Humor

Cosas divertidas que probablemente jamás ocurrieron.

SERES ABSURDOS

SERES ABSURDOS

- Oxidado y maloliente -

Parte 1

Después de una larga y desagradecida jornada de trabajo en la fábrica calzoncillos de lana Manfred recorría el camino de vuelta a casa con un poco de dinero en los bolsillos y mucho alcohol en el riego sanguíneo. Los viejos faros de su camioneta desvencijada apenas alcanzaban a iluminar unos pocos metros de asfalto con una luz amarilla y mortecina. Si algún peligro surgiese en su trayecto no tendría tiempo ni de cagarse en los pantalones. Hacía poco rato que se había metido entre pecho y espalda seis solitarias pintas de cerveza en un bar que olía como un saco de ojetes y del que había sido invitado a marcharse amablemente a punta de escopeta por tirarle los trastos a la madre del dueño.

Manfred no llevaba una vida de lujos; eso saltaba a la vista solo con ver la trampa mortal que conducía regularmente. Tampoco sabría qué hacer con lujos. Era una de esas personas que comía directamente de la sartén para no tener que fregar el plato. Toda su vida la había pasado con lo puesto y se había preocupado solo por el futuro más inmediato, ese que existe solo a la altura de tu propio flequillo. Todo lo que ganaba en la fábrica le daba para pagar un cuchitril de quince metros cuadrados que compartía con una familia de arañas silenciosas, para poner “caldo” a la camioneta y para llenar la despensa de latas de berberechos en escabeche. El capital restante lo invertía religiosamente en placeres etílicos de distinta gradación.

El trayecto que recorría lo había estado transitando diariamente durante los últimos diez años en distintos estados de embriaguez y se sentía tan confiado como para hacerlo con los ojos cerrados, o eso solía pensar él. Tampoco es que tuviera que demostrárselo a nadie, pero reconocía cada giro, cada señal y cada árbol que había a lo largo de los ochenta kilómetros de recorrido. Había tenido tanto tiempo para familiarizarse con la ruta que puso apodos a todos los animales atropellados que decoraban el asfalto. Tobi, Kuka, Bichi, Blanquita, Botitas… Todos nombres sarcásticos que rozaban por los dos lados el mal gusto. Pero así pasaba el rato, sumando kilómetros a un contador que hacía más de cuarenta años que se había rendido en su único propósito existencial.

La carretera en sí misma no era excepcionalmente peligrosa. Era un puerto de montaña de sinuosas curvas por el que había que circular con un poco de cuidado para no despeñarse y estar atento por si se producían desprendimientos mortales, pero poco más. La mayor parte del tiempo la carretera se desarrollaba con curvas a izquierda y derecha y en combinaciones alternas de esas dos variables, con trazos tan aburridos como predecibles y que, después de un rato, en nada favorecían la vigilia de quien las transitaba. Lo cual sí que solía suponer un problema moderado. A lo largo del trayecto se podían apreciar algunos puntos críticos en los que otros desafortunados conductores habían retado a las leyes de la física (y habían perdido estrepitosamente) lanzando sus vehículos a través de la mediana hacia un abismo de rocas, árboles furiosos y chatarra oxidada.

Manfred sabía de todos esos casos. Algunos eran antiguos y otros más recientes, pero todo aquello eran cosas que les sucedían a los demás, gente incauta o poco hábil al volante. Él llevaba en la carretera prácticamente toda su vida y nunca había tenido ningún problema, excepto aquella vez que se empotró contra una farola y que, por supuesto, no fue culpa suya. Los carteles de lencería femenina no deberían tener tanto rosa. 

En algunos tramos de aquel recorrido era habitual encontrar niebla a altas horas de la madrugada. Era un fenómeno atmosférico bastante recurrente a aquella altura y que, si tenías un buen seguro de coche y de vida, tampoco era para preocuparse mucho. Aquella noche sin embargo la niebla bajaba más densa que un yogur griego. Manfred no podía estar seguro, pero juraría que se le había metido incluso dentro de la mollera. ¿Era aquello realmente posible? Quizás tuviese más que ver con el hecho de haber estado bebiendo como un Vikingo en una despedida de soltero. Los limpiaparabrisas de la furgoneta no daban  más de sí. Iban de un extremo al otro del cristal sin hacer absolutamente nada útil. Cada barrido producía un sonido espeluznante que se propagaba a través de la niebla como si alguien estuviese pisando el rabo a un perro especialmente quejica.

Para mantener a raya al persistente sueño Manfred decidió poner la radio. Le arreó un par de sopapos a un transistor a pilas que llevaba en el asiento del copiloto, pues hacía mucho tiempo que la radio del coche había sido intercambiada por un magnífico colchón hinchable con más parches que un chaleco heavy. Mientras sujetaba el volante con las rodillas y se liaba un cigarro con la mano izquierda, empezó a mover dial del aparato buscando cualquier señal que le ayudase a mantener los ojos abiertos uno rato más, pero con aquella niebla y a aquella altura lo único que consiguió fue un monótono ruido de la estática radiofónica. Mejor aquello que nada, pensó equivocadamente. 

Como no podía ser de otra manera, a largo plazo, conducir una camioneta con las rodillas es una actividad totalmente incompatible con la vida ( pregunta a tu médico de cabecera si tienes dudas). Mientras pasaba la lengua reseca y áspera como la piel de un kiwi por el papel de liar de su cigarrillo, una de sus rodillas resbaló del volante. La vieja camioneta empezó a pegar bandazos por la carretera como si hubiese entrado en pánico.  Manfred luchaba torpemente por recuperar el control de su vehículo a la vez que intentaba no atragantarse con el cigarrillo. Una gran cantidad de bártulos mal asegurados empezaron a volar por la cabina del coche añadiendo dificultad extra a la maniobra desesperada. Antes de recuperar definitivamente el control la camioneta pegó un último restregón contra el quitamiedos contrario y volvió violentamente a su propio carril dejando una estela de chispas bastante espectacular.

Una vez asegurada la dirección, con las dos manos firmemente instaladas sobre el roñoso volante y con un sorprendente y repentino estado de lucidez, Manfred se dedicó a hacer un rápido balance de daños. Comprobó que toda la porquería que pululaba habitualmente por el interior de su coche seguía estando más o menos en su sitio. Utilizó los espejos retrovisores para ver si había daños estructurales serios; es decir, que no se le hubiesen salido las ruedas o el motor, que era fundamentalmente lo único que le importaba. 

Superado el momento de ansiedad empezó a sentir una repentina y abrumadora necesidad de beber. El susto había puesto a funcionar el sistema de soporte vital autónomo de su cuerpo y demandaba grandes cantidades de agua para paliar el incipiente estado de deshidratación. La resaca del día siguiente iba a ser de las buenas. Con los ojos abiertos como dos platos de soperos y una mano firme en el volante, empezó a rebuscar entre los trastos que había sobre los asientos traseros. Tenía vagos recuerdos de haber visto en alguna ocasión una botella con líquido trasparente dentro, presumiblemente agua. Una zapatilla rota, un bidón de gasolina, ropa vieja, calzoncillos de lana de segunda mano, comida en distintos grados de descomposición, un trozo de parachoques… Nada. Ni rastro del agua. Estuvo un rato intentado abrir la guantera para ver si había suerte y acabó por recordar que, efectivamente, su coche nunca había tenido una. Con un resoplido de frustración y cansancio abandonó su empeño y se quejó en voz alta y pastosa.

– Maldita sea. Daría lo que fuese por un maldito trago de maldita agua asquerosa -. 

Como respondiendo su invocación, a la altura de su oreja derecha, apareció una botella de cristal llena de agua prístina. Aletargado como estaba por el alcohol y preocupado solo en saciar su sed, Manfred cogió agradecido la botella, arrancó el tapón de rosca con los dientes y lo escupió contra la ventanilla cerrada. Empezó a beber ávidamente su contenido haciendo más ruido que un desagüe. El agua estaba fresca, pero no demasiado, lo suficiente para notar su paso a través de la garganta reseca y calmar la sed instantáneamente. No recordaba haber bebido algo tan magnífico en su puñetera vida. No era solo una cuestión de sabor, porque al fin y al cabo era agua, si no la sensación de bienestar que dejaba a su paso aquel líquido tan sencillo y extraordinario que arrastraba consigo los síntomas etílicos y la pesadez de estómago.

