HOSTAL GALICIA
HOSTAL GALICIA
- Un relato con tortilla de patata -
Atiende a mis palabras, criatura de bien, porque todo lo que aquí voy a relatar es cierto en un porcentaje sano y prudente. Sácate el dedo de la nariz, apaga tu maloliente cigarro y presta atención, pues mi historia encierra una gran sabiduría y puede que algún día te salve de un disgusto y un ridículo espantoso. Quizás habrás oído decir acerca de mi prosa que es lenta y espesa como el regurgitado, que soy propenso a enredarme en florituras innecesarias y que mis relatos están plagados de sesgos e incorrecciones gramaticales. Pues he de decir a esas voces que se alzan en mi contra que, efectivamente, no les falta razón, pero todo cuanto hoy voy a desplegar ante ti no solo es verídico, sino que también es cierto. Lo juro ante el Supremo y que me arranque las uñas de los pies un topo rabioso si miento.
Todo empezó el pasado 29 de Julio del año 2020 de nuestro Señor. Después del consabido enclaustramiento todos los seres humanos salimos al mundo con más empuje que el Toro de La Vega. El verano se encontraba ya bien avanzado y tras unas cuantas semanas de aclimatación social y etílica decidimos emprender un viaje que nos permitiese alejarnos de las vicisitudes de la vida diaria. Con esa intención cargamos nuestros innumerables bártulos en nuestro utilitario habitual y nos despedimos con gran pesar de nuestros seres queridos más allegados; un par de gatos desagradecidos que no veían la hora de perdernos de vista
Pusimos rumbo hacía el Noroeste peninsular, pues llevaba tiempo rondándonos la idea de trazar una ruta a mano alzada por aquellas latitudes verdosas y con olor a mejillón hervido. Nuestro plan consistía en descartar cualquier ejercicio de planificación. Cedimos nuestro destino y cuidado al Azar y abandonamos toda precaución con la misma alegría con la que uno abandona el gimnasio en época estival. Por si su merced lo desconoce, Galicia se encuentra, literalmente, en las antípodas peninsulares respecto a Alicante, tierra de grandes virtudes y origen de nuestro glorioso viaje. Más de mil kilómetros separan ambas ciudades, con lo que disponíamos de tiempo de sobra para pensar sobre la marcha dónde plantar el huevo la primera noche. Aprovechando el buen tiempo y la brisa mediterránea nos pusimos en marcha y nuestro vehículo empezó a devorar kilómetros con la misma ansiedad con la que una mujer despechada consume yogur helado. Trazamos una línea transversal que dividía el país en dos mitades plegables mientras nos vanagloriamos de la diversidad geográfica que ofrecía el trayecto y del excedente de gilipollas que pululan por nuestras alegres carreteras. Mientras yo sudaba cual pollastre Alicantino por la fricción de mi propia superficie contra la tapicería de mi asiento, mi compañera y copiloto se dejaba los ojos en un dispositivo móvil excepcionalmente incómodo tratando de reservar algún alojamiento. Somos gente sencilla, de gustos básicos, tan refinados como un supositorio de segunda mano, así que, en realidad, casi cualquier hospedaje cumplía nuestras expectativas más humildes.
Y así llegamos finalmente a nuestro destino. Cabe destacar que nuestra llegada se produjo en un contexto nada halagüeño y quizás debimos haber prestando más atención a las señales que el universo nos mandaba. Un espectacular incendio nos daba la bienvenida a una tierra que todos los años sufre más por las llamas que la ropa de un porrero adolescente. Pero nuestro cansancio y, por que no decirlo, nuestra absoluta incapacidad para reconocer los augurios cósmicos, nos hizo adentrarnos alegremente en aquel territorio de misterio y leyenda con sana indiferencia.
Nuestra primera parada se produjo en la provincia de Ourense. Se trataba de un Hostal limpio, tranquilo y convenientemente hortera. Sus propietarios habían considerado oportuno inspirar la temática del hostal en los grandes ídolos y estrellas del rock de todos los tiempos. Una sucesión de rostros prematuramente desaparecidos nos observaba desde la fachada del edificio. Nuestra habitación estaba íntegramente consagrada a Kurt Kovain y todas las paredes lucían interesantes fotografías y escenas bucólicas de la meteórica vida y carrera del artista. Sobre el cabecero de la cama un Kurt Kovain inapropiadamente feliz tonteaba con una pistola mientras sonreía con complicidad a la cámara.
