EL GRAN DEVORADOR

EL GRAN DEVORADOR

- una hiStoria en un oscuro y terrible futuro del milenio 40k -

Harpen Mostach ostentaba en aquellos instantes el dudoso honor de ser la máxima autoridad del planeta y, probablemente, de todo aquel cutre sector de la galaxia. Esa idea, en cualquier otro lugar del universo, hubiese sido suficiente para ponerle los pelos de punta durante un buen rato*, pero entonces, y como muy bien había señalado su mecánico sirviente, aquello parecía una “puta” broma pesada. Lo cierto es que no le faltaba razón a ese viejo pedazo de chatarra malhablado. Todo aquel asunto le estaba creando más dolor de cabeza que un Greching con una pandereta, pero él era un Inquisidor del Santísimo Ordo Xenos y no podía permitirse el lujo fracasar en ninguno de sus sagrados propósitos, por muy irritantes que estos pudiesen llegar a ser.

Mientras su sirviente Klarstein, un sacerdote del Mechanicus que olía como un tubo de escape con halitosis y que sufría todo tipo de “tics” y manías mecánicas, intentaba hacerse entender con uno de los de los nativos de KP-345, Harpen se puso a recordar con nostalgia sus glorias pasadas combatiendo a los Orkos del Clan del Sarro en la helada superficie del planeta Tarári, desterrando Demonios y Cultistas Borrachos en las espeluznantes cuevas del sistema Quëtevi, incluso le vino a la memoria, con su correspondiente escalofrío, el recuerdo de haber disparado a un Falso Dios Necrón con el rifle láser de un recluta desquiciado. Cuánta gloria. Cuántos honores recibidos en nombre del Emperador. En ninguno de aquellos momentos críticos le había temblado la mano (prácticamente nada). Nunca, jamás se había quejado o había desatendido ninguna de sus obligaciones para con el Imperio. Y ahora, mientras escuchaba la irritante conversación entre su sirviente y el extraño individuo que se había presentado como El’Rafi*, el Inquisidor se preguntó acerca de su Destino. “¿Cómo hemos llegado a esto?” ¿Acaso no había servido honorablemente a su orden durante más de un siglo? ¿No había frustrado los planes de los enemigos de la humanidad en incontables ocasiones? ¿No había sacrificado a millones, miles de millones si había hecho falta, en pos de un objetivo mayor y sin ningún miramiento? Sinceramente, después de tantísimos años de inquebrantable servicio y entrega a los intereses del Ordo Xenos esperaba un poco más de respeto por parte de sus superiores, que como bien solía murmurar su sirviente, parecía que últimamente solo tenían buenos “marrones” que endosarles. Y esta misión se estaba llevando la palma, desde luego. Sencillamente no tenía experiencia previa con la que contrastar el presente y le estaba costando tomar decisiones, cosa que no se podía permitir, le hacía sentir que, pese a sus recursos ilimitados como Inquisidor Imperial de Su Santísima Divinidad el Dios Emperador de la Humanidad, no tenía el control de la situación. Se sentía, por primera vez en mucho tiempo… vulnerable.

– Desde el principio, otra vez.- Dijo Harpen, en tono cansado y malhumorado mientras se pasaba una mano enguantada por la cabeza calva como un melón de Taniht. Le estaba costando bastante reprimir la ominosa necesidad de ordenar un Bombardeo Orbital y mandarlo todo a “la mierda”. No sería la primera vez, después de todo… – Y recuérdele a este individuo que mi paciencia es finita, como la vida de aquellos que abusan de ella -.

– Lo que usted mande, Jefe -. Respondió Klarstein con su inapropiada e inmerecida camaradería y con una voz que sonaba forzosamente robótica. Klarstein era un antiguo sacerdote del hermético culto Marciano dedicado al Dios Maquina, pero hacía tiempo que había sido “invitado” por su propia Orden a explorar el universo lejos del Planeta Rojo, lo más lejos posible para ser exactos. Se rumoreaba, entre las escasas personas a las que le podría interesar lo más mínimo aquel asunto, que Klarstein había sido acusado de abusar de una aspiradora joven e inocente en su antiguo templo Marciano y había caído en desgracia. A Harpen todo aquello le importaba un bledo siempre y cuando hiciese bien su trabajo, cosa que rara vez ocurría, la verdad.

En aquellos momentos Klarstein desplegaba sus escasas dotes de intérprete en un surrealista interrogatorio en el que intentaban sonsacar algo de información útil a cada uno de los individuos que habían ido entrevistando a lo largo de las últimas 5 horas. En esos momentos era el turno de un personaje que se había presentado entre salivazos como “El ́Rafi, un señor chaparro y regordete que llevaba un bigote oscuro como la muerte y frondoso como un felpudo.

