dones disformes de Juliox se replegaron y con ellos todas sus consecuencias, dejando solo a un pobre hombre babeante que daba palmas con manos flácidas y los ojos mirando cada uno a un extremo opuesto de la galaxia. – Buen trabajo Juliox. Has servido honorablemente a tu Emperador hoy. Sargento Wilmuth, ¿sería tan amable de ayudar a este hombre a volver a la nave? No creo que esté en disposición de andar. Gracias -. Mientras Wilmuth iba a por una bolsa de basura grande para meter los restos de Juliox y Klarstein usaba un extintor para apagar los fuegos en los que se habían convertido las cejas del maltrecho psíquico, Harpen miraba a su alrededor con gesto satisfecho pero serio. Por fin podrían largarse de allí, pero sabía que su futuro iba a estar plagado de nuevos horrores. Todos los miembros de su séquito entendieron sin necesidad de explicaciones cual era el siguiente paso; subir a la nave lo antes posible para empezar a trazar planes de defensa desde la relativa seguridad que ofrecía el crucero de la Inquisición anclado en la órbita alta de planeta. – Creo que hemos terminado aquí por ahora. Tenemos cuanto hemos venido a buscar y es hora de ponerse en marcha. Hay mucho, mucho por hacer y no disponemos del tiempo suficiente. Nunca hay tiempo suficiente para prepararnos contra lo que se nos viene encima -.

 

Las fuertes vibraciones que se filtraban desde el exterior de la lanzadera al atravesar la densa atmósfera del planeta pasaron desapercibidas para el Inquisidor. Su maquiavélica mente se encontraba ya en un universo paralelo de logística y estrategias defensivas que le resultaban familiares y cómodas. Ese era su ambiente al fin y al cabo, no todo el despropósito por el que acababa de pasar. Observaba distraídamente y con profundo alivio como el planeta “KP-345” se iba haciendo cada vez más pequeño, pero no por ello menos desagradable, en la distancia. Todo en aquel lugar le había producido una gran irritación, en todos los aspectos. Podría incluso decirse que había sido una de las misiones más desagradables de su carrera por múltiples razones. Por supuesto aquello no había hecho más que empezar, y no hacía falta ser un “lumbreras” como Juliox para vaticinar que, mucho antes de lo que a ninguno de ellos le gustaría, tendrían que volver a poner los pies en aquel planeta ponzoñoso, pero esta vez sería diferente. Estarían mejor preparados.

La lanzadera sufrió una fuerte y preocupante sacudida y uno de los pilotos se puso a maldecir en todos los dialectos del gótico que conocía. Durante las horas que había permanecido en tierra el vehículo había sido prácticamente desguazado, pieza por pieza, a manos de los habitantes del campamento hasta el punto de dejarlo casi inservible para el vuelo. “Qué gentes…” Harpen no sabía que pensar al respecto. Pronto tendría que enviar un informe detallado sobre lo que había presenciado y no tenía muy claro por donde empezar. Era posible que sus Maestros dentro de la orden Inquisitorial no se lo tomasen en serio, lo cual perjudicaría aún más su ya difamada reputación. Siendo sinceros… a él mismo le costaba creer que una panda de tarugos hubiese sido capaz de acosar con semejante frialdad a un Lictor Tiránido. Las dimensiones de la cabeza con la que habían trabajado daban fe de tratarse de un ejemplar francamente terrorífico, y aquellas personas a bordo del “Amoto Perez”, una tripulación que contaba con los mismos recursos que un pozo ciego y tanta instrucción como una papelera, había sido capaz de acosar y dar caza a una bestia de semejante calibre a base de patadas, cantos rodados y puñaladas traperas. La lógica exigía reírse a carcajada limpia de semejante despropósito, pero todos habían sido testigos del trabajo de Juliox con la mente del tiránido… “Maldita sea…” Quizás, después de todo, se tratase de una buena señal. Si los tripulantes del “Amoto Perez”, en número indefinido, habían sido capaces de perpetrar semejante hazaña movidos por el aburrimiento… ¿qué no serían capaces de hacer los habitantes de todo aquel planeta cuando llegase la flota enjambre amenazando sus vidas? Se le ocurrió que, quizás, pudiese ganar algunos puntos en favores y reconocimiento si encontraba a algún Capitulo de Marines Espaciales interesado en establecer nuevos enclaves de reclutamiento en aquel planeta… Una sonrisa se dibujó en el rostro del Inquisidor ante la idea. Desde luego sería algo digno de ver. Le vinieron a la menta las historias que se contaban sobre la Legión de los Amos de la Noche y su planeta natal Nostramo… Lo único que había sacado en claro es que, en sus muchos años de servicio en los cuales se había cruzado con todo tipo de civilizaciones y culturas, a cada cual más extraña y particular, nunca se había topado con un pueblo tan… peculiar. Esas personas vivían sobre la línea que te convierte en Hereje, con un pie dentro y otro fuera… Era un tema al que tendrían que dedicarle su atención en el futuro, ahora tenían otros asuntos pendientes. Harpen dirigió su atención al paquete envuelto en papeles de periódico en el asiento de al lado y que contenía la cabeza del Lictor. Ya no les hacía falta pero había pagado una cantidad de dinero desorbitado a “El ́Jonny” por aquella pieza y no pensaba regalársela a nadie con el mal trago que les habían hecho pasar. “El ́Jonny, El ́Rafi”… Sumido en su estado meditativo el inquisidor reparó por primera vez en la curiosa construcción sintáctica de aquellos nombres. ¿Tendrían algo que ver con las antiguas familias nobles de Caliban y el perdido Primarca de los Angeles Oscuros, Lion El ́Jonson? Que existiese la más mínima posibilidad de un acontecimiento de esa naturaleza puso los pelos de punta a Harpen… pero dados los acontecimientos de las últimas horas no se podía descartar nada. Otro punto para añadir a su lista de tareas pendientes cuando todo volviese a la normalidad, si es que alguna vez volvía a ver el universo con los mismos ojos…