Aquella primera experiencia nos convenció de que el formato de viaje improvisado era interesante y viable. Al no disponer de un itinerario rígido y pormenorizado nos podíamos permitir el lujo de disfrutar en cada momento de lo que realmente nos apetecía. Y así lo hicimos. No me recrearé en los detalles de cada una de las paradas que realizamos, pues fueron muchas y de muy diversa índole. Sobra decir que todo transcurrió de la manera deseada; con tranquilidad, sin sobresaltos intestinales y bajo los parámetros del disfrute y el bienestar. En todos los pueblos en los que aterrizamos encontrábamos un caudal inagotable de cerveza, tortillas de patata en distintas fases de cocción y pimientos de padrón suficientes como para atragantar a un panda. Aprovechábamos nuestros traslados en coche de una zona a otra para buscar aquellos alojamientos que mejor nos venían por su ubicación, categoría y precio. Mi compañera se encargó diligentemente de llevar a cabo cada una de las reservas y todas nuestras estancias resultaron satisfactorias. Bueno, casi todas…
Al noveno día, cuando ya encarábamos la recta final de nuestro viaje, decidimos hacer una última excursión a modo de colofón final en la conocidísima Playa de las Catedrales. Mi compañera tuvo que invertir un valioso tiempo para convencerme de que no íbamos a pasar la tarde viendo monaguillos en traje de baño ni curas bendiciendo percebes. Superado el disgusto innecesario pusimos rumbo a nuestro último destino y, como veníamos haciendo desde el principio del viaje, mi compañera buscó un alojamiento que estuviese bien situado pero que sobre todo resultase económico, pues a aquellas alturas nuestras arcas estaban exangües (resulta sorprendente el desgaste al que se puede ver sometida la economía familiar a base de huevos y patatas).
A medio día llegamos a nuestro destino; un pueblo pintoresco situado a escasos kilómetros de la playa y de cuyo nombre me siento totalmente incapaz de recordar. El sol azotaba inmisericordemente a cualquiera que osase pulular por las calles y se ensañaba con especial virulencia contra extranjeros y calvos sin sombrero. Vimos como una señora mayor se hundía en brea asfáltica como un mamut adolescente. Aparcamos nuestro vehículo en un descampado y, usando nuestro equipaje a modo de parasol, corrimos para salvar la vida hasta el portal más cercano mientras nuestro calzado se fundía como queso a la plancha. Nos tomamos unos instantes para ubicarnos y localizar nuestro alojamiento, pero el potente brillo del sol nos deslumbraba dificultando la tarea. Finalmente, junto a un portal desvencijado, localizamos un letrero escrito a mano con rotulador rojo con el nombre del hostal; “Hostal Galicia”. En aquel momento, con el cerebro hirviendo como la “olleta» no reparamos en las implicaciones técnicas ni en las connotaciones publicitarias que ofrecía aquel cartel austero como un sofá de esparto. Entramos en el establecimiento jadeando por el esfuerzo y con los pies convertidos en gofres a medio cocer. Nuestro organismo, al borde del colapso, se esforzaba por regular la temperatura corporal y reducir el ritmo cardíaco. Yo sudaba como un hemofílico en una tienda de navajas. Transcurridos unos minutos, cuando ya me sentía fuera de peligro, empecé a fijarme por primera vez en el entorno. Sensaciones contradictorias empezaron a solaparse en mi interior.
Ruego que su merced sepa perdonar la rudeza de mis palabras, pero lo primero que pensé fue – ¡Hostia Puta! ¿En qué año estamos? -. Toda la información que recopilaban y descodificaban mis sentidos me condujeron a la irremediable conclusión de que, debido a algún fenómeno extraordinario e inexplicable, habíamos retrocedido en el tiempo unos sesenta o sesenta años. Quizás mucho más. La explicación alternativa era igualmente descabellada; quizás habíamos traspasado esa fina membrana que separa las dimensiones y ahora nos encontrábamos en una donde lo rancio, lo hortera, lo demencialmente añejo estaba otra vez de moda. Una tercera opción se abrió camino a través la incredulidad y el asombro. ¿Pudiera ser que nos hubiésemos equivocado de establecimiento y, en vez de entrar en el hostal nos hubiésemos metido en un negocio de venta de artículos de segunda mano? No sería la primera vez que yo visitaba uno de esos establecimientos buscando alguna ganga inesperada. Solían ser sitios donde la gente llevaba todo tipo de trastos viejos e inservibles que debían yacer en el vertedero.