– El Jefe, aquí presente, quiere saber qué demonios ha pasado. ¿Me entiende? Y quiere saberlo ya. Y yo también. Al detalle. Bien clarito -. El interrogado miraba con preocupación en todas direcciones siguiendo los aspavientos airados que Klarstein producía con sus apéndices mecánicos mientras hablaba. A Klarstein le importaba un pimiento todo el aquel asunto en el que estaban metidos, como la gran mayoría de los demás asuntos de su patrón, pero sabía que cuanto antes acabasen allí antes podría retirase a su cubil a bordo del Empecinado, el transporte espacial con el que recorrían la Galaxia, para comerse una buena lata de mejillones y meterle mano a un par de tostadoras viejas con las que estaba obsesionado últimamente. – Necesitamos redactar un estúpido informe y así poder largarnos de este estúpido lugar. Ustedes no nos quieren aquí. Por las Sagradas Nalgas del Omnissiah; nosotros no queremos estar aquí. Así que déjese de “mierdas” y empiece a “largar” toda la información acerca de lo que ha pasado y nos iremos con nuestra música a otra parte, de lo contrario nos veremos obligados a aplicar el protocolo 612-PV-Urvason. ¿Estamos?-. Había muchas cosas de Klarstein que al Inquisidor no le gustaban, de hecho no le gustaba prácticamente nada acerca de su ayudante; era terco, desobediente, blasfemo hasta rozar la herejía, olía francamente mal y no era eficiente en prácticamente ninguna de las tareas que se le asignaban, pero había que reconocer que cuando se trataba de amedrentar a otros ponía todo su empeño e inventiva a su servicio. “Protocolo 612 – P – Urvason*. Maldito cabrón embustero y charlatán”, pensó el inquisidor, reprimiendo una sonrisa cansada. Harpen volvió a centrar su atención en El ́Rafi. Aquel hombre le provocaba sentimientos encontrados. Por un lado le recordaba lo amplia, variada y exuberante que era la Humanidad amada por el Emperador. Eso le gustaba, le hacia sentir humilde en su propósito. Por otro lado le hacia desear declarar un Exterminatus sobre aquel planeta y reventar a todos aquellos desgraciados con Sagrado Fuego. Debería revisar más tarde esa dualidad catastrófica y purgarla de su mente. El tal El’Rafi era un hombrecillo rechoncho y desgarbado, de edad indeterminada y tez morena como el barro. En mitad de la cara llevaba una nariz tan grande que bien podría tener sus propios sobacos y unas patillas anchas y largas enmarcaban todo el conjunto. – Pero que ise uté, plimo -. Empezó a farfullar en un dialecto del Gótico que era evidentemente antiguo y profundamente irritante.- Cómo va declaral un plotroclolo el Urvisol, si estamos en Mielcoles. Ay el payo inquisidol, por el Tlono Dorado del Papa Espacial.-  Klarstein entornó sus ojos metálicos y llenos de interferencias intentado traducir todo aquello. Empezó a cotejar aquel sin sentido con su inmensa y desactualizada base de datos en busca de alguna coincidencia. Al cabo de unos instantes, largos, húmedos y tensos, Klarstein se dio la vuelta en dirección al Inquisidor encogiéndose de hombros.

– Ni puta idea, jefe. Lo he intentado. Me rindo. Todo suyo -. El inquisidor se levantó gruñendo del diminuto taburete que le habían ofrecido como asiento y apoyo sus enormes puños sobre el tablero que hacía las veces de mesa y cama para alguna desdichada familia. – Gloria Bendita Al Altísimo. A ver si consigo ser lo suficientemente claro en mis próximas palabras -. Dijo con voz amenazadora y clavando su mirada en aquel individuo que, inmune a la hostilidad del Inquisidor, se rascaba la entrepierna distraídamente. – Llevamos 5 horas aquí y no hemos obtenido nada de estas personas. Hágale saber a esta criatura que pondremos patas arriba todo el campamento si hace falta y que eliminaremos a cualquiera que, a partir de este momento, entorpezca nuestra labor de investigación. Tenemos constancia de que han tenido contacto con una especie Xenos recientemente y nuestra Sagrada Misión es descubrir el nivel de amenaza que eso supone para El Imperio, evaluarla y eliminarla. Si usted o cualquier de sus congéneres osa entrometerse o entorpece, en cualquier medida, nuestro trabajo, no dudaré en ordenar que se reduzca todo su campamento y a cuantos moran en él a cenizas y olvido. ¿Cree que he sido lo suficientemente claro y conciso?-. El inquisidor clavó sus ojos en los de aquel individuo que le devolvía una mirada suavizada por los estupefacientes. Los segundos pasaron lentamente. Nunca un ceño había sido fruncido con tanta hostilidad, pero al final Harpen se vio obligado a parpadear y mirar hacia otro lado temeroso de que aquel vacío intelectual que tenía delante le arrastrase a la locura. Aquella mirada estrábica le había provocado un desagradable mareo. Santo Emperador. ¿Habría Hechicería Disforme operando en aquel lugar al fin y al cabo? ¿Sería aquel mamarracho un psíquico no autorizado? Se dijo a si mismo que no debía sacar conclusiones precipitadas, pero en una parte escondida de su poderosa psique, algo se removía irritado, pues se sabía vencido en su juego favorito de intimidación por un simple ser humano de patillas extravagantes.

Harpen se dirigió con energía hacia la salida del cuchitril harto ya de la situación de estancamiento en el que se encontraban desde hacía demasiado tiempo. El aire del campamento le dio la bienvenida y se le pegó al fondo de la garganta como si fuese un polvorón. Costaba respirar en aquel ambiente recargado que apestaba a pies, basura y desperdicios intestinales. El olor era sobrecogedor e hizo que se le saltaran las lagrimas. Metió la mano en uno de los múltiples bolsillos de su atuendo y sacó un pequeño colgante con forma de antiguo árbol Terrano con el cual le habían obsequiado recientemente por parar a repostar el crucero espacial y llenar el depósito de plasma. Se lo acercó a la nariz para escapar momentáneamente del hedor que le acosaba y se lo colgó del cuello junto al medallón dorado con el símbolo de su orden. Ambos elementos le ofrecían protección especial; uno protegía su alma inmortal y el otro sus delicadas fosas nasales.

