PLÁTANOS MORENOS

PLÁTANOS MORENOS

- UNA HISTORIA real DE DOLOR Y SORPRESA -

Filosofia-Horizontal-Pátanos

Corría el año 2018, en pleno mes de Noviembre, y yo me encontraba haciendo el payaso por Sri Lanka, una tierra de grandes virtudes paisajísticas y una incomparable fauna salvaje y social. Este país es famoso por multitud de curiosidades que no me encuentro en disposición de enumerar actualmente, pero sobra decir que, entre todas ellas, destacan las cuestiones «Ayurvédicas». ¿Qué significa eso? Pues que está hecho con plantajos. Ni más ni menos. La cuestión es que, según parece, en Sri Lanka todo es prácticamente ayurvédico. ¿Te quieres depilar las piernas? Potingue ayurvédico. ¿Te duele la cabeza? Potingue ayurvédico. ¿Quieres que te crezca pelo en las piernas? Potingue ayurvédico. Os juro que hay soluciones de ayurveda para todo.

Yo no critico su efectividad, es más, me aplicaron potingue ayurvédico para, precisamente, dejarme una calva en mitad de la espinilla que tardó meses en desaparecer. El individuo que lo hizo se sintió la mar de orgulloso, pero yo temía parecer un metrosexual de discoteca. El tema es que, lo ayurvédico, como podéis imaginar, está plenamente integrado en el día a día de los Cingaleses, y por supuesto eso incluye a los masajes, que son algo así como el servicio estrella de las cuestiones ayurvédicas y un gran  reclamo para incautos turistas.

Y en este contexto es donde sucede la Historia Real que quizás algunos ya conozcan pero que otros deberían conocer. Me he tomado la libertad de reeditarla para dotarla de mayor perspectiva y dramatismo, por si acaso le hacía falta.

16 de Noviembre de 2018. Pueblo de Ella. Sri Lanka. 17.30h.

Hoy hemos invertido más de media jornada en atravesar un majestuoso bosque tropical para alcanzar la cima de una montaña cuyo nombre es sencillamente «Ella Rock». Los Cingaleses no se andan con tonterías a la hora de poner nombres a las cosas. Atravesar el bosque que antecede a la cima de «Ella» ya ha sido una odisea por derecho propio; es un espacio plagado de trampas mortales para turistas de tez pálida como nosotros. A lo largo del recorrido puedes ver, con un poco de suerte e imaginación, algunos cartelitos escritos con jeroglíficos incomprensibles que aparentemente marcan una ruta segura hacia la cima. Nada más empezar, con la hierba por encima de nuestras cabezas, una señora ha surgido entre la vegetación como un velocirraptor borracho y nos ha dado un susto de muerte. Entre gruñidos y toses reptilianas nos ha dado a entender que estábamos yendo en mala dirección y se ha ofrecido amablemente a guiarnos por aquel complicado paisaje.

Mientras seguíamos la estela de la mujer, que avanzaba como un rinoceronte entre la frondosa vegetación, yo no podía parar de mirar a mi alrededor con un sentimiento de vulnerabilidad creciente. Estábamos atravesando una puñetera selva donde, literalmente, un paso en falso suponía perder de vista al que tenías delante. Además, Sri Lanka es famosa por su abundante y generosa oferta de Serpientes y Avispas Venenosas que, por supuesto, son grandes como gorriones comunes. He pasado un rato regulín, la verdad, pero finalmente hemos salido a un espacio más o menos libre de vegetación y, ¡sorpresa! la mujer, con una sonrisa de hiena histérica, nos ha dicho que si queríamos que siguiera guiándonos a través de ese inhóspito terreno debíamos de pagarle. Yo le he explicado amablemente que se podía ir a tomar por culo, eso sí, con mucha educación, pues no hay que perder las formas y seguido nuestro camino en saludable soledad.

Como nuestra intención no era otra que subir una maldita montaña, alta como la factura de la luz en verano, ha sido relativamente fácil localizarla en un punto del camino donde que los árboles clareaban. Otra pista reconfortante ha sido empezar a tropezar con un flujo constante de sudorosos y jadeantes turistas. Sin mayores complicaciones finalmente hemos alcanzado la asombrosa y escurridiza cumbre de Ella Rock.