Las paredes de aquella habitación estaban forradas de papel texturizado, el último grito en moda del hogar en la década de los 40s. En algunas zonas, donde el papel había sucumbido al paso del tiempo, habían puesto azulejos con llamativos patrones oscuros que te hacían desear perder la vista para siempre. En el centro de la estancia, colgando del techo desconchado, una imponente lampara de intrincada filigrana arrojaba una luz amarillenta por aquellos rincones a los que los rayos de sol ni se molestaban por alcanzar. Las baldosas del suelo estaban descoloridas y desgastadas por la fricción y se producían irregularidades que debían de ser una tortura para cualquier cojo que las transitase. En uno de los laterales de la habitación existía un trozo de madera carcomida que hacía las veces barra de bar y mostrador para las recepciones. El resto del mobiliario se repartía por la estancia sin ningún criterio discernible. Llamó especialmente mi atención un juego de “proto-taburetes” de madera ubicados junto al mostrador. Se trataba de artilugios de aspecto peligroso y llenos de remiendos cuya factura debía remontarse a los albores de la humanidad, cuando nuestra especie empezó a sentir la necesidad de descansar las nalgas en algo más ergonómico que una roca. Advertí a mi compañera que bajo ningún concepto arriesgase la vida sentándose en ninguna de aquellas máquinas de tortura ancestrales.
Mientras yo todavía estaba valorando los distintos vectores de amenaza, a través de un oscuro pasillo que conectaba esa estancia con la adyacente, empezó a llegarnos el inconfundible sonido de alguien que despierta prematuramente de su letargo. Recuerdo que junto a los sonidos de carraspera y desentumecimiento se percibía el monótono discurso de un narrador de documentales de la segunda guerra mundial. Aunque dadas las circunstancias bien podría tratarse del “No-Do”. Mi compañera y yo nos juntamos y creamos un frente unido ante cualquier peligro que pudiese abordarnos. Salir a la calle no era una opción; el sol se encontraba ahora en su cenit y era una muerte segura y terrible. Allí dentro por lo menos tendríamos alguna posibilidad. Por el pasillo empezó a acercase una figura, una sombra oscura que se tambaleaba como un borracho y que no tardó en concretarse ante nosotros. Se trataba de un señor mayor, de gran estatura y que nos recibió con una exagerada sonrisa. Yo juraría que aquel hombre estaba tan sorprendido de vernos como nosotros lo estábamos de verlo a él. Llevaba una ropa que encajaba totalmente con el resto del panorama. No sucia, ni mucho menos, pero si excepcionalmente desfasada. Sin embargo, lo que más llamó mi atención, fueron sus gafas. De pasta marrón, como cabría esperar, y con sendos cristales gordos como el cenicero de un detective privado. Pensé que si en esos momentos aquel hombre salía con esos cristales a la calle le prendería fuego al pueblo entero. – ¡Bienvenidos! -. Exclamó. – Les estábamos esperando -. Mintió. – Hoy hace mucho calor, dejen su equipaje por aquí, por favor. Enseguida les atendemos -. Ejercitar el habla y haber transitado de una habitación a otra debió dejarle profundamente agotado porque, mientras nos invitaba a descansar, se sentó temerariamente en uno de los taburetes para recuperar el aliento. Mi compañera y yo dimos un paso atrás por si explotaba. – ¿Qué tal el viaje? ¿Vienen ustedes desde muy lejos? -. Mi compañera tubo a bien responder amablemente al señor, que ya se estaba desabrochado los botones superiores de su camisa de rayas blancas y amarillas. Mi compañera me dio un golpe con el codo en las costillas intentando sacarme de mi estupor. Yo no podía parar de mirar las gafas de aquel señor preguntándome cómo era posible que no se le cayese la nariz o las orejas por el peso del cristal. – Estupendo -. Dijo el señor con jovialidad. – No se preocupen que ahora enseguida les entiende Carmen -. Como si hubiese estado esperando a ser invocada la susodicha Carmen se materializó en la estancia a través de un portón que había pasado desapercibido en mi escrutinio inicial.