Se encontraban en uno de los muchos campamentos que los nativos del planeta habían levantado a lo largo de los siglos a base de barro, chatarra y disgustos. Se trataba de grupos nómadas, según decían los registros Imperiales, con una riqueza tecnológica y cultural tan desarrollada como la de un nabo y que se dedicaban a recorrer el continente en busca de nuevos “recursos” mientras reciclaban todo aquello de valor* que se iban encontrando en su camino. Los registros destacaban y alababan la sorprendente capacidad de estas personas para convertir chatarra espacial en chatarra normal y corriente. “Y un Huevo”, pensó Harpen mientras miraba en derredor. Había asaltado campamentos Orkos con mejor criterio urbanístico* y estético que aquel maldito lugar. Sabía lo que todo eso quería decir; Pillaje y Contrabando en el mejor de los casos. Se había encontrado con cosas similares a las afueras de muchas ciudades colmena como para dejarse engañar por la verborrea de funcionarios bien intencionados del Administratum que luchaban contra la exclusión social y racial en el Imperio.

Harpen se llevó un buen sobresalto, y apunto estuvo de liarse a tiros, cuando se vio asaltado por una cacofonía terrorífica que le llegó desde una zona situada a su izquierda. “La Puta!” pensó, mientras instintivamente se daba la vuelta y se llevaba la mano a la cartuchera. Con ojo experto analizó el panorama en busca de amenazas. Su cerebro se hizo cargo de la situación; “Música”. Dentro de aquel desastre se intuía cierto patrón. “Por el Ojete de Nurgle”, ¿Qué narices es eso?” Por un momento temió estar siendo atacado por Marines Ruidosos; esos hijos de perra desquiciados que iban con tambores y gaitas hechas de estómagos al campo de batalla, pero ya se había enfrentado a ellos en alguna ocasión y lo que estaba escuchando era infinitamente de peor gusto. Un individuo con la camisa medio desabrochada y por la cual asomaban brotes de pelo rizado gritaba como si estuviese siendo desollado por alguna criatura del Empirero. Sentado en una silla de lona raída, otro aporreaba un antiguo instrumento de cuerdas con gran pericia y poco cariño. En frente de estos, y rodeados por una pequeña multitud, dos mujeres daban patadas al suelo y hacían giros anatómicamente desconcertantes con las muñecas mientras el gentío les aplaudía con saña y les gritaba monosílabos sin sentido.

– Ole mi arma! -.

El disgusto que sentía el Inquisidor iba ganando velocidad como un tren apunto de descarrilar. Tenía los nervios a flor de piel y tuvo que hacer un gran esfuerzo por apartar la mano de la pistola por miedo a perder el control y rellenar a todos los presentes de Sagrado Plomo Imperial.

– Menuda panda de payasos. – El ruido de cacharrería y bisagras oxidadas anunciaba la llegada de Klarstein Elox. Se situó junto al Inquisidor mientras observaba el panorama con evidente disgusto y sin hacer ningún esfuerzo por disimular el asco que le producía todo cuanto veía. – Deberíamos inventarnos el informe y largarnos de una vez. Sea lo que sea lo que aquí ocurrió no parece haber afectado a estas… personas. Si a ellos no les preocupa no veo porqué debería importarnos a nosotros -.

– La señal clasificada como 13.14 – P.A.M es la razón por la que estamos aquí. No podemos fingir que no ha pasado nada -. A pesar de sus palabras, una parte muy ancha del Inquisidor deseaba hacer precisamente eso. Sería tan fácil… La señal a la que se refería había sido recogida por casualidad, a modo de interferencia, por uno de sus agentes mientras escuchaba la radio en la ducha a bordo del “Empecinado”. Esta incluía una preocupante transmisión emitida desde un remolcador de chatarra espacial llamado “Amoto Perez” con base en aquel campamento y cuyo paradero actual era, por supuesto, desconocido. Aquello no era de extrañar. Esas personas parecían estar quebrantando la ley solo por existir. La transmisión incluía una conversación en el incomprensible dialecto local entre el capitán del remolcador y su suegro en la superficie del planeta, que al parecer tenía un puesto de fruta de temporada. Durante un análisis posterior del mensaje se llegó a la precipitada conclusión de que la “burra gorda con mala follá” que se había infiltrado en el remolcador “Amoto Perez” podía ser, ni más ni menos, que una de las criaturas más peligrosas de la galaxia; un Lictor Tiránido. Esas cosas habían pasado antes. El Inquisidor conocía muy bien el “modus operandi” de aquellos horrores cargados de dientes, cuchillas y una actitud social deplorable. Los Lictores solían adelantarse a las flotas tiránidas para causar estragos entre los defensores y facilitar así la invasión de sus congéneres. – Si existe la más mínima posibilidad de que la información sea cierta debemos encontrar a la criatura y extraer toda la información posible. Si eso no es factible la eliminaremos y activaremos protocolos de cuarentena para todo el planeta. Debemos estar preparados para una guerra contra los malditos Xenos. Hay mucho en juego… -. La voz del Inquisidor fue cargándose de determinación mientras su mente empezaba a trazar hipotéticos planes de defensa. – Este planeta podría desaparecer y servir de almuerzo a una flota tiránida en las próximas semanas -. Mientras valoraba las palabras del Inquisidor, Klarstein observaba como un grupo de chavales descamisados se afanaba por desmantelar con mano experta el tren de aterrizaje de su lanzadera orbital. – Quizás no sea un desenlace tan desafortunado, después de todo…-.

A través del microreceptor que mantenía al séquito Inquisitorial en constante comunicación llegó un mensaje. – Señor, aquí el Sargento Wilmuth. Creo que hemos encontrado algo. Debería usted venir lo antes posible, señor -. Por primera vez en todo el día el Inquisidor sintió una punzada de esperanza. Wilmuth era uno de los hombres más eficientes de su séquito (o cual tampoco era decir mucho, la verdad) y estaba al mando de una escuadra de mercenarios y maleantes que mantenía bajo control a base amenazas y abusos. Era un cabronazo que sabía hacer su trabajo y que masticaba tabaco de segunda mano constantemente. El sargento había desplegado a su unidad por el campamento bajo las instrucciones del propio Inquisidor con el fin de registrar todo el lugar en busca de cualquier pista acerca del “Amoto Perez”, de su tripulación o del propio Xenos. Hasta ese momento no habían tenido suerte, pero Harpen esperaba obtener buenas noticias pronto.