Acompañado de todas aquellas dudas y pensamientos flácidos, Harpen, a bordo de su lanzadera destartalada, se dirigió con ritmo traqueteante al interior de su nave insignia, el “Empecinado”. Disfrutaba de un último momento de relativa tranquilidad antes de entregarse de lleno a sus exigentes labores Inquisitoriales y al frenesí militar que suponía el planteamiento de una campaña defensiva contra el Gran Devorador. Mientras observaba por última vez la cabeza del Lictor envuelta en anuncios de segunda mano y números eróticos, una extraña y herética idea se cruzó por su poderosa mente sin hacerle sentir demasiado culpable…

ROÑA Y MUGRE

ROÑA y mugre

- la bonita historia de Humbel Pústula Bubónica Wilson, el niño gordito del caos -

Era la víspera de Vomicidad y el pequeño Humbel Pústula Bubónica Wilson corría por las calles de su ciudad con la despreocupada alegría de la juventud. Avanzaba todo lo rápido que deformadas y rechonchas piernas le permitían atravesando a la abigarrada muchedumbre que abarrotaba las calles de Ulcérador, una urbe de pesadilla en un planeta agonizante. Además de todos los tipos de venenos y pestilencias habituales, esa noche se respiraba en el ambiente cierta agitación y jolgorio generalizado. Humbel era un joven como cualquier otro entre los millones que infectaban la ciudad; gordo, paticorto, con los ojos anormalmente distanciados en un rostro que parecía un muestrario de acné y unas orejas como champiñones de las que rezumaba todo tipo de porquerías constantemente. A pesar de todas sus taras Humbel se sentía profundamente desdichado, pues a su edad la mayoría de niños con los que lidiaba estaban mucho peor que él y eso le mortificaba; olían peor, vomitaban con mucha más potencia, algunos tenían toses flemosas que ponían los pelos de punta y todos excretaban fluidos con mucha más frecuencia de lo que Humbel era capaz. Si bien es cierto que le llevaban ventaja, pues casi todos hacia tiempo que habían sido bendecidos en el macabro ritual ancestral en el que se les ordenaba como fieles seguidores del más gracioso y dicharachero de los Dioses del Caos; Nurgle. Aquel ritual se conocía popularmente como “Mi primera Mutación” y todos los chavales que deseaban consagrar su alma al Caos debían pasar por el templo Caótico de sus respectivos vecindarios donde un Hechicero los salmodiaba durante horas y finalmente los bendecía metiéndoles la cabeza dentro de una palangana llena de mierda santificada. De allí salían renacidos en la unidad con su mórbido dios caótico y con olor a cadáver en escabeche que ponía los pelos de punta. Amén de todo aquello, con el rito de “Mi primera Mutación”, se abrían las puertas a que, si Papa Nurgle lo consideraba oportuno y te habías portado despreciablemente, la noche de Vomicidad se materializaba en tu casa y te bendecía con una maravillosa ristra de mutaciones y enfermedades pestilentes. Humbel no podía dejar de pensar en hipotéticos escenarios donde, después de ser bendecido por Papa Nurgle, se reencontraba con su habitual pandilla de amigos, “Los Gonorrea”, para lucir sus maravillosas mutaciones, convirtiéndose así en el centro de atención y en la comidilla de todos los chavales del barrio.