Carmen era una muchacha de mediana edad, bajita y regordeta. Tenía el aspecto general de un awakate enfundado en unos pantalones vaqueros de pitillo que, teniendo en cuentas el resto del ambiente, resultaban ser un anacronismo destacable. Andaba con un gracioso bamboleo, como si su centro de gravedad se hubiese desplazado salvajemente hacia las rodillas. La chica ejercía una variedad formidable de rolles en aquél negocio familiar; recepcionista, camarera y limpiadora no debían de ser ni la mitad de ellos. El parentesco familiar entre el hombre y Carmen era más que evidente; entre los dos poseían más cristal en las gafas que un escaparate. Se puso a trabajar en los aspectos burocráticos y logísticos de nuestra reserva y, de entre un montón de trastos viejos y carpetas con documentos desfasados, extrajo un archivador, que era lo más parecido a un ordenador que había en aquella estancia. Solicitó nuestros documentos de identidad y realizó una serie de apuntes a mano. Mientras Carmen trabajaba en las gestiones propias de la hostelería, el hombre mayor se sintió en la obligación de interactuar verbalmente con nosotros. Me hizo una serie de preguntas y comentarios ambiguos y sin mucha trascendencia, entiendo yo que más por educación que por genuino interés. Yo respondí de manera que no nos comprometiese de forma alguna, navegando a través de toda aquella cháchara innecesaria con la soltura que cinco años de atención al público me habían proporcionado. El hombre, agotados ya sus temas favoritos, me invitó a que me acercase a una de las paredes de la habitación para poder observar con más detalle una serie de cuadros que allí se mostraban. Accedí sin rechistar y con fingido entusiasmo. Enmarcados en madera tallada y de distintos colores, un par de pinturas de paisajes gallegos aportaban una pizca de color y vistosidad a un ambiente que pedía fuego con urgencia y en cantidades. No puedo decir que no se tratase de un trabajo adecuado. Tampoco mentiré diciendo fuesen obras de arte de valor incalculable. Al fin y al cabo una vaca pastando, por muy ducho que sea el artista, no deja de ser eso; una vaca pastando. El resto de obras han sido adecuadamente eliminadas de mi memoria a estas alturas como consecuencia de su mediocridad fulminante. Sin embargo, aquél individuo se mostraba profundamente orgulloso de su galería de arte particular y yo no pude más que alabar su buen gusto y su habilidad a la hora de colgar cuadros notablemente nivelados.
Carmen había terminado de registrar todos nuestros datos, y después de espantar a un gato que se paseaba por el mostrador/barra del bar, nos invitó a que la siguiésemos a nuestra habitación. El hombre se despidió de nosotros con cierta nostalgia, como si ya nos echase de menos. Cogimos nuestros bártulos y enfilamos escalares arriba siguiendo la estela de Carmen, que a pesar de su estatura y formato avanzaba con energía hacia los pisos superiores. Cargados con nuestras maletas empezamos a preguntarnos si aquél maldito edificio sería un campanario, pues no parecía que fuésemos a llegar nunca. Los escalones estaban totalmente restaurados en lujoso contrachapado de color “beis”. Debajo de ellos se podía intuir antiguo y desgastado azulejo de un edificio que debía tener más años que el sistema solar. Por fin llegamos a nuestra planta y Carmen, embistiendo con el hombro como un ariete de batalla, nos abrió una puerta que daba acceso a lo que a todas luces era una vivienda antigua reconvertida en un hostal. Conforme nos acercábamos a nuestra habitación yo trababa de memorizar la ruta y la distribución del edificio, por si nos veíamos en la necesidad de huir precipitadamente de aquél sitio extraño en un futuro cercano.
– Esta es su habitación. Aquí les dejo las llaves. Disfruten de una agradable estancia -. Dijo Carmen educadamente y con un tono robótico mientras nos invitaba a entrar. – Si desean cualquier otra cosa no duden en avisarnos -. Y entonces se dio la vuelta, cerro la puerta y desapareció de nuestro campo de visión. Mi compañera y yo nos miramos muy fijamente. Aquel portazo había sonado definitivo, como si de un calabozo se tratase. Lo primero que hice fue comprobar que, efectivamente, la puerta podía abrirse desde dentro. Extrañas ideas empezaron a rondarme por la cabeza, y nada de lo que había visto y oído desde que habíamos llegado a aquel lugar me tranquilizaba. Estaba más tenso que una monja con atraso. Cerré la puerta con llave y me la guardé en un bolsillo. Entonces empezamos a ser conscientes de dónde estábamos encerrados y dónde íbamos a pasar la noche. La habitación era bastante pequeña, con las dimensiones justas como para poder albergar una cámara de matrimonio. Lo único bueno que puedo decir sobre la habitación es que era prácticamente cuadrada y que no nos dábamos con la cabeza en el techo. Había un armario empotrado que abrimos con cuidado de que no se nos cayese encima, no porque tuviese intención de guardar nada, si no para asegurarnos de que no había ningún cadáver dentro o un pasadizo secreto a una cripta infernal. En una de las paredes había un ventanuco a bastante altura por el que entraba calor y el insoportable sonido de una taladradora trabajando. Me asomé por el ventanuco aún a riesgo de morir calcinado para comprobar cuanta altura había respecto al suelo, por si teníamos que saltar para huir de algún mal mayor. Una enorme higuera nos daría la oportunidad de sobrevivir a la caída si las cosas se ponían realmente feas, y de paso podríamos merendar fruta.