Conforme la sed iba desapareciendo y la inflamación cerebral remetía, las pocas neuronas que Manfred conservaba empezaron a lanzar señales de advertencia. En realidad llevaban un buen rato haciéndolo, pero ya no se esforzaban tanto como cuando eran jóvenes. Toda una vida de maltrato sistemático les había robado el ánimo a base de chupitos de Tequila. Sin embargo el aviso fue poco a poco abriéndose paso a través de la niebla mental hasta alcanzar su consciente. Empezó a formularse preguntas básicas que tenían respuestas complicadas. Con mucha lentitud dirigió su mirada vidriosa al espejo retrovisor, que por supuesto estaba totalmente resquebrajado y se sujetaba exclusivamente a base de fuerza de voluntad. El pulso de Manfred empezó a subir de revoluciones como una lavadora centrifugando y el agua que todavía no había tragado empezó a salirse de la boca medio abierta. A través de la superficie fragmentada del espejo, los ojos llorosos de Manfred conectaron con un horror caleidoscópico.

En el asiento de atrás, incómodamente instalada entre toda la porquería, una entidad grotesca y espectral devolvía la mirada a Manfred. Muy poco a poco, intentado que el corazón no se le saliese por las orejas, Manfred giró la cabeza hacía atrás deseando con todas sus fuerzas que aquello no fuese más que una alucinación. Girando el cuello hasta el borde de la fractura tuvo una mejor visión de la realidad que se había materializado en el asiento de atrás de su vieja camioneta. Su cuerpo le enviaba mensajes contradictorios; sus ojos le decían una cosa y su cerebro otra, y entre ellos no parecía haber consenso sobre la naturaleza de lo que allí se estaba manifestando.

La entidad que viajaba en el asiento de atrás de Manfred no tenía derecho a pasearse por la realidad, y mucho menos a llevar el cinturón de seguridad puesto. Su cuerpo era translucido, como si se le hubiesen olvidado la mitad de sus átomos en alguna parte. El pelo, negro como el ojete de un grillo, se movía artificialmente como si tuviese la cabeza metida dentro de una palangana. Iba vestida con un largo camisón blanco de esos que se pueden encontrar en cualquier bazar chino y no tenía piernas de rodillas para abajo, lo cual era de agradecer en aquella circunstancia porque no quedaba mucho espacio. Pero de todo aquel conjunto, lo que realmente perturbó a Manfred fueron los ojos de aquel ser. Eran dos abismos negros de antinatural circunferencia. Tenían el mismo formato y color que el tapón de un fregadero, pero con sendas pupilas blancas en el centro. El perturbador aspecto quedaba un poco mitigado por el hecho de cada ojo parecía funcionar con total independencia. Pero a pesar de eso, aquel ser parecía haber sido engendrado en las peores pesadillas del mas demente de los psicópatas. 

A través del transistor de radio empezó a sonar una voz femenina y juvenil distorsionada por la estática de fondo. – Si te bebes toda el agua te sentará mal y te dolerá la barriguita -. Aquello fue el colmo. El esfínter de Manfred, que a duras penas había aguantado el tipo hasta aquel momento, decidió relajarse y mandarlo todo a tomar por culo (nunca mejor dicho). Manfred cogió tanto aire como pudo y empezó a gritar como una colegiala en un concierto de los BackStreet Boys. La criatura empezó también a gritar con una boca grande y redondeada como una sartén, pero el sonido no salía de aquel pozo de terror, sino del transistor. En apenas unos segundos la camioneta de Manfred se llenó de una cacofonía insoportable. Sin poder apartar la mirada del ser Manfred empezó a manotear buscando el picaporte de la puerta y, cuando dio con él, tiro con tanta fuerza que lo partió. Decidido a escapar de aquella situación, empujado quizás por un instinto de supervivencia adulterado por el alcohol, se lanzó por la ventanilla del coche. 

Afortunadamente, con todo aquel disparate sobrenatural, la camioneta había aminorado sustancialmente la velocidad y Manfred rodó como un salchichón por el asfalto sin sufrir graves daños. Mientras se ponía de pie torpemente tuvo tiempo de ver cómo el vehículo se alejaba y embestía contra el quitamiedos. En el asiento de atrás, con cara de sorpresa y congoja, la criatura del averno agitaba en el aire un brazo fibroso increpando a Manfred por su desfachatez. Camioneta y Ente salieron volando y se precipitaron hacia el vacío en mitad de un gran estruendo. Por debajo del sonido del metal oxidado golpeando contra la ladera de la montaña Manfred pudo escuchar cómo, a través del transistor, una voz distorsionada se desgañitaba barranco abajo. – Hiiiijooo de puut.. -. Las ultimas vocales de aquella ancestral maldición se perdieron en la noche, y Manfred, con menos prisa y más tranquilidad de la que cabría esperar dadas las circunstancias, empezó a caminar en la que esperaba que fuese la dirección correcta.

Continuará…

HOSTAL GALICIA

HOSTAL GALICIA

- Un relato con tortilla de patata -

Atiende a mis palabras, criatura de bien, porque todo lo que aquí voy a relatar es cierto en un porcentaje sano y prudente. Sácate el dedo de la nariz, apaga tu maloliente cigarro y presta atención, pues mi historia encierra una gran sabiduría y puede que algún día te salve de un disgusto y un ridículo espantoso. Quizás habrás oído decir acerca de mi prosa que es lenta y espesa como el regurgitado, que soy propenso a enredarme en florituras innecesarias y que mis relatos están plagados de sesgos e incorrecciones gramaticales. Pues he de decir a esas voces que se alzan en mi contra que, efectivamente, no les falta razón, pero todo cuanto hoy voy a desplegar ante ti no solo es verídico, sino que también es cierto. Lo juro ante el Supremo y que me arranque las uñas de los pies un topo rabioso si miento.

Todo empezó el pasado 29 de Julio del año 2020 de nuestro Señor. Después del consabido enclaustramiento todos los seres humanos salimos al mundo con más empuje que el Toro de La Vega. El verano se encontraba ya bien avanzado y tras unas cuantas semanas de aclimatación social y etílica decidimos emprender un viaje que nos permitiese alejarnos de las vicisitudes de la vida diaria. Con esa intención cargamos nuestros innumerables bártulos en nuestro utilitario habitual y nos despedimos con gran pesar de nuestros seres queridos más allegados; un par de gatos desagradecidos que no veían la hora de perdernos de vista

Pusimos rumbo hacía el Noroeste peninsular, pues llevaba tiempo rondándonos la idea de trazar una ruta a mano alzada por aquellas latitudes verdosas y con olor a mejillón hervido. Nuestro plan consistía en descartar cualquier ejercicio de planificación. Cedimos nuestro destino y cuidado al Azar y abandonamos toda precaución con la misma alegría con la que uno abandona el gimnasio en época estival. Por si su merced lo desconoce, Galicia se encuentra, literalmente, en las antípodas peninsulares respecto a Alicante, tierra de grandes virtudes y origen de nuestro glorioso viaje. Más de mil kilómetros separan ambas ciudades, con lo que disponíamos de tiempo de sobra para pensar sobre la marcha dónde plantar el huevo la primera noche. Aprovechando el buen tiempo y la brisa mediterránea nos pusimos en marcha y nuestro vehículo empezó a devorar kilómetros con la misma ansiedad con la que una mujer despechada consume yogur helado. Trazamos una línea transversal que dividía el país en dos mitades plegables mientras nos vanagloriamos de la diversidad geográfica que ofrecía el trayecto y del excedente de gilipollas que pululan por nuestras alegres carreteras. Mientras yo sudaba cual pollastre Alicantino por la fricción de mi propia superficie contra la tapicería de mi asiento, mi compañera y copiloto se dejaba los ojos en un dispositivo móvil excepcionalmente incómodo tratando de reservar algún alojamiento. Somos gente sencilla, de gustos básicos, tan refinados como un supositorio de segunda mano, así que, en realidad, casi cualquier hospedaje cumplía nuestras expectativas  más humildes.

Y así llegamos finalmente a nuestro destino. Cabe destacar que nuestra llegada se produjo en un contexto nada halagüeño y quizás debimos haber prestando más atención a las señales que el universo nos mandaba. Un espectacular incendio nos daba la bienvenida a una tierra que todos los años sufre más por las llamas que la ropa de un porrero adolescente. Pero nuestro cansancio y, por que no decirlo, nuestra absoluta incapacidad para reconocer los augurios cósmicos, nos hizo adentrarnos alegremente en aquel territorio de misterio y leyenda  con sana indiferencia.