Se dirigió con paso firme hacia la posición que le marcaba el localizador del sargento, justo en medio del campamento, en el lugar que los habitantes usaban como mercado de abastos y que tenía el aspecto y el olor de un vertedero. El ruido era insoportable, como todo en aquel lugar. La gente gritaba para hacerse oír por encima de sus vecinos en aquel dialecto sucio y degenerado. En más de una ocasión tuvo que agacharse para esquivar fruta podrida que volaba en todas direcciones como parte del ejercicio de intercambio comercial. Los puestos estaban abarrotados de productos supuestamente comestibles de todos los colores y formas imaginables. La gente se agolpaba entorno a estos haciendo gala de una sorprendente habilidad para el regateo y la estafa indiscriminada. Mientras pasaba entre la muchedumbre, Harpen pudo captar fragmentos de conversaciones que se desarrollaban a su alrededor basándose el contexto y los gestos amenazadores que se lanzaban comerciantes y clientes. Fue testigo, en repetidas ocasiones, de hurtos de todo tipo y distinta gravedad entre unos puestos y otros, incluso descubrió a un individuo que robaba melones de su propio comercio para luego venderlos a precios más elevados. Una señora con peor genio y dentadura que un Orko, que comerciaba con todo tipo de sartenes y ollas, machacaba con despreocupación homicida el cráneo de un joven que había intentado robarle una cuchara sopera. Era el declive social más exasperante que Harpen había presenciado, y eso era decir mucho teniendo en cuenta su profesión.

El Inquisidor llegó como pudo, y cubierto de basura, junto al sargento Wilmuth que se encontraba en esos momentos enfrascado en una desagradable discusión con un hombrecillo de mediana edad que le llegaba a la altura del pecho y que tenía uñas largas como un Wulfen e igual de sucias y peligrosas. Al parecer, el propietario del establecimiento, un tal “El ́Jonny”, estaba increpando al Sargento y a sus hombres por haber establecido un cordón de seguridad entorno a su negocio, lo cual, según su parecer, estaba espantando a la clientela que venía a comprar “Canne de la guenna”. – Te mato plimo!! Te mato y en depué te rajo, poh mi mare! -. El empresario, cada vez más acalorado, se pasaba peligrosamente una de las uñas por el cuello en claro gesto de amenaza, e imprudencia, mientras miraba a los ojos de uno en uno a los hombres de Wilmuth. Todo el mundo estaba empezando a ponerse muy nervioso y aquello nunca era una buena señal, menos aún si se trataba de gente armada. – Señor Inquisidor, estas personas no tienen ningún respeto por la Autoridad Imperial. Nos está costando horrores mantener la situación bajo control. Nos han insultado, amenazado, golpeado y juraría que una señora sin dientes me ha robado “el peluco”. Nunca había visto un comportamiento así. La luz del Emperador no llega a este rincón de la galaxia, señor. – Wilmuth estaba en lo cierto. Esas personas renegaban de la Verdad Imperial tanto como del agua y el jabón. – Cuanto antes terminemos y nos vayamos mejor para todos- . – Tranquilo sargento. Ha hecho usted un buen trabajo. ¿Qué es lo que quería enseñarme? -. El sargento señaló con el cañón de su escopeta hacia el puesto de “Canne”. Harpen, siguiendo la dirección trazada por el arma, se fijó en el género que tenía expuesto y a la venta “El ́Jonny”.

Había de todo, literalmente. Se trataba al fin y al cabo de una charcutería y el “El ́Jonny” se jactaba de disponer de las más extravagantes y exóticas mercancias de todo el campamento. Y lo cierto es que bien podría ser verdad. Su publicidad era terriblemente exacta. Había chorizos hechos con tripas de Grox, costillas de Cerdo de las Planicies, lagartos de todos los colores y formatos trinchados en palitos de madera, pezuñas de Jelmos Voladores y rabo de Toro Espacial entre muchas otras cosas irreconocibles. Conocía a más de un Magos Biologui qué daría lo que fuese por investigar y catalogar el escaparate de “El ́Jonny”. La mayor parte de la oferta de aquel negocio estaba prohibida en el Imperio o su consumo era mortal de necesidad para el ser humano. – Fíjese bien, Inquisidor. Junto a la “Panceta de Pony de Pythos” y la rueda de camión pinchada -. El Inquisidor dirigió su atención al lugar que le indicaba el sargento – “Que el Ojo Me Lleve…” Harpen dio un paso atrás abrumado ante el descubrimiento. Al parecer, y contra todo pronóstico a esas alturas del día, su umbral del asombro y el horror no había llegado todavía a su límite.

El Inquisidor no daba crédito a lo que estaba viendo. Ahí tenían, delante de sus narices, la primera y única prueba palpable que necesitaban y que confirmaba todas sus sospechas. Junto a un cartel escrito a mano con letras horteras y que anunciaba precios desorbitados, había una cabeza de Lictor Tiránido enorme. Hubiese resultado de lo más atemorizante si no fuese por las gafas de sol con forma de estrella que le habían colocado a modo de reclamo publicitario. Harpen no pudo evitar llevarse la mano a la cartuchera, otra vez, para sentir el tranquilizador tacto de su pistola Bolter. Todos sus encuentros pasados con aquellas cucarachas del tamaño de un váter portátil habían terminado siempre fatal para su salud. Se decía de los Lictores que eran unas bestias sigilosas a las cuales les encantaba operar en solitario tras las líneas enemigas y que tenían la mala costumbre de asaltar a patrullas y pequeños destacamentos en los lugares y en las situaciones más inoportunas (había historias de lo mas curiosas al respecto. Todas terminaban mal, por supuesto). Las víctimas se cagaban encima y por los lados cuando veían salir de la nada a un bichejo de 3 metros de altura que gruñía como un jabalí adicto al tabaco. Llevaban todo tipo de armamento biológico y punzante que usaban para separar a sus presas de la mayor parte del resto de sus cuerpos, lo cual no ayudaba en absoluto a mejorar la reputación de esas criaturas. Y allí lo tenían; uno de los productos más disparatados, retorcidos y letales que la Evolución había sido capaz de engendrar… servido a precio de escándalo con gafas de fiesta y un chorizo criollo por collar.

