SERES ABSURDOS
SERES ABSURDOS
- Oxidado y maloliente -
Parte 1
Después de una larga y desagradecida jornada de trabajo en la fábrica calzoncillos de lana Manfred recorría el camino de vuelta a casa con un poco de dinero en los bolsillos y mucho alcohol en el riego sanguíneo. Los viejos faros de su camioneta desvencijada apenas alcanzaban a iluminar unos pocos metros de asfalto con una luz amarilla y mortecina. Si algún peligro surgiese en su trayecto no tendría tiempo ni de cagarse en los pantalones. Hacía poco rato que se había metido entre pecho y espalda seis solitarias pintas de cerveza en un bar que olía como un saco de ojetes y del que había sido invitado a marcharse amablemente a punta de escopeta por tirarle los trastos a la madre del dueño.
Manfred no llevaba una vida de lujos; eso saltaba a la vista solo con ver la trampa mortal que conducía regularmente. Tampoco sabría qué hacer con lujos. Era una de esas personas que comía directamente de la sartén para no tener que fregar el plato. Toda su vida la había pasado con lo puesto y se había preocupado solo por el futuro más inmediato, ese que existe solo a la altura de tu propio flequillo. Todo lo que ganaba en la fábrica le daba para pagar un cuchitril de quince metros cuadrados que compartía con una familia de arañas silenciosas, para poner “caldo” a la camioneta y para llenar la despensa de latas de berberechos en escabeche. El capital restante lo invertía religiosamente en placeres etílicos de distinta gradación.
El trayecto que recorría lo había estado transitando diariamente durante los últimos diez años en distintos estados de embriaguez y se sentía tan confiado como para hacerlo con los ojos cerrados, o eso solía pensar él. Tampoco es que tuviera que demostrárselo a nadie, pero reconocía cada giro, cada señal y cada árbol que había a lo largo de los ochenta kilómetros de recorrido. Había tenido tanto tiempo para familiarizarse con la ruta que puso apodos a todos los animales atropellados que decoraban el asfalto. Tobi, Kuka, Bichi, Blanquita, Botitas… Todos nombres sarcásticos que rozaban por los dos lados el mal gusto. Pero así pasaba el rato, sumando kilómetros a un contador que hacía más de cuarenta años que se había rendido en su único propósito existencial.
La carretera en sí misma no era excepcionalmente peligrosa. Era un puerto de montaña de sinuosas curvas por el que había que circular con un poco de cuidado para no despeñarse y estar atento por si se producían desprendimientos mortales, pero poco más. La mayor parte del tiempo la carretera se desarrollaba con curvas a izquierda y derecha y en combinaciones alternas de esas dos variables, con trazos tan aburridos como predecibles y que, después de un rato, en nada favorecían la vigilia de quien las transitaba. Lo cual sí que solía suponer un problema moderado. A lo largo del trayecto se podían apreciar algunos puntos críticos en los que otros desafortunados conductores habían retado a las leyes de la física (y habían perdido estrepitosamente) lanzando sus vehículos a través de la mediana hacia un abismo de rocas, árboles furiosos y chatarra oxidada.
Manfred sabía de todos esos casos. Algunos eran antiguos y otros más recientes, pero todo aquello eran cosas que les sucedían a los demás, gente incauta o poco hábil al volante. Él llevaba en la carretera prácticamente toda su vida y nunca había tenido ningún problema, excepto aquella vez que se empotró contra una farola y que, por supuesto, no fue culpa suya. Los carteles de lencería femenina no deberían tener tanto rosa.
En algunos tramos de aquel recorrido era habitual encontrar niebla a altas horas de la madrugada. Era un fenómeno atmosférico bastante recurrente a aquella altura y que, si tenías un buen seguro de coche y de vida, tampoco era para preocuparse mucho. Aquella noche sin embargo la niebla bajaba más densa que un yogur griego. Manfred no podía estar seguro, pero juraría que se le había metido incluso dentro de la mollera. ¿Era aquello realmente posible? Quizás tuviese más que ver con el hecho de haber estado bebiendo como un Vikingo en una despedida de soltero. Los limpiaparabrisas de la furgoneta no daban más de sí. Iban de un extremo al otro del cristal sin hacer absolutamente nada útil. Cada barrido producía un sonido espeluznante que se propagaba a través de la niebla como si alguien estuviese pisando el rabo a un perro especialmente quejica.