Como ocurre con todos los niños en cualquier parte del universo Humbel cruzó la calle sin tomar la precaución de mirar a los lados, tan absorto como estaba en sus ensoñaciones mutagénicas que provocó varios accidentes entre los distintos acechantes e ingenios demoníacos que circulaban tranquilamente por la pegajosa carretera. Empezó a tararear una pegadiza canción que le había enseñado su madre y en la que intervenían todo tipo de esfínteres. Tal era su gozo que incluso empezó a “bailar” dando giros lentos, moviendo los brazos como un lunático, pegando saltos lamentables y, en definitiva, haciendo el tonto de manera ostentosa. La gente con la que se cruzaba se detenía para ver al gordito estrafalario. Algunos transeúntes aplaudían con manos tan llenas de mocos que, en vez de sonar “Plaff”, producían un húmedo “Choff”, y Humbel, gozando de su atención, se recreaba profana adulación. Mientras giraba y soltaba ventosidades fue testigo de cómo un individuo especialmente bendecido por la Lepra, enardecido por su actuación, perdía ambas manos en un aplauso demasiado efusivo. Con una impresionante traca final de pedos y eructos Humbel salió disparado por un pasillo que los testigos le habían facilitado para que pudiese seguir su camino, y así continuó hasta llegar a casa, al más puro estilo Bilis Elliot, el joven bailarín más famoso de la historia de Ulcérador. 

– Mamá ya estoy en casa! -. Los Bubónica Wilson eran una familia humilde de clase trabajadora y de un número de miembros indeterminado. Humbel sabía quienes eran su madre y su padre, y sabía que tenía un número de hermanos que oscilaba habitualmente entre la veintena y la treintena, pero poco más. El hogar de los Bubónica Wilson correspondía a la categoría de cubil infecto. El padre de Humbel, el señor Bubónica, tenía una modesta empresa de gestión de residuos y des-saneamiento, pero la mayoría de sus clientes le contactaban por problemas de plagas. La ciudad en general estaba sufriendo una grabe crisis de plagas; había muy pocas en los últimos tiempos y el señor Bubónica había encontrado ahí un nicho de mercado interesante, así que robó una furgoneta en un planeta fronterizo, hizo un pacto con un Demonio de Nurgle que se llamaba Francisco y visitaba aquellos lugares con déficit de plaga infectándolos de manera apropiada y con gran profesionalidad. La señora Bubónica invertía la mayor parte de su tiempo en dar a luz y el resto en cocinar para su inmensa prole y a veces esas dos actividades se solapaban con sorprendentes resultados. El único otro miembro de la familia por el que Humbel sentía un mínimo de aprecio era “Bobby El Azote”, un enjambre de moscas gordas como altramuces que habían sido poseídas por una entidad disforme y que hacía las veces de mascota en casa de los Bubónica. 

– Hola Pustulín. Llegas justo para la cena. Ves corriendo a enguarrarte las manos y siéntate con el resto de tus hermanos -. La señora Bubónica estaba totalmente ciega. Hacía tiempo que sus ojos habían explotado como cráteres de grasa purulenta. Desde bien pequeñito Humbel se había sentido fascinado por la pútrida belleza de su madre. Recordaba con nostalgia el tiempo en el que aún tenía un peso razonable y podían llevarle en brazos y el jugueteaba metiendo sus masitas verdosas en las cuencas oculares de su madre y todos se partían de risa.