Cuando por fin terminó de convencerse de que, sin la mayor parte del cuerpo, el Lictor no suponía una amenaza inminente, el Inquisidor desvió su atención hacía El ́Jonny que los miraba a todos con hostilidad mientras afilaba sus instrumentos de corte (Es decir, sus propias uñas). Cómo había ido a parar aquella criatura al escaparate de ese individuo desaseado era algo que Harpen no podía ni empezar a imaginar, pero dadas las circunstancias y lo rocambolesco de la situación, no podía cerrarse a ninguna posibilidad. Necesitaban salir de allí con respuestas. – Hagan venir a Juliox inmediatamente. Vamos a terminar de una vez por todas con esta locura.

Varios minutos después, durante los cuales el grupo había sido víctima de todo tipo de abusos y atropellos por parte de los nativos, llegó Juliox sudando como un Guardia con rifle de plasma y cubierto de porquería que le habían lanzado por el camino. Juliox era el psíquico autorizado al servicio de Harpen. Se trataba de un individuo de unos 40 años que se había quedado calvo prematuramente a base de disgustos y que tenía la desagradable costumbre de ir en chanclas de goma a todas partes (lo cual suponía paradójicamente la principal causa de sus disgustos). A pesar de sus excentricidades, Harpen apreciaba los dones de Juliox por ser fiables en un 37% de las ocasiones, lo cual le otorgaba un estatus de moderado respeto dentro del séquito (excepto por parte de Klarstein que no respetaba a nadie y que se metía con Juliox constantemente). El Inquisidor no le dio tiempo para recuperarse de su agotadora travesía; todavía estaba molesto por el desorbitado precio que había que tenido que pagar a El ́Jonny por la cabeza del Lictor. En otros tiempos habría destruido a cualquiera que se hubiese interpuesto en su camino de una manera tan rastrera, pero teniendo en cuenta como se estaban desarrollando los acontecimientos del día había preferido tirar por la vía de la diplomacia.

Con un movimiento brusco, uno de los hombres de Wilmuth que no tenía orejas, puso la pesada cabeza del Lictor sobre una mesa improvisada delante de Juliox, que apunto estuvo de desmayarse de la impresión. – Necesito que accedas inmediatamente a los recuerdos de la criatura y extraigas toda la información posible, y necesito que lo hagas ya porque le esta saliendo moho. – Los precarios sistemas de refrigeración a los que había estado sometida la cabeza del Lictor no le habían hecho ningún favor y empezaba a oler como lo que precisamente era; un maldito cadáver Xeno. Juliox miró al Inquisidor con cara de poker, luego miró la cabeza cortada que todavía llevaba las gafas de sol puestas y por último se fijó en el dueño del puesto de “canne” que contaba un fajo de billetes con cara de satisfacción empresarial. No se le ocurrió ninguna excusa que pudiese ofrecer para salir airoso de aquel “marrón” y tampoco tenía ganas de alargar innecesariamente aquel asunto; cuanto antes terminase mejor para todos, y sobre todo para él mismo. Se sentó como pudo en un taburete roñoso como el palo de un gallinero y puso las manos con reticencia sobre la cabeza del Lictor. Murmuró unas palabras inaudibles para el resto del grupo expresando el disgusto que sentía y los ojos empezaron a bizquearle para luego ponerse totalmente blancos. El bello corporal de todos los presentes se erizó al percibir las sutiles energías disformes que estaban agitándose en aquel instante. Un frío sobrenatural descendió sobre todos ellos, lo cual vino muy bien para mantener “fresquita” la cabeza del Lictor y postergar su deterioro. De repente, las cavidades oculares y sin vida del Lictor se iluminaron con un resplandor verdoso y bastante festivo que puso en alerta a todos mientras se llevaban las manos a sus respectivas armas. Klarstein empezó a reírse estúpidamente como si aquello fuese algo entretenido. – Eh Jefe, sáqueme una pictografía con este payaso. Se la mandaré a mis “colegas” del Templo -. – Cállate Klarstein. Juliox necesita toda la concentración posible. Si la mente del Lictor está demasiado dañada es posible que se quede atrapado ahí para siempre. Ese desgraciado del puesto de carne asegura que la cabeza es fresca, pero no podemos estar seguros. – El psíquico empezó a proferir todo tipo de sonidos desagradables con la boca y los esfínteres. Se puso a temblar como un flan sobre una lavadora mientras el resplandor que iluminaba la cabeza del Lictor desde dentro iba en aumento. Parecía una bola de discoteca en una fiesta Drackqueen.

Súbitamente, Juliox dejó de temblar y, con voz entrecortada, habló para todos los presentes. – He accedido a la mente de la criatura. Estoy dentro -. El inquisidor suspiró aliviado y se acercó con precaución al psíquico. Para la mayoría de personas un psíquico era una bomba de relojería sin manual de instrucciones; nunca sabías cuando, pero estabas seguro de que tarde o temprano acabaría por hacerle un boquete a la “realidad” y te llenaría el jardín de demonios. – Procede. Quiero saber todo lo que ha pasado. ¿Cómo ha llegado esta criatura aquí? ¿De dónde viene? ¿Hay otros como él? ¿Pertenece a una flota enjambre?¿Cómo ha podido terminar así? Date prisa, el destino de todo este planeta depende de ello.