Para mantener a raya al persistente sueño Manfred decidió poner la radio. Le arreó un par de sopapos a un transistor a pilas que llevaba en el asiento del copiloto, pues hacía mucho tiempo que la radio del coche había sido intercambiada por un magnífico colchón hinchable con más parches que un chaleco heavy. Mientras sujetaba el volante con las rodillas y se liaba un cigarro con la mano izquierda, empezó a mover dial del aparato buscando cualquier señal que le ayudase a mantener los ojos abiertos uno rato más, pero con aquella niebla y a aquella altura lo único que consiguió fue un monótono ruido de la estática radiofónica. Mejor aquello que nada, pensó equivocadamente.
Como no podía ser de otra manera, a largo plazo, conducir una camioneta con las rodillas es una actividad totalmente incompatible con la vida ( pregunta a tu médico de cabecera si tienes dudas). Mientras pasaba la lengua reseca y áspera como la piel de un kiwi por el papel de liar de su cigarrillo, una de sus rodillas resbaló del volante. La vieja camioneta empezó a pegar bandazos por la carretera como si hubiese entrado en pánico. Manfred luchaba torpemente por recuperar el control de su vehículo a la vez que intentaba no atragantarse con el cigarrillo. Una gran cantidad de bártulos mal asegurados empezaron a volar por la cabina del coche añadiendo dificultad extra a la maniobra desesperada. Antes de recuperar definitivamente el control la camioneta pegó un último restregón contra el quitamiedos contrario y volvió violentamente a su propio carril dejando una estela de chispas bastante espectacular.
Una vez asegurada la dirección, con las dos manos firmemente instaladas sobre el roñoso volante y con un sorprendente y repentino estado de lucidez, Manfred se dedicó a hacer un rápido balance de daños. Comprobó que toda la porquería que pululaba habitualmente por el interior de su coche seguía estando más o menos en su sitio. Utilizó los espejos retrovisores para ver si había daños estructurales serios; es decir, que no se le hubiesen salido las ruedas o el motor, que era fundamentalmente lo único que le importaba.
Superado el momento de ansiedad empezó a sentir una repentina y abrumadora necesidad de beber. El susto había puesto a funcionar el sistema de soporte vital autónomo de su cuerpo y demandaba grandes cantidades de agua para paliar el incipiente estado de deshidratación. La resaca del día siguiente iba a ser de las buenas. Con los ojos abiertos como dos platos de soperos y una mano firme en el volante, empezó a rebuscar entre los trastos que había sobre los asientos traseros. Tenía vagos recuerdos de haber visto en alguna ocasión una botella con líquido trasparente dentro, presumiblemente agua. Una zapatilla rota, un bidón de gasolina, ropa vieja, calzoncillos de lana de segunda mano, comida en distintos grados de descomposición, un trozo de parachoques… Nada. Ni rastro del agua. Estuvo un rato intentado abrir la guantera para ver si había suerte y acabó por recordar que, efectivamente, su coche nunca había tenido una. Con un resoplido de frustración y cansancio abandonó su empeño y se quejó en voz alta y pastosa.
– Maldita sea. Daría lo que fuese por un maldito trago de maldita agua asquerosa -.
Como respondiendo su invocación, a la altura de su oreja derecha, apareció una botella de cristal llena de agua prístina. Aletargado como estaba por el alcohol y preocupado solo en saciar su sed, Manfred cogió agradecido la botella, arrancó el tapón de rosca con los dientes y lo escupió contra la ventanilla cerrada. Empezó a beber ávidamente su contenido haciendo más ruido que un desagüe. El agua estaba fresca, pero no demasiado, lo suficiente para notar su paso a través de la garganta reseca y calmar la sed instantáneamente. No recordaba haber bebido algo tan magnífico en su puñetera vida. No era solo una cuestión de sabor, porque al fin y al cabo era agua, si no la sensación de bienestar que dejaba a su paso aquel líquido tan sencillo y extraordinario que arrastraba consigo los síntomas etílicos y la pesadez de estómago.