De camino al salón hizo una parada en el cuarto de desaseo, y después de sacar a guantazos a varios de sus hermanos menores, metió las manos en la fosa séptica y rebuscó en el fondo hasta dar con el truño más fresco que pudo encontrar. Satisfecho con la captura se plantó delante del espejo y se lo aplicó con cuidado por la cara, cuello y manos. Una vez listo se dirigió al comedor, donde el resto de la familia estaba ya esperando y generando un gran alboroto. Humbel ocupó un espacio que quedaba libre detrás de unos cartones sucios, e incluso para llegar allí tuvo que agredir a varios de sus hermanos una vez más. Tan abarrotada estaba la estancia que había gente incluso debajo de la mesa y dentro de los armarios, y todos gritaban emocionados como polluelos gangrenosos y hambrientos, pugnando unos contra otros para evitar quedar aplastados o ser devorados por los más hostiles. Desde el pasillo empezó a llegar un rítmico y metálico golpeteo, como si alguien estuviese aporreando un gran cucharón oxidado por la pared, que era precisamente lo que estaba pasando. – ¿Dónde están mis apestosos pequeñines? -. La señora Bubónica se asomó por la puerta del comedor con su delantal de matarife lleno de mugre, con un barril metálico oxidado bajo el brazo y con su enorme cucharón empezó a tirar inmundicia por toda la estancia, aumentando el nivel de estrés y alboroto de sus hijos a cotas sorprendentes mientras se reía como una puta loca. – No os dejéis nada, preciosos tumorcillos. Creced y haceos gordos y feos. Y cuando hayáis terminado, recordad ensuciaos bien las orejas para iros a dormir, especialmente tu, Humbel; a Papa Nurgle no le gustan las orejas limpias…-. Humbel apenas pudo escuchar el consejo de su madre, pues estaba peleando a muerte por un trozo de caucho refrito con uno de sus hermanos al que llamaban Cachopo. Humbel era más joven pero el trato de favoritismo de su madre a lo largo de los años le había dotado de una complexión oronda muy superior al del resto de la camada, así que con un movimiento poco elegante pero notablemente certero se soltó un bofetón a su hermano. El golpe fue tan violento que la cabeza de Cachopo salió disparada y voló por toda la estancia hasta caer en el regazo de la Señora Bubónica que, entre risas y gorgoteos, la metió en el barril y se fue directa a la cocina a preparar el desayuno.

La cena transcurrió sin más incidentes destacables, y siguiendo las instrucciones de su madre Humbel cogió toda la porquería que encontró de camino a su habitación y se la fue metiendo meticulosamente en las orejas. Su habitación era el epítome la depravación sanitaria, una oda a la putrefacción. Todo el lugar fluctuaba en tonos verdosos y amarillentos y los olores eran tan fuertes y espesos que podían ser empujados. Humbel aspiró con un profundo gorgoteo tuberculoso aquel almizcle recreándose en los distintos matices. Se sentía especialmente satisfecho con el ambiente tan acogedor que había conseguido con el paso de los años y lo demostró soltando un estruendoso pedo en Fa sostenido. Lo primero que había hecho al adueñarse de aquella habitación había sido tapiar la ventana para evitar cualquier fuga gaseosa. Sus olores eran suyos y los atesoraba con recelo. Después había impregnado las paredes con todo tipo de mucosidades y excrementos traídos de los rincones más infectos de la ciudad. Durante un tiempo se dedicó a pintarrajear divertidos motivos caóticos en el techo que durante la noche se iluminaban malignamente y daban a la habitación cierta calidez y le ayudaban a conciliar el sueño. En una de las esquinas habían empezado a crecer unos hongos grandes y malhumorados. Debajo de una pila de huesos roídos y amarillentos había una tabla de madera carcomida que usaba como escritorio. De algún lugar irrelevante sacó un bolígrafo sorprendentemente limpio, después arrancó un trozo de tela acartonada de su ropa interior que se desprendió como si fuese el papel de una magdalena plagada de manchurrones con forma de anchoa. Se tomó unos instantes para poner en marcha su neurona y, con cara de gran esfuerzo, empezó a escribir.

 Querido Papa Nurgle:

Qué tal estás? Yo estoy bien. Soy Humbel ;). Sé que todavía es pronto para mí porque todavía no me he consagrado oficialmente en los ritos de “mi primera mutación”, pero es que tengo tantas ganas de que me bendigas con tu gracia que no me siento capaz de esperar más, y el resto de mis amigos se meten mucho conmigo porque dicen que apenas doy asco. Yo no les hago mucho caso y si alguno se pasa de listo le muerdo la cara hasta que me canso. Mi madre dice que cuando sea mayor seré gordo y asqueroso, pero yo no quiero ser solo gordo y asqueroso, yo quiero apestar planetas, quiero repartir enfermedades entre todos los niños del universo, quiero amontonar inmundicia y calamidad en todos los rincones de la creación, quiero ser inmenso, supurante, rezumante y colmarte de ofrendas. Sé que lo que pido no es poco, y que aún tengo mucho que aprender, pero te prometo que si esta noche me bendices, aunque sea con la más sencilla de las mutaciones, mañana mismo empezaré mi gloriosa misión de llevar tu apestosa virtud a todos los confines del espacio.