Nuestra primera parada se produjo en la provincia de Ourense. Se trataba de un Hostal limpio, tranquilo y convenientemente hortera. Sus propietarios habían considerado oportuno inspirar la temática del hostal en los grandes ídolos y estrellas del rock de todos los tiempos.   Una sucesión de rostros prematuramente desaparecidos nos observaba desde la fachada del edificio. Nuestra habitación estaba íntegramente consagrada a Kurt Kovain y todas las paredes lucían interesantes fotografías y escenas bucólicas de la meteórica vida y carrera del artista. Sobre el cabecero de la cama un Kurt Kovain inapropiadamente feliz tonteaba con una pistola mientras sonreía con complicidad a la cámara.

Aquella primera experiencia nos convenció de que el formato de viaje improvisado era interesante y viable. Al no disponer de un itinerario rígido y pormenorizado nos podíamos permitir  el lujo de disfrutar en cada momento de lo que realmente nos apetecía. Y así lo hicimos. No me recrearé en los detalles de cada una de las paradas que realizamos, pues fueron muchas y de muy diversa índole. Sobra decir que todo transcurrió de la manera deseada; con tranquilidad, sin sobresaltos intestinales y bajo los parámetros del disfrute y el bienestar. En todos los pueblos en los que aterrizamos encontrábamos un caudal inagotable de cerveza, tortillas de patata en distintas fases de cocción y pimientos de padrón suficientes como para atragantar a un panda. Aprovechábamos nuestros traslados en coche de una zona a otra para buscar aquellos alojamientos que mejor nos venían por su ubicación, categoría y precio. Mi compañera se encargó diligentemente de llevar a cabo cada una de las reservas y todas nuestras estancias resultaron satisfactorias. Bueno, casi todas…

Al noveno día, cuando ya encarábamos la recta final de nuestro viaje, decidimos hacer una última excursión a modo de colofón final en la conocidísima Playa de las Catedrales. Mi compañera tuvo que invertir un valioso tiempo para convencerme de que no íbamos a pasar la tarde viendo monaguillos en traje de baño ni curas bendiciendo percebes. Superado el disgusto innecesario pusimos rumbo a nuestro último destino y, como veníamos haciendo desde el principio del viaje, mi compañera buscó un alojamiento que estuviese bien situado pero que sobre todo resultase económico, pues a aquellas alturas nuestras arcas estaban exangües (resulta sorprendente el desgaste al que se puede ver sometida la economía familiar a base de huevos y patatas).

A medio día llegamos a nuestro destino; un pueblo pintoresco situado a escasos kilómetros de la playa y de cuyo nombre me siento totalmente incapaz de recordar. El sol azotaba inmisericordemente a cualquiera que osase pulular por las calles y se ensañaba con especial virulencia contra extranjeros y calvos sin sombrero. Vimos como una señora mayor se hundía en brea asfáltica como un mamut adolescente. Aparcamos nuestro vehículo en un descampado y, usando nuestro equipaje a modo de parasol, corrimos para salvar la vida hasta el portal más cercano mientras nuestro calzado se fundía como queso a la plancha. Nos tomamos unos instantes para ubicarnos y localizar nuestro alojamiento, pero el potente brillo del sol nos deslumbraba dificultando la tarea. Finalmente, junto a un portal desvencijado, localizamos un letrero escrito a mano con rotulador rojo con el nombre del hostal; “Hostal Galicia”. En aquel momento, con el cerebro hirviendo como la “olleta» no reparamos en las implicaciones técnicas ni en las connotaciones publicitarias que ofrecía aquel cartel austero como un sofá de esparto. Entramos en el establecimiento jadeando por el esfuerzo y con los pies convertidos en gofres a medio cocer. Nuestro organismo, al borde del colapso, se esforzaba por regular la temperatura corporal y reducir el ritmo cardíaco. Yo sudaba como un hemofílico en una tienda de navajas. Transcurridos unos minutos, cuando ya me sentía fuera de peligro, empecé a fijarme por primera vez en el entorno. Sensaciones contradictorias empezaron a solaparse en mi interior.

Ruego que su merced sepa perdonar la rudeza de mis palabras, pero lo primero que pensé fue – ¡Hostia Puta! ¿En qué año estamos? -. Toda la información que recopilaban y descodificaban mis sentidos me condujeron a la irremediable conclusión de que, debido a algún fenómeno extraordinario e inexplicable, habíamos retrocedido en el tiempo unos sesenta o sesenta años. Quizás mucho más. La explicación alternativa era igualmente descabellada; quizás habíamos traspasado esa fina membrana que separa las dimensiones y ahora nos encontrábamos en una donde lo rancio, lo hortera, lo demencialmente añejo estaba otra vez de moda. Una tercera opción se abrió camino a través la incredulidad y el asombro. ¿Pudiera ser que nos hubiésemos equivocado de establecimiento y, en vez de entrar en el hostal nos hubiésemos metido en un negocio de venta de artículos de segunda mano? No sería la primera vez que yo visitaba uno de esos establecimientos buscando alguna ganga inesperada. Solían ser sitios donde la gente llevaba todo tipo de trastos viejos e inservibles que debían yacer en el vertedero.

Las paredes de aquella habitación estaban forradas de papel texturizado, el último grito en moda del hogar en la década de los 40s. En algunas zonas, donde el papel había sucumbido al paso del tiempo, habían puesto azulejos con llamativos patrones oscuros que te hacían desear perder la vista para siempre. En el centro de la estancia, colgando del techo desconchado, una imponente lampara de intrincada filigrana arrojaba una luz amarillenta por aquellos rincones a los que los rayos de sol ni se molestaban por alcanzar. Las baldosas del suelo estaban descoloridas y desgastadas por la fricción y se producían irregularidades que debían de ser una tortura para cualquier cojo que las transitase. En uno de los laterales de la habitación existía un trozo de madera carcomida que hacía las veces barra de bar y mostrador para las recepciones. El resto del mobiliario se repartía por la estancia sin ningún criterio discernible. Llamó especialmente mi atención un juego de “proto-taburetes” de madera ubicados junto al mostrador. Se trataba de artilugios de aspecto peligroso y llenos de remiendos cuya factura debía remontarse a los albores de la humanidad, cuando nuestra especie empezó a sentir la necesidad de descansar las nalgas en algo más ergonómico que una roca. Advertí a mi compañera que bajo ningún concepto arriesgase la vida sentándose en ninguna de aquellas máquinas de tortura ancestrales.

Mientras yo todavía estaba valorando los distintos vectores de amenaza, a través de un oscuro pasillo que conectaba esa estancia con la adyacente, empezó a llegarnos el inconfundible sonido de alguien que despierta prematuramente de su letargo. Recuerdo que junto a los sonidos de carraspera y desentumecimiento se percibía el monótono discurso de un narrador de documentales de la segunda guerra mundial. Aunque dadas las circunstancias bien podría tratarse del “No-Do”. Mi compañera y yo nos juntamos y creamos un frente unido ante cualquier peligro que pudiese abordarnos. Salir a la calle no era una opción; el sol se encontraba ahora en su cenit y era una muerte segura y terrible. Allí dentro por lo menos tendríamos alguna posibilidad. Por el pasillo empezó a acercase una figura, una sombra oscura que se tambaleaba como un borracho y que no tardó en concretarse ante nosotros. Se trataba de un señor mayor, de gran estatura y que nos recibió con una exagerada sonrisa. Yo juraría que aquel hombre estaba tan sorprendido de vernos como nosotros lo estábamos de verlo a él. Llevaba una ropa que encajaba totalmente con el resto del panorama. No sucia, ni mucho menos, pero si excepcionalmente desfasada. Sin embargo, lo que más llamó mi atención, fueron sus gafas. De pasta marrón, como cabría esperar, y con sendos cristales gordos como el cenicero de un detective privado. Pensé que si en esos momentos aquel hombre salía con esos cristales a la calle le prendería fuego al pueblo entero. – ¡Bienvenidos! -. Exclamó. – Les estábamos esperando -. Mintió. – Hoy hace mucho calor, dejen su equipaje por aquí, por favor. Enseguida les atendemos -. Ejercitar el habla y haber transitado de una habitación a otra debió dejarle profundamente agotado porque, mientras nos invitaba a descansar, se sentó temerariamente en uno de los taburetes para recuperar el aliento. Mi compañera y yo dimos un paso atrás por si explotaba. – ¿Qué tal el viaje? ¿Vienen ustedes desde muy lejos? -. Mi compañera tubo a bien responder amablemente al señor, que ya se estaba desabrochado los botones superiores de su camisa de rayas blancas y amarillas. Mi compañera me dio un golpe con el codo en las costillas intentando sacarme de mi estupor. Yo no podía parar de mirar las gafas de aquel señor preguntándome cómo era posible que no se le cayese la nariz o las orejas por el peso del cristal. – Estupendo -. Dijo el señor con jovialidad. – No se preocupen que ahora enseguida les entiende Carmen -. Como si hubiese estado esperando a ser invocada la susodicha Carmen se materializó en la estancia a través de un portón que había pasado desapercibido en mi escrutinio inicial.