Cuando nos hemos cansado de mirar cosas hemos tomado el camino de regreso a Ella, el pueblo  en el que estamos hospedados y que se ha convertido en los últimos años en un enclave de gran éxito turístico. Paseando por sus callejuelas imbuidas de frenesí expansionista no he podido evitar sentirme como si estuviese en una versión exótica y húmeda de nuestra querida Benidorm. Las luces festivas, los turistas borrachos y los reclamos publicitarios inundan todas las fachadas y portales. Eso sí, ningún edificio supera los dos pisos de altura, cosa que es de agradecer, ya que están construidos a base de palotes y buenas intenciones. Bueno, pues el tema es que íbamos paseando por el pueblo, bastante cansados ya por la caminata y con las sandalias llenas de barro, y nos hemos cruzado con uno de esos carteles luminosos que, con una tipografía hortera, nos ofrecía un masaje ayurvédico a un precio razonable.

El establecimiento era bastante modesto, como lo suelen ser todos por estos lares, sin embargo disponía de todas las comodidades que uno pudiera desear después de subir un montaña, que son más bien pocas y se concretan en formato de silla. Nos ha atendido uno de los lugareños, aparentemente el propietario. Se trataba de un individuo correctamente sonriente que olía a pomelo y que nos ha explicado las distintas opciones de masajes, sus beneficios corporales y sus respectivas tarifas. Entre todas las opciones ofrecidas en el menú nos hemos quedado con la única en la que los modelos de la fotografía parecían no estar pasándolo del todo mal y que podía ser compartido en pareja. Al parecer el tratamiento consistía en un repaso por todo el cuerpo con aceites mágicos, refrescantes y exóticos, con tantas propiedades beneficiosas para el cuerpo que no merece la pena ni mentarlos. ¿Cómo no caer en la tentación?.

Mientras nos conducían hacia una especie de sala de espera me he visto en la obligación de preguntar al responsable si debíamos de llevar alguna ropa especial. De repente he sentido una ligera preocupación al pensar que, quizás, debía quitarme la ropa para el masaje, lo cual parece ser que es lo más apropiado, y yo no recordaba en qué estado se encontraba la ropa interior que llevaba puesta. El hombre me ha dado a entender que eso no debería suponer una preocupación. Eso no ha terminado de tranquilizarme pero lo he dejado pasar confiando en que no llevase unos  «calzoncillos»de esos con déficit de tela.

Unos minutos después me encontraba ya cómodamente instalado sobre una camilla que probablemente fue ensamblada en los tiempos del primer Buda pero que  parecía firme y relativamente segura. En el centro de su superficie, un acertado agujero me ha permitido seguir respirando y babear sobre una palangana estratégicamente colocada en el suelo a la altura de mi cabeza. Previamente a mi llegada algún empleado se ha tomado la molestia de encender inciensos con olor a guano al que, después de unos instantes, el olfato acaba rindiéndose y el cerebro termina por ignorar. De repente, estando yo ya bastante relajado, he empezado a sentir más que a escuchar como algo se desplazaba a través del edificio en mi dirección. El rítmico golpeteo me hacía presuponer que se trataba de unos pasos pesados, y cuando mi nivel de estrés estaba empezando a hervir, el saco de patatas que hacía las veces de cortina se ha abierto y alguien ha entrado en mi cubículo. A través del agujero de la camilla he visto unos pies morenos y anchos como raquetas de nieve que se desplazaban con ligereza hacía la camilla. Una voz suave y aflautada me ha preguntado algo que no he sido capaz de entender y, con mucho lentitud, he girado la cabeza para ver qué estaba pasando.

Una SEÑORA, de esas que curten el jamón a bofetadas y que en España se llamarían algo así como La Amparito o Eugenia, intensamente morena y con cara de inocencia fatal me, sonreía complacientemente. Tenía el diámetro abdominal de una depuradora y vestía ropas llamativas y coloridas. El conjunto en sí era bastante sorprendente. Muy pintoresco. Sin embargo, lo que no he podido evitar ha sido quedarme fijamente mirando anonadado el tamaño, la rudeza y la cantidad de dedos que tenía en las manos. Imagínate un racimo de enormes Plátanos Morenos.