Te adjunto una lista de deseos en la que he estado trabajando y que me serían de gran ayuda:

– 2 Cuernos rizados en la cabeza; uno para la frente y otro debajo de la barbilla, en plan moderno.

–  Ventosas azules por toda la espalda que cuando haga calor tiren ácido y huelan a meado.

–  Brazos con muchas articulaciones que apesten a grasa y que, cuando los agite muy rápido, lancen mierda en todas direcciones.

–  Ojos en la nuca con muchas pupilas .7 esfínteres.

–  99 pezones. Por todo el cuerpo, repartidos aleatoriamente.

–  La lepra y/o sífilis.

–  Un tumor en la espalda que cuente chistes.

–  Aliento de cadáver.

–  Que se me caiga la piel de la cara. Que se me caiga la cara.

–  Pedos con sabores graciosos.

–  Que cuando me muera explote y lo ponga todo perdido.

No te entretengo más, seguro que estás con tus movidas. Acuérdate de mí, por favor. Te quiere y te admira Humbel Pústula Bubónica Wilson. ¡Gracias!

PD: Si lo anterior no fuera posible, por lo menos haz que se me pudran lo dientes.

Cuando terminó de escribir se sonó los mocos con el trozo de tela, lo dobló aplicando bastante fuerza y lo tiró por el retrete mientras ofrecía una plegaría impía, pues era el método más rápido de hacer llegar sus deseos a Papa Nurgle. En las infernales y laberínticas cloacas de Ulcerador se filtraba una saludable cantidad de disformidad, la materia primordial que aparentemente sostenía y justificaba la alocada existencia del Caos, y gracias a esa influencia todos aquellos mensajes cargados de deseos traspasarían la barrera de la realidad para llegar a otra dimensión que estaba a medio camino entre la locura normal y la locura definitiva. Humbel volvió a su habitación, vomitó un poco sobre la almohada para calentarla y se metió en la cama. Estuvo un rato observando los maléficos símbolos que se movían por techo y que proyectaban un sulfúrico resplandor verdoso. Poco a poco se fue quedando dormido, arrullado por el sonido de los insectos que pululaban por el colchón y el ronroneo a bajas revoluciones de Boby El Azote, que descansaba plácidamente a los pies de la cama.

A un tiro de piedra de allí pero en un dimensión paralela, un ser de proporciones ciclópeas era atendido por un ejercito de demonios gordinflones. Sentado en un trono de elegante inmundicia, con actitud relajada, zapatillas de estar por casa y un gorro de tela verde con una boñiga por polaina, Papa Nurgle, el Dios de las Enfermedades, el Dios de las Pestilencias, el Dios de la Putrefacción y los peos en los ascensores, una conciencia tan antigua como la vida misma, se partía la caja leyendo la infinidad de tonterías que sus fieles seguidores le pedían. Cogió una más del montón que tenía delante, una que llamaba especialmente su atención por su apestosidad. Acercándosela a una cara tan inmensa como un planeta reventado y con ojos excepcionalmente miopes, leyó con voz inmerecidamente aguda. – Humbel Pústula Bubónica Wilson… Interesante -. Y con una sonrisa que podría tragarse una galaxia añadió – Que tus deseos se vean cumplidos y tus promesas veamos realizadas-. Después pasó la lengua por el trozo de tela y se lo tragó.

Siglos después nadie recordaría al pequeño Humbel Pústula Bubónica Wilson, aquel gordito estrafalario y bailarín de Ulcélador. Los que le conocieron con aquel nombre estaban todos felizmente muertos. Sin embargo la galaxia tardaría mucho en olvidar a Bubónico “El Apestado”, el “Demonio de los 7 esfínteres”, “La Roña”, conocido también por muchos otros nombres ridículos que, durante décadas, atormentaron a los imperios que se repartían el universo. Finalmente había muerto como siempre soñó; con una impresionante explosión de inmundicia y mierda inclasificable que contaminó para siempre todo un planeta, consagrándolo así a su mecenas, Papa Nurgle, el Dios más simpático y campechano de cuantos hayan habitado en el panteón del Caos.