Carmen era una muchacha de mediana edad, bajita y regordeta. Tenía el aspecto general de un awakate enfundado en unos pantalones vaqueros de pitillo que, teniendo en cuentas el resto del ambiente, resultaban ser un anacronismo destacable. Andaba con un gracioso bamboleo, como si su centro de gravedad se hubiese desplazado salvajemente hacia las rodillas. La chica ejercía una variedad formidable de rolles en aquél negocio familiar; recepcionista, camarera y limpiadora no debían de ser ni la mitad de ellos. El parentesco familiar entre el hombre y Carmen era más que evidente; entre los dos poseían más cristal en las gafas que un escaparate. Se puso a trabajar en los aspectos burocráticos y logísticos de nuestra reserva y, de entre un montón de trastos viejos y carpetas con documentos desfasados, extrajo un archivador, que era lo más parecido a un ordenador que había en aquella estancia. Solicitó nuestros documentos de identidad y realizó una serie de apuntes a mano. Mientras Carmen trabajaba en las gestiones propias de la hostelería, el hombre mayor se sintió en la obligación de interactuar verbalmente con nosotros. Me hizo una serie de preguntas y comentarios ambiguos y sin mucha trascendencia, entiendo yo que más por educación que por genuino interés. Yo respondí de manera que no nos comprometiese de forma alguna, navegando a través de toda aquella cháchara innecesaria con la soltura que cinco años de atención al público me habían proporcionado. El hombre, agotados ya sus temas favoritos, me invitó a que me acercase a una de las paredes de la habitación para poder observar con más detalle una serie de cuadros que allí se mostraban. Accedí sin rechistar y con fingido entusiasmo. Enmarcados en madera tallada y de distintos colores, un par de pinturas de paisajes gallegos aportaban una pizca de color y vistosidad a un ambiente que pedía fuego con urgencia y en cantidades. No puedo decir que no se tratase de un trabajo adecuado. Tampoco mentiré diciendo fuesen obras de arte de valor incalculable. Al fin y al cabo una vaca pastando, por muy ducho que sea el artista, no deja de ser eso; una vaca pastando. El resto de obras han sido adecuadamente eliminadas de mi memoria a estas alturas como consecuencia de su mediocridad fulminante. Sin embargo, aquél individuo se mostraba profundamente orgulloso de su galería de arte particular y yo no pude más que alabar su buen gusto y su habilidad a la hora de colgar cuadros notablemente nivelados.

Carmen había terminado de registrar todos nuestros datos, y después de espantar a un gato que se paseaba por el mostrador/barra del bar, nos invitó a que la siguiésemos a nuestra habitación. El hombre se despidió de nosotros con cierta nostalgia, como si ya nos echase de menos. Cogimos nuestros bártulos y enfilamos escalares arriba siguiendo la estela de Carmen, que a pesar de su estatura y formato avanzaba con energía hacia los pisos superiores. Cargados con nuestras maletas empezamos a preguntarnos si aquél maldito edificio sería un campanario, pues no parecía que fuésemos a llegar nunca. Los escalones estaban totalmente restaurados en lujoso contrachapado de color “beis”. Debajo de ellos se podía intuir antiguo y desgastado azulejo de un edificio que debía tener más años que el sistema solar. Por fin llegamos a nuestra planta y Carmen, embistiendo con el hombro como un ariete de batalla, nos abrió una puerta que daba acceso a lo que a todas luces era una vivienda antigua reconvertida en un hostal. Conforme nos acercábamos a nuestra habitación yo trababa de memorizar la ruta y la distribución del edificio, por si nos veíamos en la necesidad de huir precipitadamente de aquél sitio extraño en un futuro cercano.

 

– Esta es su habitación. Aquí les dejo las llaves. Disfruten de una agradable estancia -. Dijo Carmen educadamente y con un tono robótico mientras nos invitaba a entrar. – Si desean cualquier otra cosa no duden en avisarnos -. Y entonces se dio la vuelta, cerro la puerta y desapareció de nuestro campo de visión. Mi compañera y yo nos miramos muy fijamente. Aquel portazo había sonado definitivo, como si de un calabozo se tratase. Lo primero que hice fue comprobar que, efectivamente, la puerta podía abrirse desde dentro. Extrañas ideas empezaron a rondarme por la cabeza, y nada de lo que había visto y oído desde que habíamos llegado a aquel lugar me tranquilizaba. Estaba más tenso que una monja con atraso. Cerré la puerta con llave y me la guardé en un bolsillo. Entonces empezamos a ser conscientes de dónde estábamos encerrados y dónde íbamos a pasar la noche. La habitación era bastante pequeña, con las dimensiones justas como para poder albergar una cámara de matrimonio. Lo único bueno que puedo decir sobre la habitación es que era prácticamente cuadrada y que no nos dábamos con la cabeza en el techo. Había un armario empotrado que abrimos con cuidado de que no se nos cayese encima, no porque tuviese intención de guardar nada, si no para asegurarnos de que no había ningún cadáver dentro o un pasadizo secreto a una cripta infernal. En una de las paredes había un ventanuco a bastante altura por el que entraba calor y el insoportable sonido de una taladradora trabajando. Me asomé por el ventanuco aún a riesgo de morir calcinado para comprobar cuanta altura había respecto al suelo, por si teníamos que saltar para huir de algún mal mayor. Una enorme higuera nos daría la oportunidad de sobrevivir a la caída si las cosas se ponían realmente feas, y de paso podríamos merendar fruta.

Había una puerta que daba acceso a un baño forrado íntegramente de azulejo verdoso. Estaba equipado con todo lo habitual en estos casos; lavabo, bidé, water y bañera a juego. Sobre la bañera había otra ventana por que no podríamos salir a menos que nos descuartizasen, y aquel se estaba convirtiendo precisamente uno de mis temores principales. Después de asearme un poco y de dar uso innecesariamente al bidé volví a la habitación y me dejé caer sobre la cama. Aquel gesto inocente de alivio estuvo a punto de costarme una paraplejía permanente. La cama estaba dura como el hormigón armado. El golpe me arrebató todo el aire de los pulmones y me dejó boqueando como un atún. No tuve tiempo de advertir a mi compañera que, emulando mi gesto y sin ser consciente del peligro, se lanzó sobre la suya con energía. Yo temía que fuera a quedarse inconsciente por el golpe, o algo peor, pero para gran alivio y sorpresa, en vez de partirse la crisma contra un bloque de granito, se hundió como un zurullo entre las sábanas y empezó a gritar pidiendo auxilio. Me levanté totalmente rígido por el dolor, metí los brazos hasta los codos entre las sabanas y ayudé le ayudé a salir de aquella trampa mortal. Luego nos abrazamos y retrocedimos mirando en todas direcciones con creciente ansiedad. No podíamos fiarnos de nada. Desde una de las paredes, enmarcada en plástico gris, un rostro antiguo de mujer aristócrata nos observaba con malsana satisfacción. Me acerqué al cuadro y lo separé de la pared para asegurarme de que sus ojos no estaban conectados a algún dispositivo de observación, como había visto en tantas películas. No vi nada excepcional más allá de un par de arañas de aspecto inofensivo y colillas de cigarrillo que algún huésped anterior debía haber intentado ocultar.

Eran todavía las cuatro de la tarde. No hacía ni treinta minutos que habíamos llegado a aquél lugar pero parecía que hubiesen transcurridos horas interminables. Estábamos cansados, asustados y hambrientos. No sabíamos si el “hostal del horror” contaba con cocina, pero tampoco queríamos averiguarlo por miedo a descubrir alguna verdad insoportable. Rebuscamos entre nuestros bártulos cualquier cosa comestible y que no resultase venenosa. Devoramos un paquete de galletas saladas con gran avidez, lloramos un poco y nos acostamos con precaución para intentar descansar un poco. Aún a riesgo de sucumbir al calor decidimos cerrar la ventana para mitigar un poco el ruido de la obra que se estaba llevando en el edificio de al lado. Yo me levanté, cogí una silla de madera e intenté bloquear la puerta que daba acceso a la habitación, solo por si acaso. Con cuidado de no partirme la espalda me tumbé en mi altar de sacrificios y cerré los ojos pensando que quizás nunca más los volviera a abrir.