Ha debido de notar mi estupefacción porque, con un hilillo de voz, como un matarife que siente la ansiedad de sus reses, me ha dicho «Please, Relax». Tan tenso estaba que se me ha olvidado parpadear durante un buen rato. Lentamente  he vuelto a meter la cabeza en el agujero de la camilla mientras escuchaba fascinado como la señora se frotaba las manos con tanta fuerza que ha empezado a oler a tostada. Luego se ha hecho crujir los dedos de manera salvaje. Parecía que alguien le estaba pegando patadas a un saco de almendras. Por el rabillo del ojo yo he buscado establecer contacto visual con mi pareja para ver cómo le estaba yendo a ella pero sobre todo para trasladarle un mensaje de advertencia.

La Amparito, después de pedirme educadamente permiso y habiéndole dado yo mis bendiciones, me ha soltado una colleja con la mano untada en un potingue Ayurvédico que me ha hecho morderme la nariz del retroceso. Ha estado un buen rato revolviéndome el pelo hasta dejármelo como a un cantante de Pop Coreano. En uno de esos meneos me ha girado tanto el cuello que me he visto el tatuaje que llevo en la espalda y, de refilón, he podido comprobar la paciencia y el amor con el que la señora llevaba a cabo su sadismo. Cuando Amparito ha comprendido que mi cuello ya no podía ser más maltratado, que no tenía más ángulos en los que ser girado, me ha pasado una toallita tan suave como el asfalto y me he comunicado que, a partir de ese momento, empezaba el masaje. También me ha preguntado cuál era mi preferencia en cuanto a la «dureza» del tratamiento. Temiendo por mi integridad física he puesto a la Amparito en modo «suave». La exótica señora, sonriendo con sentida amabilidad, ha metido las manos en un tarro de aceite hasta los codos y se ha puesto a trabajar.

Después del primer mazado mis recuerdos se han vuelto bastante borrosos. Tengo profundas lagunas cognitivas, quizás para protegerme del trauma, quizás a causa del dolor, pero después de reventarme la espalda a puñetazos como si me odiase de otra vida, Amparito ha empezado a trasladar su bombardeo sostenido hacia otras posiciones. Se ha esforzado por aniquilar con precisión maníaca cualquier centímetro de músculo sano. Quería gritar pero era físicamente imposible; con cada golpe de esas manos duras y negras como cocos el aire de mis pulmones se escapaba irremediablemente.

Una vez satisfecha con el destrozo lumbar Amparito se ha tomado la libertad de quitarme la toalla, que era mi única armadura frente a su rudeza profesional, y me ha bajado los calzoncillos hasta las rodillas. ¡Sorpresa! Creo haber pensado en ese momento. El shock ha sido tan profundo que he apretado las nalgas hasta hacerme un esguince. Antes de poder articular cualquier tipo de queja Amparito ha retomado su ofensiva golpeando como un martillo pilón mis cómodas nalgas hasta dejarlas prácticamente inservibles. Sin embargo, pese al desgaste al que me ha sometido inicialmente, Amparito se estaba guardando lo mejor para el final. Cuando creía que ya nada podía ir peor, Amparito a consultado su manual de atrocidades ayurvédicas y ha cambiado el formato de su tortura. Como si estuviese intentando lavar una prenda anormalmente gruesa y sucia en un río especialmente seco y contaminado, ha empezado a frotarme las nalgas con tanta urgencia, con tanta presión, que he llegado a pensar que estaba realmente buscando algo. Nunca antes nadie me había sobado así. Se ha esforzado tanto y ha llegado a tantos sitios que, con la mente todavía entumecida por la inflamación, me he visto tentado de pedirle un diagnóstico de próstata.

Pero afortunadamente todo tiene un final. También el horror. Amparito, después de secarme con la toalla exfoliante y darme unos amables cachetes en el culo, se ha despedido con alegremente de mí y se ha ido a reventar a algún desafortunado extranjero a la habitación de al lado.

A partir de ese momento todo lo que ha ocurrido carece ya de importancia. Sobra decir que ha sido una experiencia extraordinaria y un punto de inflexión no solo en este viaje, sino probablemente en nuestras vidas. No entraré en juicios de valor porque viajar es lo que tiene. Tampoco pongo en duda las buenas intenciones de Amparito, que sin duda alguna adquirió su espantosa fuerza talando árboles a bofetadas en las selvas de Sri Lanka. Desde ese momento, cuando leo en algún cartel la palabra «Ayurveda», se me ponen bizcos los ojos y se me contraen las nalgas.

Sri Lanka, tierra de Sorpresas.