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PLÁTANOS MORENOS

PLÁTANOS MORENOS

- UNA HISTORIA real DE DOLOR Y SORPRESA -

Filosofia-Horizontal-Pátanos

Corría el año 2018, en pleno mes de Noviembre, y yo me encontraba haciendo el payaso por Sri Lanka, una tierra de grandes virtudes paisajísticas y una incomparable fauna salvaje y social. Este país es famoso por multitud de curiosidades que no me encuentro en disposición de enumerar actualmente, pero sobra decir que, entre todas ellas, destacan las cuestiones «Ayurvédicas». ¿Qué significa eso? Pues que está hecho con plantajos. Ni más ni menos. La cuestión es que, según parece, en Sri Lanka todo es prácticamente ayurvédico. ¿Te quieres depilar las piernas? Potingue ayurvédico. ¿Te duele la cabeza? Potingue ayurvédico. ¿Quieres que te crezca pelo en las piernas? Potingue ayurvédico. Os juro que hay soluciones de ayurveda para todo.

Yo no critico su efectividad, es más, me aplicaron potingue ayurvédico para, precisamente, dejarme una calva en mitad de la espinilla que tardó meses en desaparecer. El individuo que lo hizo se sintió la mar de orgulloso, pero yo temía parecer un metrosexual de discoteca. El tema es que, lo ayurvédico, como podéis imaginar, está plenamente integrado en el día a día de los Cingaleses, y por supuesto eso incluye a los masajes, que son algo así como el servicio estrella de las cuestiones ayurvédicas y un gran  reclamo para incautos turistas.

Y en este contexto es donde sucede la Historia Real que quizás algunos ya conozcan pero que otros deberían conocer. Me he tomado la libertad de reeditarla para dotarla de mayor perspectiva y dramatismo, por si acaso le hacía falta.

16 de Noviembre de 2018. Pueblo de Ella. Sri Lanka. 17.30h.

Hoy hemos invertido más de media jornada en atravesar un majestuoso bosque tropical para alcanzar la cima de una montaña cuyo nombre es sencillamente «Ella Rock». Los Cingaleses no se andan con tonterías a la hora de poner nombres a las cosas. Atravesar el bosque que antecede a la cima de «Ella» ya ha sido una odisea por derecho propio; es un espacio plagado de trampas mortales para turistas de tez pálida como nosotros. A lo largo del recorrido puedes ver, con un poco de suerte e imaginación, algunos cartelitos escritos con jeroglíficos incomprensibles que aparentemente marcan una ruta segura hacia la cima. Nada más empezar, con la hierba por encima de nuestras cabezas, una señora ha surgido entre la vegetación como un velocirraptor borracho y nos ha dado un susto de muerte. Entre gruñidos y toses reptilianas nos ha dado a entender que estábamos yendo en mala dirección y se ha ofrecido amablemente a guiarnos por aquel complicado paisaje.

Mientras seguíamos la estela de la mujer, que avanzaba como un rinoceronte entre la frondosa vegetación, yo no podía parar de mirar a mi alrededor con un sentimiento de vulnerabilidad creciente. Estábamos atravesando una puñetera selva donde, literalmente, un paso en falso suponía perder de vista al que tenías delante. Además, Sri Lanka es famosa por su abundante y generosa oferta de Serpientes y Avispas Venenosas que, por supuesto, son grandes como gorriones comunes. He pasado un rato regulín, la verdad, pero finalmente hemos salido a un espacio más o menos libre de vegetación y, ¡sorpresa! la mujer, con una sonrisa de hiena histérica, nos ha dicho que si queríamos que siguiera guiándonos a través de ese inhóspito terreno debíamos de pagarle. Yo le he explicado amablemente que se podía ir a tomar por culo, eso sí, con mucha educación, pues no hay que perder las formas y seguido nuestro camino en saludable soledad.

Como nuestra intención no era otra que subir una maldita montaña, alta como la factura de la luz en verano, ha sido relativamente fácil localizarla en un punto del camino donde que los árboles clareaban. Otra pista reconfortante ha sido empezar a tropezar con un flujo constante de sudorosos y jadeantes turistas. Sin mayores complicaciones finalmente hemos alcanzado la asombrosa y escurridiza cumbre de Ella Rock.