Aproximadamente una hora y media más tarde el móvil empezó a sonar y nos despertó. Aquello era un buen síntoma. Si estábamos siendo despertados es porque, de alguna manera, seguíamos vivos. Me revisé todas las partes del cuerpo para confirmar que seguían en su sitio y le pedí a mi compañera que chequease mi espalda en busca de cualquier anomalía. Había escuchado historias  terribles en las que la gente se despertaba con órganos internos de menos y yo le tenía mucho aprecio a todos los míos. Contra todo pronóstico parecía no haber nada fuera de lo normal. Bueno, mejor dicho; parecía que no había nada nuevo fuera de lo normal. Nuestros bártulos seguían estando donde los dejamos. La mujer del cuadro no había movido los ojos ni cambiado de expresión. La silla que inútilmente habíamos atrancado contra la puerta seguía igual de inútil. Aquello nos relajó un poco. Quizás, después de todo, no fuese para tanto. Nuestro viaje hasta aquél momento había salido redondo. Todos nuestros hospedajes anteriores habían sido más que aceptables, con una  buena relación calidad precio. Decidimos pegar un vistazo en la aplicación desde la cual habíamos reservado aquel hostal. Queríamos cerciorarnos de que estábamos en el lugar correcto y de que realmente existía, que no se trataba de un fallo en la Matrix o de ninguna otra clase de fenómeno paranormal. Hostal Galicia, a cinco kilómetros de la playa. Centro del pueblo. Una estrella. ¿Una estrella? Pensé yo. ¿Una estrella? Cielo santo. Ni medio meteorito le otorgaría. Si aquél lugar merecía algún tipo de clasificación astronómica sería sin duda alguna la de Agujero Negro. Aquel lugar absorbía la luz, la energía y el aliento vital como un embudo cósmico. Pegamos un vistazo a las fotografías del anuncio intentando reconocer las similitudes con el lugar en el que nos encontrábamos. Nos resulto bastante difícil pero llegamos a la conclusión de que era el mismo sitio. Las fotografías habían sido magistralmente tomadas por algún genio del marketing. Era el equivalente a ver el anuncio de un ave fénix y luego encontrarte con un pato de pantano.

Me asomé una vez más por la ventana. Saqué un brazo y lo volví a meter con rapidez dentro de la habitación como el que comprueba la temperatura de una olla hirviendo. El calor nuclear estaba remitiendo conforme avanzaba la tarde. Desde mi posición pude ver con tristeza como un niño salía al patio interior de su casa a buscar a su mascota carbonizada. Mi compañera me propuso aprovechar para salir a dar una vuelta por el pueblo. A mi me parecía increíble verla de tan buen talante dadas las circunstancias, pero accedí sin muchas quejas. Si conseguíamos llegar a la calle sanos y salvos quizás pudiésemos pedir ayuda. Después de forcejear un poco con la silla y la puerta conseguimos salir. Saqué el móvil primero por una rendija e hice unas cuantas fotos para asegurarme de que no había nadie fuera esperando con una motosierra o un cuchillo oxidado. Con cuidado, intentando no hacer ruido, atravesamos todo el edificio y salimos a la calle. El sol todavía repartía  sopapos a la gente, pero lo hacía cada vez con menos ganas. Invertimos el resto de la tarde en pasear y disfrutar de la vida, que ahora se me antojaba corta y vulnerable. Aquel mal rato nos hizo apreciar las cosas más triviales de la existencia y decidimos vivir el resto de nuestros días a todo tren. Nos pedimos una Coca-Cola y una bolsita de pipas sin sal; no había presupuesto para mayores lujos por muchas promesas que nos hubiéramos hecho.

Alargamos nuestro paseo todo lo que pudimos intentando retrasar el inevitable momento  en el que tuviésemos que volver al hostal, pero al final, cuando el pueblo se quedó desierto y empezaron aullar y graznar todo tipo de criaturitas nocturnas decidimos volver. Entramos con precaución, todo estaba oscuro y en silencio salvo por el sonido de los documentales de la Segunda Guerra Mundial que llegaba desde una de las salas. Subimos rápidamente las escaleras, con esa tensión insoportable que te pone los pelos de punta cuando crees que algo te va a asaltar por detrás en la oscuridad. Conseguimos llegar a nuestra habitación sin mayores contratiempos y atrancamos nuevamente la puerta. Compartí nuestra ubicación exacta con algunos familiares. Una sencilla precaución por si en los próximos días hubiésemos desaparecido. Después nos metimos en la cama y, pese a la rigidez del colchón, no tardamos en quedarnos en estado comatoso. La ansiedad y el miedo son unos grandes consumidores de energía.

Todo lo que aconteció a partir de ese momento carece ya de importancia y no alargaremos más esta oscura aventura recreándonos en los detalles morbosos. Sin embargo, ahora que el susto ha quedado atrás nos separan más de mil km de distancia de aquel lugar extraño y perturbador, he de reconocer ante usted y ante el supremo que fueron momentos complicados que tuvieron un fuerte impacto en nuestra experiencia vital. Aquellos  hechos marcaron profundamente, no sólo el recuerdo del viaje y de aquella tierra de incomparable belleza indómita y extravagante fenomenología paranormal, si no también el resto de nuestros días. Desde entonces prestamos mucha más atención a las descripciones y comentarios en los anuncios de booking.com.

 

Poca broma con los hostales de una estrella y cartelería hecha a mano alzada.

 

 

 

PD: A continuación tendrás acceso a una galería de fotografías reales como la vida misma, para que veas que no siempre miento. Besos.

ROÑA Y MUGRE

ROÑA y mugre

- la bonita historia de Humbel Pústula Bubónica Wilson, el niño gordito del caos -

Era la víspera de Vomicidad y el pequeño Humbel Pústula Bubónica Wilson corría por las calles de su ciudad con la despreocupada alegría de la juventud. Avanzaba todo lo rápido que deformadas y rechonchas piernas le permitían atravesando a la abigarrada muchedumbre que abarrotaba las calles de Ulcérador, una urbe de pesadilla en un planeta agonizante. Además de todos los tipos de venenos y pestilencias habituales, esa noche se respiraba en el ambiente cierta agitación y jolgorio generalizado. Humbel era un joven como cualquier otro entre los millones que infectaban la ciudad; gordo, paticorto, con los ojos anormalmente distanciados en un rostro que parecía un muestrario de acné y unas orejas como champiñones de las que rezumaba todo tipo de porquerías constantemente. A pesar de todas sus taras Humbel se sentía profundamente desdichado, pues a su edad la mayoría de niños con los que lidiaba estaban mucho peor que él y eso le mortificaba; olían peor, vomitaban con mucha más potencia, algunos tenían toses flemosas que ponían los pelos de punta y todos excretaban fluidos con mucha más frecuencia de lo que Humbel era capaz. Si bien es cierto que le llevaban ventaja, pues casi todos hacia tiempo que habían sido bendecidos en el macabro ritual ancestral en el que se les ordenaba como fieles seguidores del más gracioso y dicharachero de los Dioses del Caos; Nurgle. Aquel ritual se conocía popularmente como “Mi primera Mutación” y todos los chavales que deseaban consagrar su alma al Caos debían pasar por el templo Caótico de sus respectivos vecindarios donde un Hechicero los salmodiaba durante horas y finalmente los bendecía metiéndoles la cabeza dentro de una palangana llena de mierda santificada. De allí salían renacidos en la unidad con su mórbido dios caótico y con olor a cadáver en escabeche que ponía los pelos de punta. Amén de todo aquello, con el rito de “Mi primera Mutación”, se abrían las puertas a que, si Papa Nurgle lo consideraba oportuno y te habías portado despreciablemente, la noche de Vomicidad se materializaba en tu casa y te bendecía con una maravillosa ristra de mutaciones y enfermedades pestilentes. Humbel no podía dejar de pensar en hipotéticos escenarios donde, después de ser bendecido por Papa Nurgle, se reencontraba con su habitual pandilla de amigos, “Los Gonorrea”, para lucir sus maravillosas mutaciones, convirtiéndose así en el centro de atención y en la comidilla de todos los chavales del barrio.