Una muchedumbre curiosa había empezado a acercarse para contemplar el espectáculo, pues no todos los días se tenía la oportunidad de ver a unos extranjeros montar una “escenita” en mitad del mercado. Algunas personas se habían puesto a cantar y dar palmadas animando a Juliox en lo que fuera que estuviese haciendo. Otros sin embargo no veían con buenos ojos todo aquello y escupían al suelo, maldecían y hacían gestos arcanos de protección (que principalmente consistían en sacar el dedo índice de la mano apuntando hacia el cielo con el resto del puño cerrado). Mientras tanto, el psíquico desplegaba sus escasos dones intentando conectar su mente a la del Lictor muerto. No era una tarea fácil, ni mucho menos. Sincronizar dos mentes ya era una tarea peligrosa y delicada en el mejor de los casos y Juliox había mentido miserablemente en su curriculum cuando fue reclutado por el Inquisidor y ahora iba a pagar por ello. Lo máximo que él había logrado en materia de “invasión mental” había sido convencer a un chimpancé para que tocase una marcha Imperial con la flauta. Entre socavar la voluntad de un simio con aires de grandeza y acceder a la mente de un Tiránido en avanzado estado de descomposición había una distancia notable. Los procesos cognitivos de cada especie eran totalmente diferentes, más aún en el caso de los Tiránidos que compartían una Super Mente que los mantenía a todos conectados y unificaba su voluntad. Sincronizarse con aquel flujo de consciencia global y abstracta era como escuchar cuadrados violetas; una locura sin sentido. Harpen no ignoraba todo aquello, ni mucho menos, lo que pasa es que le traía sin cuidado que el cerebro de su psíquico terminase como un huevo pasado por agua con tal de obtener la valiosa información que tan desesperadamente necesitaban.– 

Vamos Juliox, no seas mierda, dinos que está pasando de una vez. No nos dejes con la intriga, brujo de pacotilla -. Con su habitual delicadeza, Klarstein, el sacerdote del Mechachinus, instaba al psíquico a que transmitiese lo que estaba experimentando en contacto con la mente del fiambre Tiránido. Aquel comentario le valió una mirada de desaprobación por parte del Inquisidor, sin embargo, él también deseaba saber lo que ocurría en aquel plano sutil. – Veo … veo una masa informe de material gelatinoso viajando por el firmamento… -. – Bien Juliox, continua. ¿Qué sientes?¿Qué ves? -. – Mi cuerpo está mutando, creciendo con cada segundo que pasa a la espera de una oportunidad para entrar en acción. Hambre, a pesar del suministro de nutrientes que me proporciona la espora, siento un hambre atroz que pugna por volverme loco. Estoy muy lejos del resto del enjambre; no recibiré apoyo durante mucho tiempo. Soy un cazador. Debo encontrar alimento para saciar un apetito que me hostiga constantemente… -. – Me cago en la Leche…-. Las peores sospechas de Harpen se estaban haciendo realidad en esos momentos y maldijo en voz alta de aquella manera tan inapropiada para tratarse de un futuro lejano y cruel. Juliox continuó hurgando en los recuerdos del Lictor como si fuese la nariz de un preescolar. – Algo se acerca. Metal, combustible y… carne. Por fin ha llegado el momento. Noto como la espora es absorbida por un campo de gravedad junto con el resto de chatarra espacial entre la cual he permanecido oculto. Oigo unas voces molestas y chillonas pulular a mi alrededor. El hambre que siento se vuelve insoportable y agudiza mis instintos. Pronto podré atiborrarme. Antes de que puedan detectarme salgo al exterior en un ambiente cargado de vapores y rico en olores biológicos. Mis sentidos se ven abrumados por un momento. Las partículas que flotan en el aire son más… desagradables y confusas de lo que había esperado. Me sobrepongo rápidamente y busco un lugar oscuro donde ocultarme a la espera del mejor momento -. Entorno a la figura del psíquico todo era silencio. Los testigos del fenómeno telepático, imperiales o nativos, estaban absortos con la narración de Juliox. Por supuesto el psíquico no hacía otra cosa que poner palabras a las emociones e instintos que la criatura había almacenado en su cerebro en los últimos instantes de su vida. Era una tarea especialmente complicada ya, que el estado de putrefacción del Lictor había generado multitud de agujeros y lagunas en la mente de una criatura que, en su mejor momento de salud y vigorosidad, ya estaba totalmente desquiciada desde el punto de vista de la cordura humana, con lo que Juliox tenía que rellenar con especulación y mentiras los espacios sin sentido de su relato dando saltos hacia adelante, hacia atrás y a los lados en el tiempo. – Bueno, ya sabemos como llegó esta criatura al sistema y cómo se coló en el “Amoto Perez”. Al parecer fue absorbido con un montón de chatarra espacial. Tiene sentido, supongo… -. El sargento WIlmuth puso cara de satisfacción ante su interpretación de unos hechos que estaban bastante claros para la mayoría de presentes, lo cual no le animó a permanecer callado. – Frustración. Siento una gran frustración que no hace más que reforzar el hambre voraz que siento. Es como si mis tripas intentasen comerme desde dentro. Nada está saliendo como en las cientos de cacerías anteriores. Estas presas son extrañas, distintas a todo cuanto he cazado. Huelen raro y son moletas para mis sentidos. Me desconciertan y aturden cuando golpean sus extremidades entre sí produciendo un ritmo molesto y agudo. Me enfurecen. No soy capaz de identificar el número exacto de presas que hay aquí encerradas conmigo. Unas veces parece que son pocas, en otras ocasiones parecen ser decenas. Noto como el hambre empieza a volverme descuidado. Debo actuar pronto, pero mis instintos me piden precaución. No lo entiendo. Por ahora me conformo con observar, hostigar y buscar el momento oportuno para caer sobre ellos con muerte. No son conscientes de mi presencia. Soy invisible y sus limitados recursos no me detectan. Pronto llegará mi momento… Es necesario… -. La saliva caía por la comisura de los labios de Juliox de manera desagradable. Aquello iba a dejar profundas secuelas en el psíquico si es que quedaba algo de él donde dejar secuelas. – No sé cuanto tiempo ha transcurrido desde que me trajeron a este lugar. Nada está saliendo como debería, pero me adapto, aprendo, evoluciono. Pero el hambre… esta inmensa sensación de vacío y necesidad… empieza a afectar a mis movimientos. Soy más lento. Una de las presas casi me detecta. Estaba gritando y haciendo ese insufrible ruido con sus apéndices cuando se ha girado y se ha quedado mirando en las sombras donde me oculto. No concibo la posibilidad de que me haya visto… son presas débiles y sencillas, no disponen de mis capacidades… Y sin embargo… – En esos momentos tanto la cabeza del Lictor muerto como la del propio Juliox estaban hechando humo por las orejas. Harpen sabía que no le quedaba mucho que ofrecer a su psíquico. Lo cierto era que ya tenía bastante información con la que trabajar; sabía con bastante certeza cómo había llegado esa criatura al planeta. Sabía que, lamentablemente, sus sospechas eran ciertas respecto al hecho de que había una flota enjambre en camino a una distancia indeterminada. Sabía que había sido la gente del “Amoto Perez” la que había traído, de una manera u otra, al Lictor a la superficie del planeta. Aún quedaban ciertas incógnitas, pero ya tenía material suficiente para ponerse a trabajar, por fin. Sin embargo tenía la intención de dejar que Juliox continuara con lo que estaba haciendo, incluso a sabiendas de que aquello iba a freír la mente del psíquico. “Así aprenderá a no mentir en la próxima entrevista de trabajo… eso en el caso de que no se le salga el cerebro por la nariz en los próximos minutos, claro”.