Cuando nos hemos cansado de mirar cosas hemos tomado el camino de regreso a Ella, el pueblo  en el que estamos hospedados y que se ha convertido en los últimos años en un enclave de gran éxito turístico. Paseando por sus callejuelas imbuidas de frenesí expansionista no he podido evitar sentirme como si estuviese en una versión exótica y húmeda de nuestra querida Benidorm. Las luces festivas, los turistas borrachos y los reclamos publicitarios inundan todas las fachadas y portales. Eso sí, ningún edificio supera los dos pisos de altura, cosa que es de agradecer, ya que están construidos a base de palotes y buenas intenciones. Bueno, pues el tema es que íbamos paseando por el pueblo, bastante cansados ya por la caminata y con las sandalias llenas de barro, y nos hemos cruzado con uno de esos carteles luminosos que, con una tipografía hortera, nos ofrecía un masaje ayurvédico a un precio razonable.

El establecimiento era bastante modesto, como lo suelen ser todos por estos lares, sin embargo disponía de todas las comodidades que uno pudiera desear después de subir un montaña, que son más bien pocas y se concretan en formato de silla. Nos ha atendido uno de los lugareños, aparentemente el propietario. Se trataba de un individuo correctamente sonriente que olía a pomelo y que nos ha explicado las distintas opciones de masajes, sus beneficios corporales y sus respectivas tarifas. Entre todas las opciones ofrecidas en el menú nos hemos quedado con la única en la que los modelos de la fotografía parecían no estar pasándolo del todo mal y que podía ser compartido en pareja. Al parecer el tratamiento consistía en un repaso por todo el cuerpo con aceites mágicos, refrescantes y exóticos, con tantas propiedades beneficiosas para el cuerpo que no merece la pena ni mentarlos. ¿Cómo no caer en la tentación?.

Mientras nos conducían hacia una especie de sala de espera me he visto en la obligación de preguntar al responsable si debíamos de llevar alguna ropa especial. De repente he sentido una ligera preocupación al pensar que, quizás, debía quitarme la ropa para el masaje, lo cual parece ser que es lo más apropiado, y yo no recordaba en qué estado se encontraba la ropa interior que llevaba puesta. El hombre me ha dado a entender que eso no debería suponer una preocupación. Eso no ha terminado de tranquilizarme pero lo he dejado pasar confiando en que no llevase unos  «calzoncillos»de esos con déficit de tela.

Unos minutos después me encontraba ya cómodamente instalado sobre una camilla que probablemente fue ensamblada en los tiempos del primer Buda pero que  parecía firme y relativamente segura. En el centro de su superficie, un acertado agujero me ha permitido seguir respirando y babear sobre una palangana estratégicamente colocada en el suelo a la altura de mi cabeza. Previamente a mi llegada algún empleado se ha tomado la molestia de encender inciensos con olor a guano al que, después de unos instantes, el olfato acaba rindiéndose y el cerebro termina por ignorar. De repente, estando yo ya bastante relajado, he empezado a sentir más que a escuchar como algo se desplazaba a través del edificio en mi dirección. El rítmico golpeteo me hacía presuponer que se trataba de unos pasos pesados, y cuando mi nivel de estrés estaba empezando a hervir, el saco de patatas que hacía las veces de cortina se ha abierto y alguien ha entrado en mi cubículo. A través del agujero de la camilla he visto unos pies morenos y anchos como raquetas de nieve que se desplazaban con ligereza hacía la camilla. Una voz suave y aflautada me ha preguntado algo que no he sido capaz de entender y, con mucho lentitud, he girado la cabeza para ver qué estaba pasando.

Una SEÑORA, de esas que curten el jamón a bofetadas y que en España se llamarían algo así como La Amparito o Eugenia, intensamente morena y con cara de inocencia fatal me, sonreía complacientemente. Tenía el diámetro abdominal de una depuradora y vestía ropas llamativas y coloridas. El conjunto en sí era bastante sorprendente. Muy pintoresco. Sin embargo, lo que no he podido evitar ha sido quedarme fijamente mirando anonadado el tamaño, la rudeza y la cantidad de dedos que tenía en las manos. Imagínate un racimo de enormes Plátanos Morenos.