Como ocurre con todos los niños en cualquier parte del universo Humbel cruzó la calle sin tomar la precaución de mirar a los lados, tan absorto como estaba en sus ensoñaciones mutagénicas que provocó varios accidentes entre los distintos acechantes e ingenios demoníacos que circulaban tranquilamente por la pegajosa carretera. Empezó a tararear una pegadiza canción que le había enseñado su madre y en la que intervenían todo tipo de esfínteres. Tal era su gozo que incluso empezó a “bailar” dando giros lentos, moviendo los brazos como un lunático, pegando saltos lamentables y, en definitiva, haciendo el tonto de manera ostentosa. La gente con la que se cruzaba se detenía para ver al gordito estrafalario. Algunos transeúntes aplaudían con manos tan llenas de mocos que, en vez de sonar “Plaff”, producían un húmedo “Choff”, y Humbel, gozando de su atención, se recreaba profana adulación. Mientras giraba y soltaba ventosidades fue testigo de cómo un individuo especialmente bendecido por la Lepra, enardecido por su actuación, perdía ambas manos en un aplauso demasiado efusivo. Con una impresionante traca final de pedos y eructos Humbel salió disparado por un pasillo que los testigos le habían facilitado para que pudiese seguir su camino, y así continuó hasta llegar a casa, al más puro estilo Bilis Elliot, el joven bailarín más famoso de la historia de Ulcérador. 

– Mamá ya estoy en casa! -. Los Bubónica Wilson eran una familia humilde de clase trabajadora y de un número de miembros indeterminado. Humbel sabía quienes eran su madre y su padre, y sabía que tenía un número de hermanos que oscilaba habitualmente entre la veintena y la treintena, pero poco más. El hogar de los Bubónica Wilson correspondía a la categoría de cubil infecto. El padre de Humbel, el señor Bubónica, tenía una modesta empresa de gestión de residuos y des-saneamiento, pero la mayoría de sus clientes le contactaban por problemas de plagas. La ciudad en general estaba sufriendo una grabe crisis de plagas; había muy pocas en los últimos tiempos y el señor Bubónica había encontrado ahí un nicho de mercado interesante, así que robó una furgoneta en un planeta fronterizo, hizo un pacto con un Demonio de Nurgle que se llamaba Francisco y visitaba aquellos lugares con déficit de plaga infectándolos de manera apropiada y con gran profesionalidad. La señora Bubónica invertía la mayor parte de su tiempo en dar a luz y el resto en cocinar para su inmensa prole y a veces esas dos actividades se solapaban con sorprendentes resultados. El único otro miembro de la familia por el que Humbel sentía un mínimo de aprecio era “Bobby El Azote”, un enjambre de moscas gordas como altramuces que habían sido poseídas por una entidad disforme y que hacía las veces de mascota en casa de los Bubónica. 

– Hola Pustulín. Llegas justo para la cena. Ves corriendo a enguarrarte las manos y siéntate con el resto de tus hermanos -. La señora Bubónica estaba totalmente ciega. Hacía tiempo que sus ojos habían explotado como cráteres de grasa purulenta. Desde bien pequeñito Humbel se había sentido fascinado por la pútrida belleza de su madre. Recordaba con nostalgia el tiempo en el que aún tenía un peso razonable y podían llevarle en brazos y el jugueteaba metiendo sus masitas verdosas en las cuencas oculares de su madre y todos se partían de risa.

De camino al salón hizo una parada en el cuarto de desaseo, y después de sacar a guantazos a varios de sus hermanos menores, metió las manos en la fosa séptica y rebuscó en el fondo hasta dar con el truño más fresco que pudo encontrar. Satisfecho con la captura se plantó delante del espejo y se lo aplicó con cuidado por la cara, cuello y manos. Una vez listo se dirigió al comedor, donde el resto de la familia estaba ya esperando y generando un gran alboroto. Humbel ocupó un espacio que quedaba libre detrás de unos cartones sucios, e incluso para llegar allí tuvo que agredir a varios de sus hermanos una vez más. Tan abarrotada estaba la estancia que había gente incluso debajo de la mesa y dentro de los armarios, y todos gritaban emocionados como polluelos gangrenosos y hambrientos, pugnando unos contra otros para evitar quedar aplastados o ser devorados por los más hostiles. Desde el pasillo empezó a llegar un rítmico y metálico golpeteo, como si alguien estuviese aporreando un gran cucharón oxidado por la pared, que era precisamente lo que estaba pasando. – ¿Dónde están mis apestosos pequeñines? -. La señora Bubónica se asomó por la puerta del comedor con su delantal de matarife lleno de mugre, con un barril metálico oxidado bajo el brazo y con su enorme cucharón empezó a tirar inmundicia por toda la estancia, aumentando el nivel de estrés y alboroto de sus hijos a cotas sorprendentes mientras se reía como una puta loca. – No os dejéis nada, preciosos tumorcillos. Creced y haceos gordos y feos. Y cuando hayáis terminado, recordad ensuciaos bien las orejas para iros a dormir, especialmente tu, Humbel; a Papa Nurgle no le gustan las orejas limpias…-. Humbel apenas pudo escuchar el consejo de su madre, pues estaba peleando a muerte por un trozo de caucho refrito con uno de sus hermanos al que llamaban Cachopo. Humbel era más joven pero el trato de favoritismo de su madre a lo largo de los años le había dotado de una complexión oronda muy superior al del resto de la camada, así que con un movimiento poco elegante pero notablemente certero se soltó un bofetón a su hermano. El golpe fue tan violento que la cabeza de Cachopo salió disparada y voló por toda la estancia hasta caer en el regazo de la Señora Bubónica que, entre risas y gorgoteos, la metió en el barril y se fue directa a la cocina a preparar el desayuno.

La cena transcurrió sin más incidentes destacables, y siguiendo las instrucciones de su madre Humbel cogió toda la porquería que encontró de camino a su habitación y se la fue metiendo meticulosamente en las orejas. Su habitación era el epítome la depravación sanitaria, una oda a la putrefacción. Todo el lugar fluctuaba en tonos verdosos y amarillentos y los olores eran tan fuertes y espesos que podían ser empujados. Humbel aspiró con un profundo gorgoteo tuberculoso aquel almizcle recreándose en los distintos matices. Se sentía especialmente satisfecho con el ambiente tan acogedor que había conseguido con el paso de los años y lo demostró soltando un estruendoso pedo en Fa sostenido. Lo primero que había hecho al adueñarse de aquella habitación había sido tapiar la ventana para evitar cualquier fuga gaseosa. Sus olores eran suyos y los atesoraba con recelo. Después había impregnado las paredes con todo tipo de mucosidades y excrementos traídos de los rincones más infectos de la ciudad. Durante un tiempo se dedicó a pintarrajear divertidos motivos caóticos en el techo que durante la noche se iluminaban malignamente y daban a la habitación cierta calidez y le ayudaban a conciliar el sueño. En una de las esquinas habían empezado a crecer unos hongos grandes y malhumorados. Debajo de una pila de huesos roídos y amarillentos había una tabla de madera carcomida que usaba como escritorio. De algún lugar irrelevante sacó un bolígrafo sorprendentemente limpio, después arrancó un trozo de tela acartonada de su ropa interior que se desprendió como si fuese el papel de una magdalena plagada de manchurrones con forma de anchoa. Se tomó unos instantes para poner en marcha su neurona y, con cara de gran esfuerzo, empezó a escribir.

 Querido Papa Nurgle:

Qué tal estás? Yo estoy bien. Soy Humbel ;). Sé que todavía es pronto para mí porque todavía no me he consagrado oficialmente en los ritos de “mi primera mutación”, pero es que tengo tantas ganas de que me bendigas con tu gracia que no me siento capaz de esperar más, y el resto de mis amigos se meten mucho conmigo porque dicen que apenas doy asco. Yo no les hago mucho caso y si alguno se pasa de listo le muerdo la cara hasta que me canso. Mi madre dice que cuando sea mayor seré gordo y asqueroso, pero yo no quiero ser solo gordo y asqueroso, yo quiero apestar planetas, quiero repartir enfermedades entre todos los niños del universo, quiero amontonar inmundicia y calamidad en todos los rincones de la creación, quiero ser inmenso, supurante, rezumante y colmarte de ofrendas. Sé que lo que pido no es poco, y que aún tengo mucho que aprender, pero te prometo que si esta noche me bendices, aunque sea con la más sencilla de las mutaciones, mañana mismo empezaré mi gloriosa misión de llevar tu apestosa virtud a todos los confines del espacio.