Había una puerta que daba acceso a un baño forrado íntegramente de azulejo verdoso. Estaba equipado con todo lo habitual en estos casos; lavabo, bidé, water y bañera a juego. Sobre la bañera había otra ventana por que no podríamos salir a menos que nos descuartizasen, y aquel se estaba convirtiendo precisamente uno de mis temores principales. Después de asearme un poco y de dar uso innecesariamente al bidé volví a la habitación y me dejé caer sobre la cama. Aquel gesto inocente de alivio estuvo a punto de costarme una paraplejía permanente. La cama estaba dura como el hormigón armado. El golpe me arrebató todo el aire de los pulmones y me dejó boqueando como un atún. No tuve tiempo de advertir a mi compañera que, emulando mi gesto y sin ser consciente del peligro, se lanzó sobre la suya con energía. Yo temía que fuera a quedarse inconsciente por el golpe, o algo peor, pero para gran alivio y sorpresa, en vez de partirse la crisma contra un bloque de granito, se hundió como un zurullo entre las sábanas y empezó a gritar pidiendo auxilio. Me levanté totalmente rígido por el dolor, metí los brazos hasta los codos entre las sabanas y ayudé le ayudé a salir de aquella trampa mortal. Luego nos abrazamos y retrocedimos mirando en todas direcciones con creciente ansiedad. No podíamos fiarnos de nada. Desde una de las paredes, enmarcada en plástico gris, un rostro antiguo de mujer aristócrata nos observaba con malsana satisfacción. Me acerqué al cuadro y lo separé de la pared para asegurarme de que sus ojos no estaban conectados a algún dispositivo de observación, como había visto en tantas películas. No vi nada excepcional más allá de un par de arañas de aspecto inofensivo y colillas de cigarrillo que algún huésped anterior debía haber intentado ocultar.
Eran todavía las cuatro de la tarde. No hacía ni treinta minutos que habíamos llegado a aquél lugar pero parecía que hubiesen transcurridos horas interminables. Estábamos cansados, asustados y hambrientos. No sabíamos si el “hostal del horror” contaba con cocina, pero tampoco queríamos averiguarlo por miedo a descubrir alguna verdad insoportable. Rebuscamos entre nuestros bártulos cualquier cosa comestible y que no resultase venenosa. Devoramos un paquete de galletas saladas con gran avidez, lloramos un poco y nos acostamos con precaución para intentar descansar un poco. Aún a riesgo de sucumbir al calor decidimos cerrar la ventana para mitigar un poco el ruido de la obra que se estaba llevando en el edificio de al lado. Yo me levanté, cogí una silla de madera e intenté bloquear la puerta que daba acceso a la habitación, solo por si acaso. Con cuidado de no partirme la espalda me tumbé en mi altar de sacrificios y cerré los ojos pensando que quizás nunca más los volviera a abrir.
Aproximadamente una hora y media más tarde el móvil empezó a sonar y nos despertó. Aquello era un buen síntoma. Si estábamos siendo despertados es porque, de alguna manera, seguíamos vivos. Me revisé todas las partes del cuerpo para confirmar que seguían en su sitio y le pedí a mi compañera que chequease mi espalda en busca de cualquier anomalía. Había escuchado historias terribles en las que la gente se despertaba con órganos internos de menos y yo le tenía mucho aprecio a todos los míos. Contra todo pronóstico parecía no haber nada fuera de lo normal. Bueno, mejor dicho; parecía que no había nada nuevo fuera de lo normal. Nuestros bártulos seguían estando donde los dejamos. La mujer del cuadro no había movido los ojos ni cambiado de expresión. La silla que inútilmente habíamos atrancado contra la puerta seguía igual de inútil. Aquello nos relajó un poco. Quizás, después de todo, no fuese para tanto. Nuestro viaje hasta aquél momento había salido redondo. Todos nuestros hospedajes anteriores habían sido más que aceptables, con una buena relación calidad precio. Decidimos pegar un vistazo en la aplicación desde la cual habíamos reservado aquel hostal. Queríamos cerciorarnos de que estábamos en el lugar correcto y de que realmente existía, que no se trataba de un fallo en la Matrix o de ninguna otra clase de fenómeno paranormal. Hostal Galicia, a cinco kilómetros de la playa. Centro del pueblo. Una estrella. ¿Una estrella? Pensé yo. ¿Una estrella? Cielo santo. Ni medio meteorito le otorgaría. Si aquél lugar merecía algún tipo de clasificación astronómica sería sin duda alguna la de Agujero Negro. Aquel lugar absorbía la luz, la energía y el aliento vital como un embudo cósmico. Pegamos un vistazo a las fotografías del anuncio intentando reconocer las similitudes con el lugar en el que nos encontrábamos. Nos resulto bastante difícil pero llegamos a la conclusión de que era el mismo sitio. Las fotografías habían sido magistralmente tomadas por algún genio del marketing. Era el equivalente a ver el anuncio de un ave fénix y luego encontrarte con un pato de pantano.