Ha debido de notar mi estupefacción porque, con un hilillo de voz, como un matarife que siente la ansiedad de sus reses, me ha dicho «Please, Relax». Tan tenso estaba que se me ha olvidado parpadear durante un buen rato. Lentamente  he vuelto a meter la cabeza en el agujero de la camilla mientras escuchaba fascinado como la señora se frotaba las manos con tanta fuerza que ha empezado a oler a tostada. Luego se ha hecho crujir los dedos de manera salvaje. Parecía que alguien le estaba pegando patadas a un saco de almendras. Por el rabillo del ojo yo he buscado establecer contacto visual con mi pareja para ver cómo le estaba yendo a ella pero sobre todo para trasladarle un mensaje de advertencia.

La Amparito, después de pedirme educadamente permiso y habiéndole dado yo mis bendiciones, me ha soltado una colleja con la mano untada en un potingue Ayurvédico que me ha hecho morderme la nariz del retroceso. Ha estado un buen rato revolviéndome el pelo hasta dejármelo como a un cantante de Pop Coreano. En uno de esos meneos me ha girado tanto el cuello que me he visto el tatuaje que llevo en la espalda y, de refilón, he podido comprobar la paciencia y el amor con el que la señora llevaba a cabo su sadismo. Cuando Amparito ha comprendido que mi cuello ya no podía ser más maltratado, que no tenía más ángulos en los que ser girado, me ha pasado una toallita tan suave como el asfalto y me he comunicado que, a partir de ese momento, empezaba el masaje. También me ha preguntado cuál era mi preferencia en cuanto a la «dureza» del tratamiento. Temiendo por mi integridad física he puesto a la Amparito en modo «suave». La exótica señora, sonriendo con sentida amabilidad, ha metido las manos en un tarro de aceite hasta los codos y se ha puesto a trabajar.

Después del primer mazado mis recuerdos se han vuelto bastante borrosos. Tengo profundas lagunas cognitivas, quizás para protegerme del trauma, quizás a causa del dolor, pero después de reventarme la espalda a puñetazos como si me odiase de otra vida, Amparito ha empezado a trasladar su bombardeo sostenido hacia otras posiciones. Se ha esforzado por aniquilar con precisión maníaca cualquier centímetro de músculo sano. Quería gritar pero era físicamente imposible; con cada golpe de esas manos duras y negras como cocos el aire de mis pulmones se escapaba irremediablemente.

Una vez satisfecha con el destrozo lumbar Amparito se ha tomado la libertad de quitarme la toalla, que era mi única armadura frente a su rudeza profesional, y me ha bajado los calzoncillos hasta las rodillas. ¡Sorpresa! Creo haber pensado en ese momento. El shock ha sido tan profundo que he apretado las nalgas hasta hacerme un esguince. Antes de poder articular cualquier tipo de queja Amparito ha retomado su ofensiva golpeando como un martillo pilón mis cómodas nalgas hasta dejarlas prácticamente inservibles. Sin embargo, pese al desgaste al que me ha sometido inicialmente, Amparito se estaba guardando lo mejor para el final. Cuando creía que ya nada podía ir peor, Amparito a consultado su manual de atrocidades ayurvédicas y ha cambiado el formato de su tortura. Como si estuviese intentando lavar una prenda anormalmente gruesa y sucia en un río especialmente seco y contaminado, ha empezado a frotarme las nalgas con tanta urgencia, con tanta presión, que he llegado a pensar que estaba realmente buscando algo. Nunca antes nadie me había sobado así. Se ha esforzado tanto y ha llegado a tantos sitios que, con la mente todavía entumecida por la inflamación, me he visto tentado de pedirle un diagnóstico de próstata.

Pero afortunadamente todo tiene un final. También el horror. Amparito, después de secarme con la toalla exfoliante y darme unos amables cachetes en el culo, se ha despedido con alegremente de mí y se ha ido a reventar a algún desafortunado extranjero a la habitación de al lado.

A partir de ese momento todo lo que ha ocurrido carece ya de importancia. Sobra decir que ha sido una experiencia extraordinaria y un punto de inflexión no solo en este viaje, sino probablemente en nuestras vidas. No entraré en juicios de valor porque viajar es lo que tiene. Tampoco pongo en duda las buenas intenciones de Amparito, que sin duda alguna adquirió su espantosa fuerza talando árboles a bofetadas en las selvas de Sri Lanka. Desde ese momento, cuando leo en algún cartel la palabra «Ayurveda», se me ponen bizcos los ojos y se me contraen las nalgas.

Sri Lanka, tierra de Sorpresas.