Te adjunto una lista de deseos en la que he estado trabajando y que me serían de gran ayuda:

– 2 Cuernos rizados en la cabeza; uno para la frente y otro debajo de la barbilla, en plan moderno.

–  Ventosas azules por toda la espalda que cuando haga calor tiren ácido y huelan a meado.

–  Brazos con muchas articulaciones que apesten a grasa y que, cuando los agite muy rápido, lancen mierda en todas direcciones.

–  Ojos en la nuca con muchas pupilas .7 esfínteres.

–  99 pezones. Por todo el cuerpo, repartidos aleatoriamente.

–  La lepra y/o sífilis.

–  Un tumor en la espalda que cuente chistes.

–  Aliento de cadáver.

–  Que se me caiga la piel de la cara. Que se me caiga la cara.

–  Pedos con sabores graciosos.

–  Que cuando me muera explote y lo ponga todo perdido.

No te entretengo más, seguro que estás con tus movidas. Acuérdate de mí, por favor. Te quiere y te admira Humbel Pústula Bubónica Wilson. ¡Gracias!

PD: Si lo anterior no fuera posible, por lo menos haz que se me pudran lo dientes.

Cuando terminó de escribir se sonó los mocos con el trozo de tela, lo dobló aplicando bastante fuerza y lo tiró por el retrete mientras ofrecía una plegaría impía, pues era el método más rápido de hacer llegar sus deseos a Papa Nurgle. En las infernales y laberínticas cloacas de Ulcerador se filtraba una saludable cantidad de disformidad, la materia primordial que aparentemente sostenía y justificaba la alocada existencia del Caos, y gracias a esa influencia todos aquellos mensajes cargados de deseos traspasarían la barrera de la realidad para llegar a otra dimensión que estaba a medio camino entre la locura normal y la locura definitiva. Humbel volvió a su habitación, vomitó un poco sobre la almohada para calentarla y se metió en la cama. Estuvo un rato observando los maléficos símbolos que se movían por techo y que proyectaban un sulfúrico resplandor verdoso. Poco a poco se fue quedando dormido, arrullado por el sonido de los insectos que pululaban por el colchón y el ronroneo a bajas revoluciones de Boby El Azote, que descansaba plácidamente a los pies de la cama.

A un tiro de piedra de allí pero en un dimensión paralela, un ser de proporciones ciclópeas era atendido por un ejercito de demonios gordinflones. Sentado en un trono de elegante inmundicia, con actitud relajada, zapatillas de estar por casa y un gorro de tela verde con una boñiga por polaina, Papa Nurgle, el Dios de las Enfermedades, el Dios de las Pestilencias, el Dios de la Putrefacción y los peos en los ascensores, una conciencia tan antigua como la vida misma, se partía la caja leyendo la infinidad de tonterías que sus fieles seguidores le pedían. Cogió una más del montón que tenía delante, una que llamaba especialmente su atención por su apestosidad. Acercándosela a una cara tan inmensa como un planeta reventado y con ojos excepcionalmente miopes, leyó con voz inmerecidamente aguda. – Humbel Pústula Bubónica Wilson… Interesante -. Y con una sonrisa que podría tragarse una galaxia añadió – Que tus deseos se vean cumplidos y tus promesas veamos realizadas-. Después pasó la lengua por el trozo de tela y se lo tragó.

Siglos después nadie recordaría al pequeño Humbel Pústula Bubónica Wilson, aquel gordito estrafalario y bailarín de Ulcélador. Los que le conocieron con aquel nombre estaban todos felizmente muertos. Sin embargo la galaxia tardaría mucho en olvidar a Bubónico “El Apestado”, el “Demonio de los 7 esfínteres”, “La Roña”, conocido también por muchos otros nombres ridículos que, durante décadas, atormentaron a los imperios que se repartían el universo. Finalmente había muerto como siempre soñó; con una impresionante explosión de inmundicia y mierda inclasificable que contaminó para siempre todo un planeta, consagrándolo así a su mecenas, Papa Nurgle, el Dios más simpático y campechano de cuantos hayan habitado en el panteón del Caos.

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PLÁTANOS MORENOS

PLÁTANOS MORENOS

- UNA HISTORIA real DE DOLOR Y SORPRESA -

Filosofia-Horizontal-Pátanos

Corría el año 2018, en pleno mes de Noviembre, y yo me encontraba haciendo el payaso por Sri Lanka, una tierra de grandes virtudes paisajísticas y una incomparable fauna salvaje y social. Este país es famoso por multitud de curiosidades que no me encuentro en disposición de enumerar actualmente, pero sobra decir que, entre todas ellas, destacan las cuestiones «Ayurvédicas». ¿Qué significa eso? Pues que está hecho con plantajos. Ni más ni menos. La cuestión es que, según parece, en Sri Lanka todo es prácticamente ayurvédico. ¿Te quieres depilar las piernas? Potingue ayurvédico. ¿Te duele la cabeza? Potingue ayurvédico. ¿Quieres que te crezca pelo en las piernas? Potingue ayurvédico. Os juro que hay soluciones de ayurveda para todo.

Yo no critico su efectividad, es más, me aplicaron potingue ayurvédico para, precisamente, dejarme una calva en mitad de la espinilla que tardó meses en desaparecer. El individuo que lo hizo se sintió la mar de orgulloso, pero yo temía parecer un metrosexual de discoteca. El tema es que, lo ayurvédico, como podéis imaginar, está plenamente integrado en el día a día de los Cingaleses, y por supuesto eso incluye a los masajes, que son algo así como el servicio estrella de las cuestiones ayurvédicas y un gran  reclamo para incautos turistas.

Y en este contexto es donde sucede la Historia Real que quizás algunos ya conozcan pero que otros deberían conocer. Me he tomado la libertad de reeditarla para dotarla de mayor perspectiva y dramatismo, por si acaso le hacía falta.

16 de Noviembre de 2018. Pueblo de Ella. Sri Lanka. 17.30h.

Hoy hemos invertido más de media jornada en atravesar un majestuoso bosque tropical para alcanzar la cima de una montaña cuyo nombre es sencillamente «Ella Rock». Los Cingaleses no se andan con tonterías a la hora de poner nombres a las cosas. Atravesar el bosque que antecede a la cima de «Ella» ya ha sido una odisea por derecho propio; es un espacio plagado de trampas mortales para turistas de tez pálida como nosotros. A lo largo del recorrido puedes ver, con un poco de suerte e imaginación, algunos cartelitos escritos con jeroglíficos incomprensibles que aparentemente marcan una ruta segura hacia la cima. Nada más empezar, con la hierba por encima de nuestras cabezas, una señora ha surgido entre la vegetación como un velocirraptor borracho y nos ha dado un susto de muerte. Entre gruñidos y toses reptilianas nos ha dado a entender que estábamos yendo en mala dirección y se ha ofrecido amablemente a guiarnos por aquel complicado paisaje.

Mientras seguíamos la estela de la mujer, que avanzaba como un rinoceronte entre la frondosa vegetación, yo no podía parar de mirar a mi alrededor con un sentimiento de vulnerabilidad creciente. Estábamos atravesando una puñetera selva donde, literalmente, un paso en falso suponía perder de vista al que tenías delante. Además, Sri Lanka es famosa por su abundante y generosa oferta de Serpientes y Avispas Venenosas que, por supuesto, son grandes como gorriones comunes. He pasado un rato regulín, la verdad, pero finalmente hemos salido a un espacio más o menos libre de vegetación y, ¡sorpresa! la mujer, con una sonrisa de hiena histérica, nos ha dicho que si queríamos que siguiera guiándonos a través de ese inhóspito terreno debíamos de pagarle. Yo le he explicado amablemente que se podía ir a tomar por culo, eso sí, con mucha educación, pues no hay que perder las formas y seguido nuestro camino en saludable soledad.

Como nuestra intención no era otra que subir una maldita montaña, alta como la factura de la luz en verano, ha sido relativamente fácil localizarla en un punto del camino donde que los árboles clareaban. Otra pista reconfortante ha sido empezar a tropezar con un flujo constante de sudorosos y jadeantes turistas. Sin mayores complicaciones finalmente hemos alcanzado la asombrosa y escurridiza cumbre de Ella Rock.