 

– Miedo. Siento un atroz y brutal miedo. Sé que es miedo porque lo he visto en los ojos de mis victimas. Me han convertido en presa. Es una sensación de perdida de control, me incapacita para reaccionar. Mis instintos me gritan que huya, que me esconda, que encuentre un lugar lo más alejado posible de estas criaturas terribles que me hostigan. Debo meter mi débil y hambriento cuerpo en agujero donde nada me pueda encontrar y permanecer ahí para siempre. He sido cazador y ahora me dan caza. Miedo. Mucho miedo y hambre. Que sensación tan terrible. La hambruna me ha vuelto débil, apenas puedo pensar y reaccionar con la rapidez suficiente. Las patéticas presas a las que he estado siguiendo me han tendido una trampa. Estaba apunto de disfrutar de mi la primera presa, la tenía ya al alcance de mis garras… Una voz terrible y molesta grita con rabia y sorpresa. Un segundo después estoy rodeado de una multitud de criaturas. ¿Dónde estaban todas estas? ¿De dónde han podido salir tantas? El hambre me ha cegado, no he visto sus escondites. Llevan pequeños objetivos metálicos en sus carnosas extremidades. Las presas no huyen ante mi magnifico tamaño como suelen hacerlo. Me levanto, extiendo mis cuchillas; amenazo. No huyen. Corren hacia mí gritando y sus pequeñas garras metálicas se clavan en mi piel. Me defiendo y destrozo con furia todo lo que encuentro en mi camino pero no importa, me persiguen por pasillos, cámaras y conductos. Por encima de mi miedo percibo su felicidad, su ansia, su hambre que es tan voraz como el mío o incluso más. Corro usando todas mis extremidades para alejarme de su furia pero salen de todas partes. Hay demasiados. Quieren comerme. ¿Cómo es posible? Quieren comerme. A MÍ. Me clavan sus garras metálicas, me tiran piedras, me cortan con cientos de ataques desde todas direcciones, me pegan y me muerden. No puedo más, mis patas se doblan y caigo. Siento a las presas subir por mi cuerpo y pegarme golpes con sus patas y sus pequeñas garras metálicas. Están eufóricos. Están locos de alegría y les oigo gritar con felicidad y hacer ese insufrible ruido con sus extremidades..”Pla pla pla pla pla pla…”.

De repente toda la tensión que se había adueñado de la situación se evaporó como un pedo en una corriente de aire. La temperatura volvió a subir y los fuertes olores del mercado aporrearon las narices de todos los presentes con saña. Los dones disformes de Juliox se replegaron y con ellos todas sus consecuencias, dejando solo a un pobre hombre babeante que daba palmas con manos flácidas y los ojos mirando cada uno a un extremo opuesto de la galaxia. – Buen trabajo Juliox. Has servido honorablemente a tu Emperador hoy. Sargento Wilmuth, ¿sería tan amable de ayudar a este hombre a volver a la nave? No creo que esté en disposición de andar. Gracias -. Mientras Wilmuth iba a por una bolsa de basura grande para meter los restos de Juliox y Klarstein usaba un extintor para apagar los fuegos en los que se habían convertido las cejas del maltrecho psíquico, Harpen miraba a su alrededor con gesto satisfecho pero serio. Por fin podrían largarse de allí, pero sabía que su futuro iba a estar plagado de nuevos horrores. Todos los miembros de su séquito entendieron sin necesidad de explicaciones cual era el siguiente paso; subir a la nave lo antes posible para empezar a trazar planes de defensa desde la relativa seguridad que ofrecía el crucero de la Inquisición anclado en la órbita alta de planeta. – Creo que hemos terminado aquí por ahora. Tenemos cuanto hemos venido a buscar y es hora de ponerse en marcha. Hay mucho, mucho por hacer y no disponemos del tiempo suficiente. Nunca hay tiempo suficiente para prepararnos contra lo que se nos viene encima -.