Me asomé una vez más por la ventana. Saqué un brazo y lo volví a meter con rapidez dentro de la habitación como el que comprueba la temperatura de una olla hirviendo. El calor nuclear estaba remitiendo conforme avanzaba la tarde. Desde mi posición pude ver con tristeza como un niño salía al patio interior de su casa a buscar a su mascota carbonizada. Mi compañera me propuso aprovechar para salir a dar una vuelta por el pueblo. A mi me parecía increíble verla de tan buen talante dadas las circunstancias, pero accedí sin muchas quejas. Si conseguíamos llegar a la calle sanos y salvos quizás pudiésemos pedir ayuda. Después de forcejear un poco con la silla y la puerta conseguimos salir. Saqué el móvil primero por una rendija e hice unas cuantas fotos para asegurarme de que no había nadie fuera esperando con una motosierra o un cuchillo oxidado. Con cuidado, intentando no hacer ruido, atravesamos todo el edificio y salimos a la calle. El sol todavía repartía sopapos a la gente, pero lo hacía cada vez con menos ganas. Invertimos el resto de la tarde en pasear y disfrutar de la vida, que ahora se me antojaba corta y vulnerable. Aquel mal rato nos hizo apreciar las cosas más triviales de la existencia y decidimos vivir el resto de nuestros días a todo tren. Nos pedimos una Coca-Cola y una bolsita de pipas sin sal; no había presupuesto para mayores lujos por muchas promesas que nos hubiéramos hecho.
Alargamos nuestro paseo todo lo que pudimos intentando retrasar el inevitable momento en el que tuviésemos que volver al hostal, pero al final, cuando el pueblo se quedó desierto y empezaron aullar y graznar todo tipo de criaturitas nocturnas decidimos volver. Entramos con precaución, todo estaba oscuro y en silencio salvo por el sonido de los documentales de la Segunda Guerra Mundial que llegaba desde una de las salas. Subimos rápidamente las escaleras, con esa tensión insoportable que te pone los pelos de punta cuando crees que algo te va a asaltar por detrás en la oscuridad. Conseguimos llegar a nuestra habitación sin mayores contratiempos y atrancamos nuevamente la puerta. Compartí nuestra ubicación exacta con algunos familiares. Una sencilla precaución por si en los próximos días hubiésemos desaparecido. Después nos metimos en la cama y, pese a la rigidez del colchón, no tardamos en quedarnos en estado comatoso. La ansiedad y el miedo son unos grandes consumidores de energía.
Todo lo que aconteció a partir de ese momento carece ya de importancia y no alargaremos más esta oscura aventura recreándonos en los detalles morbosos. Sin embargo, ahora que el susto ha quedado atrás nos separan más de mil km de distancia de aquel lugar extraño y perturbador, he de reconocer ante usted y ante el supremo que fueron momentos complicados que tuvieron un fuerte impacto en nuestra experiencia vital. Aquellos hechos marcaron profundamente, no sólo el recuerdo del viaje y de aquella tierra de incomparable belleza indómita y extravagante fenomenología paranormal, si no también el resto de nuestros días. Desde entonces prestamos mucha más atención a las descripciones y comentarios en los anuncios de booking.com.
Poca broma con los hostales de una estrella y cartelería hecha a mano alzada.
PD: A continuación tendrás acceso a una galería de fotografías reales como la vida misma, para que veas que no siempre miento. Besos.