Cuando nos hemos cansado de mirar cosas hemos tomado el camino de regreso a Ella, el pueblo  en el que estamos hospedados y que se ha convertido en los últimos años en un enclave de gran éxito turístico. Paseando por sus callejuelas imbuidas de frenesí expansionista no he podido evitar sentirme como si estuviese en una versión exótica y húmeda de nuestra querida Benidorm. Las luces festivas, los turistas borrachos y los reclamos publicitarios inundan todas las fachadas y portales. Eso sí, ningún edificio supera los dos pisos de altura, cosa que es de agradecer, ya que están construidos a base de palotes y buenas intenciones. Bueno, pues el tema es que íbamos paseando por el pueblo, bastante cansados ya por la caminata y con las sandalias llenas de barro, y nos hemos cruzado con uno de esos carteles luminosos que, con una tipografía hortera, nos ofrecía un masaje ayurvédico a un precio razonable.

El establecimiento era bastante modesto, como lo suelen ser todos por estos lares, sin embargo disponía de todas las comodidades que uno pudiera desear después de subir un montaña, que son más bien pocas y se concretan en formato de silla. Nos ha atendido uno de los lugareños, aparentemente el propietario. Se trataba de un individuo correctamente sonriente que olía a pomelo y que nos ha explicado las distintas opciones de masajes, sus beneficios corporales y sus respectivas tarifas. Entre todas las opciones ofrecidas en el menú nos hemos quedado con la única en la que los modelos de la fotografía parecían no estar pasándolo del todo mal y que podía ser compartido en pareja. Al parecer el tratamiento consistía en un repaso por todo el cuerpo con aceites mágicos, refrescantes y exóticos, con tantas propiedades beneficiosas para el cuerpo que no merece la pena ni mentarlos. ¿Cómo no caer en la tentación?.

Mientras nos conducían hacia una especie de sala de espera me he visto en la obligación de preguntar al responsable si debíamos de llevar alguna ropa especial. De repente he sentido una ligera preocupación al pensar que, quizás, debía quitarme la ropa para el masaje, lo cual parece ser que es lo más apropiado, y yo no recordaba en qué estado se encontraba la ropa interior que llevaba puesta. El hombre me ha dado a entender que eso no debería suponer una preocupación. Eso no ha terminado de tranquilizarme pero lo he dejado pasar confiando en que no llevase unos  «calzoncillos»de esos con déficit de tela.

Unos minutos después me encontraba ya cómodamente instalado sobre una camilla que probablemente fue ensamblada en los tiempos del primer Buda pero que  parecía firme y relativamente segura. En el centro de su superficie, un acertado agujero me ha permitido seguir respirando y babear sobre una palangana estratégicamente colocada en el suelo a la altura de mi cabeza. Previamente a mi llegada algún empleado se ha tomado la molestia de encender inciensos con olor a guano al que, después de unos instantes, el olfato acaba rindiéndose y el cerebro termina por ignorar. De repente, estando yo ya bastante relajado, he empezado a sentir más que a escuchar como algo se desplazaba a través del edificio en mi dirección. El rítmico golpeteo me hacía presuponer que se trataba de unos pasos pesados, y cuando mi nivel de estrés estaba empezando a hervir, el saco de patatas que hacía las veces de cortina se ha abierto y alguien ha entrado en mi cubículo. A través del agujero de la camilla he visto unos pies morenos y anchos como raquetas de nieve que se desplazaban con ligereza hacía la camilla. Una voz suave y aflautada me ha preguntado algo que no he sido capaz de entender y, con mucho lentitud, he girado la cabeza para ver qué estaba pasando.

Una SEÑORA, de esas que curten el jamón a bofetadas y que en España se llamarían algo así como La Amparito o Eugenia, intensamente morena y con cara de inocencia fatal me, sonreía complacientemente. Tenía el diámetro abdominal de una depuradora y vestía ropas llamativas y coloridas. El conjunto en sí era bastante sorprendente. Muy pintoresco. Sin embargo, lo que no he podido evitar ha sido quedarme fijamente mirando anonadado el tamaño, la rudeza y la cantidad de dedos que tenía en las manos. Imagínate un racimo de enormes Plátanos Morenos.

Ha debido de notar mi estupefacción porque, con un hilillo de voz, como un matarife que siente la ansiedad de sus reses, me ha dicho «Please, Relax». Tan tenso estaba que se me ha olvidado parpadear durante un buen rato. Lentamente  he vuelto a meter la cabeza en el agujero de la camilla mientras escuchaba fascinado como la señora se frotaba las manos con tanta fuerza que ha empezado a oler a tostada. Luego se ha hecho crujir los dedos de manera salvaje. Parecía que alguien le estaba pegando patadas a un saco de almendras. Por el rabillo del ojo yo he buscado establecer contacto visual con mi pareja para ver cómo le estaba yendo a ella pero sobre todo para trasladarle un mensaje de advertencia.

La Amparito, después de pedirme educadamente permiso y habiéndole dado yo mis bendiciones, me ha soltado una colleja con la mano untada en un potingue Ayurvédico que me ha hecho morderme la nariz del retroceso. Ha estado un buen rato revolviéndome el pelo hasta dejármelo como a un cantante de Pop Coreano. En uno de esos meneos me ha girado tanto el cuello que me he visto el tatuaje que llevo en la espalda y, de refilón, he podido comprobar la paciencia y el amor con el que la señora llevaba a cabo su sadismo. Cuando Amparito ha comprendido que mi cuello ya no podía ser más maltratado, que no tenía más ángulos en los que ser girado, me ha pasado una toallita tan suave como el asfalto y me he comunicado que, a partir de ese momento, empezaba el masaje. También me ha preguntado cuál era mi preferencia en cuanto a la «dureza» del tratamiento. Temiendo por mi integridad física he puesto a la Amparito en modo «suave». La exótica señora, sonriendo con sentida amabilidad, ha metido las manos en un tarro de aceite hasta los codos y se ha puesto a trabajar.

Después del primer mazado mis recuerdos se han vuelto bastante borrosos. Tengo profundas lagunas cognitivas, quizás para protegerme del trauma, quizás a causa del dolor, pero después de reventarme la espalda a puñetazos como si me odiase de otra vida, Amparito ha empezado a trasladar su bombardeo sostenido hacia otras posiciones. Se ha esforzado por aniquilar con precisión maníaca cualquier centímetro de músculo sano. Quería gritar pero era físicamente imposible; con cada golpe de esas manos duras y negras como cocos el aire de mis pulmones se escapaba irremediablemente.

Una vez satisfecha con el destrozo lumbar Amparito se ha tomado la libertad de quitarme la toalla, que era mi única armadura frente a su rudeza profesional, y me ha bajado los calzoncillos hasta las rodillas. ¡Sorpresa! Creo haber pensado en ese momento. El shock ha sido tan profundo que he apretado las nalgas hasta hacerme un esguince. Antes de poder articular cualquier tipo de queja Amparito ha retomado su ofensiva golpeando como un martillo pilón mis cómodas nalgas hasta dejarlas prácticamente inservibles. Sin embargo, pese al desgaste al que me ha sometido inicialmente, Amparito se estaba guardando lo mejor para el final. Cuando creía que ya nada podía ir peor, Amparito a consultado su manual de atrocidades ayurvédicas y ha cambiado el formato de su tortura. Como si estuviese intentando lavar una prenda anormalmente gruesa y sucia en un río especialmente seco y contaminado, ha empezado a frotarme las nalgas con tanta urgencia, con tanta presión, que he llegado a pensar que estaba realmente buscando algo. Nunca antes nadie me había sobado así. Se ha esforzado tanto y ha llegado a tantos sitios que, con la mente todavía entumecida por la inflamación, me he visto tentado de pedirle un diagnóstico de próstata.

Pero afortunadamente todo tiene un final. También el horror. Amparito, después de secarme con la toalla exfoliante y darme unos amables cachetes en el culo, se ha despedido con alegremente de mí y se ha ido a reventar a algún desafortunado extranjero a la habitación de al lado.

A partir de ese momento todo lo que ha ocurrido carece ya de importancia. Sobra decir que ha sido una experiencia extraordinaria y un punto de inflexión no solo en este viaje, sino probablemente en nuestras vidas. No entraré en juicios de valor porque viajar es lo que tiene. Tampoco pongo en duda las buenas intenciones de Amparito, que sin duda alguna adquirió su espantosa fuerza talando árboles a bofetadas en las selvas de Sri Lanka. Desde ese momento, cuando leo en algún cartel la palabra «Ayurveda», se me ponen bizcos los ojos y se me contraen las nalgas.

Sri Lanka, tierra de Sorpresas.