 

Las fuertes vibraciones que se filtraban desde el exterior de la lanzadera al atravesar la densa atmósfera del planeta pasaron desapercibidas para el Inquisidor. Su maquiavélica mente se encontraba ya en un universo paralelo de logística y estrategias defensivas que le resultaban familiares y cómodas. Ese era su ambiente al fin y al cabo, no todo el despropósito por el que acababa de pasar. Observaba distraídamente y con profundo alivio como el planeta “KP-345” se iba haciendo cada vez más pequeño, pero no por ello menos desagradable, en la distancia. Todo en aquel lugar le había producido una gran irritación, en todos los aspectos. Podría incluso decirse que había sido una de las misiones más desagradables de su carrera por múltiples razones. Por supuesto aquello no había hecho más que empezar, y no hacía falta ser un “lumbreras” como Juliox para vaticinar que, mucho antes de lo que a ninguno de ellos le gustaría, tendrían que volver a poner los pies en aquel planeta ponzoñoso, pero esta vez sería diferente. Estarían mejor preparados.

La lanzadera sufrió una fuerte y preocupante sacudida y uno de los pilotos se puso a maldecir en todos los dialectos del gótico que conocía. Durante las horas que había permanecido en tierra el vehículo había sido prácticamente desguazado, pieza por pieza, a manos de los habitantes del campamento hasta el punto de dejarlo casi inservible para el vuelo. “Qué gentes…” Harpen no sabía que pensar al respecto. Pronto tendría que enviar un informe detallado sobre lo que había presenciado y no tenía muy claro por donde empezar. Era posible que sus Maestros dentro de la orden Inquisitorial no se lo tomasen en serio, lo cual perjudicaría aún más su ya difamada reputación. Siendo sinceros… a él mismo le costaba creer que una panda de tarugos hubiese sido capaz de acosar con semejante frialdad a un Lictor Tiránido. Las dimensiones de la cabeza con la que habían trabajado daban fe de tratarse de un ejemplar francamente terrorífico, y aquellas personas a bordo del “Amoto Perez”, una tripulación que contaba con los mismos recursos que un pozo ciego y tanta instrucción como una papelera, había sido capaz de acosar y dar caza a una bestia de semejante calibre a base de patadas, cantos rodados y puñaladas traperas. La lógica exigía reírse a carcajada limpia de semejante despropósito, pero todos habían sido testigos del trabajo de Juliox con la mente del tiránido… “Maldita sea…” Quizás, después de todo, se tratase de una buena señal. Si los tripulantes del “Amoto Perez”, en número indefinido, habían sido capaces de perpetrar semejante hazaña movidos por el aburrimiento… ¿qué no serían capaces de hacer los habitantes de todo aquel planeta cuando llegase la flota enjambre amenazando sus vidas? Se le ocurrió que, quizás, pudiese ganar algunos puntos en favores y reconocimiento si encontraba a algún Capitulo de Marines Espaciales interesado en establecer nuevos enclaves de reclutamiento en aquel planeta… Una sonrisa se dibujó en el rostro del Inquisidor ante la idea. Desde luego sería algo digno de ver. Le vinieron a la menta las historias que se contaban sobre la Legión de los Amos de la Noche y su planeta natal Nostramo… Lo único que había sacado en claro es que, en sus muchos años de servicio en los cuales se había cruzado con todo tipo de civilizaciones y culturas, a cada cual más extraña y particular, nunca se había topado con un pueblo tan… peculiar. Esas personas vivían sobre la línea que te convierte en Hereje, con un pie dentro y otro fuera… Era un tema al que tendrían que dedicarle su atención en el futuro, ahora tenían otros asuntos pendientes. Harpen dirigió su atención al paquete envuelto en papeles de periódico en el asiento de al lado y que contenía la cabeza del Lictor. Ya no les hacía falta pero había pagado una cantidad de dinero desorbitado a “El ́Jonny” por aquella pieza y no pensaba regalársela a nadie con el mal trago que les habían hecho pasar. “El ́Jonny, El ́Rafi”… Sumido en su estado meditativo el inquisidor reparó por primera vez en la curiosa construcción sintáctica de aquellos nombres. ¿Tendrían algo que ver con las antiguas familias nobles de Caliban y el perdido Primarca de los Angeles Oscuros, Lion El ́Jonson? Que existiese la más mínima posibilidad de un acontecimiento de esa naturaleza puso los pelos de punta a Harpen… pero dados los acontecimientos de las últimas horas no se podía descartar nada. Otro punto para añadir a su lista de tareas pendientes cuando todo volviese a la normalidad, si es que alguna vez volvía a ver el universo con los mismos ojos…

Acompañado de todas aquellas dudas y pensamientos flácidos, Harpen, a bordo de su lanzadera destartalada, se dirigió con ritmo traqueteante al interior de su nave insignia, el “Empecinado”. Disfrutaba de un último momento de relativa tranquilidad antes de entregarse de lleno a sus exigentes labores Inquisitoriales y al frenesí militar que suponía el planteamiento de una campaña defensiva contra el Gran Devorador. Mientras observaba por última vez la cabeza del Lictor envuelta en anuncios de segunda mano y números eróticos, una extraña y herética idea se cruzó por su poderosa mente sin hacerle sentir demasiado culpable…

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