Conforme la sed iba desapareciendo y la inflamación cerebral remetía, las pocas neuronas que Manfred conservaba empezaron a lanzar señales de advertencia. En realidad llevaban un buen rato haciéndolo, pero ya no se esforzaban tanto como cuando eran jóvenes. Toda una vida de maltrato sistemático les había robado el ánimo a base de chupitos de Tequila. Sin embargo el aviso fue poco a poco abriéndose paso a través de la niebla mental hasta alcanzar su consciente. Empezó a formularse preguntas básicas que tenían respuestas complicadas. Con mucha lentitud dirigió su mirada vidriosa al espejo retrovisor, que por supuesto estaba totalmente resquebrajado y se sujetaba exclusivamente a base de fuerza de voluntad. El pulso de Manfred empezó a subir de revoluciones como una lavadora centrifugando y el agua que todavía no había tragado empezó a salirse de la boca medio abierta. A través de la superficie fragmentada del espejo, los ojos llorosos de Manfred conectaron con un horror caleidoscópico.
En el asiento de atrás, incómodamente instalada entre toda la porquería, una entidad grotesca y espectral devolvía la mirada a Manfred. Muy poco a poco, intentado que el corazón no se le saliese por las orejas, Manfred giró la cabeza hacía atrás deseando con todas sus fuerzas que aquello no fuese más que una alucinación. Girando el cuello hasta el borde de la fractura tuvo una mejor visión de la realidad que se había materializado en el asiento de atrás de su vieja camioneta. Su cuerpo le enviaba mensajes contradictorios; sus ojos le decían una cosa y su cerebro otra, y entre ellos no parecía haber consenso sobre la naturaleza de lo que allí se estaba manifestando.
La entidad que viajaba en el asiento de atrás de Manfred no tenía derecho a pasearse por la realidad, y mucho menos a llevar el cinturón de seguridad puesto. Su cuerpo era translucido, como si se le hubiesen olvidado la mitad de sus átomos en alguna parte. El pelo, negro como el ojete de un grillo, se movía artificialmente como si tuviese la cabeza metida dentro de una palangana. Iba vestida con un largo camisón blanco de esos que se pueden encontrar en cualquier bazar chino y no tenía piernas de rodillas para abajo, lo cual era de agradecer en aquella circunstancia porque no quedaba mucho espacio. Pero de todo aquel conjunto, lo que realmente perturbó a Manfred fueron los ojos de aquel ser. Eran dos abismos negros de antinatural circunferencia. Tenían el mismo formato y color que el tapón de un fregadero, pero con sendas pupilas blancas en el centro. El perturbador aspecto quedaba un poco mitigado por el hecho de cada ojo parecía funcionar con total independencia. Pero a pesar de eso, aquel ser parecía haber sido engendrado en las peores pesadillas del mas demente de los psicópatas.
A través del transistor de radio empezó a sonar una voz femenina y juvenil distorsionada por la estática de fondo. – Si te bebes toda el agua te sentará mal y te dolerá la barriguita -. Aquello fue el colmo. El esfínter de Manfred, que a duras penas había aguantado el tipo hasta aquel momento, decidió relajarse y mandarlo todo a tomar por culo (nunca mejor dicho). Manfred cogió tanto aire como pudo y empezó a gritar como una colegiala en un concierto de los BackStreet Boys. La criatura empezó también a gritar con una boca grande y redondeada como una sartén, pero el sonido no salía de aquel pozo de terror, sino del transistor. En apenas unos segundos la camioneta de Manfred se llenó de una cacofonía insoportable. Sin poder apartar la mirada del ser Manfred empezó a manotear buscando el picaporte de la puerta y, cuando dio con él, tiro con tanta fuerza que lo partió. Decidido a escapar de aquella situación, empujado quizás por un instinto de supervivencia adulterado por el alcohol, se lanzó por la ventanilla del coche.
Afortunadamente, con todo aquel disparate sobrenatural, la camioneta había aminorado sustancialmente la velocidad y Manfred rodó como un salchichón por el asfalto sin sufrir graves daños. Mientras se ponía de pie torpemente tuvo tiempo de ver cómo el vehículo se alejaba y embestía contra el quitamiedos. En el asiento de atrás, con cara de sorpresa y congoja, la criatura del averno agitaba en el aire un brazo fibroso increpando a Manfred por su desfachatez. Camioneta y Ente salieron volando y se precipitaron hacia el vacío en mitad de un gran estruendo. Por debajo del sonido del metal oxidado golpeando contra la ladera de la montaña Manfred pudo escuchar cómo, a través del transistor, una voz distorsionada se desgañitaba barranco abajo. – Hiiiijooo de puut.. -. Las ultimas vocales de aquella ancestral maldición se perdieron en la noche, y Manfred, con menos prisa y más tranquilidad de la que cabría esperar dadas las circunstancias, empezó a caminar en la que esperaba que fuese la dirección correcta.
Continuará…

