ROÑA Y MUGRE

ROÑA y mugre

- la bonita historia de Humbel Pústula Bubónica Wilson, el niño gordito del caos -

Era la víspera de Vomicidad y el pequeño Humbel Pústula Bubónica Wilson corría por las calles de su ciudad con la despreocupada alegría de la juventud. Avanzaba todo lo rápido que deformadas y rechonchas piernas le permitían atravesando a la abigarrada muchedumbre que abarrotaba las calles de Ulcérador, una urbe de pesadilla en un planeta agonizante. Además de todos los tipos de venenos y pestilencias habituales, esa noche se respiraba en el ambiente cierta agitación y jolgorio generalizado. Humbel era un joven como cualquier otro entre los millones que infectaban la ciudad; gordo, paticorto, con los ojos anormalmente distanciados en un rostro que parecía un muestrario de acné y unas orejas como champiñones de las que rezumaba todo tipo de porquerías constantemente. A pesar de todas sus taras Humbel se sentía profundamente desdichado, pues a su edad la mayoría de niños con los que lidiaba estaban mucho peor que él y eso le mortificaba; olían peor, vomitaban con mucha más potencia, algunos tenían toses flemosas que ponían los pelos de punta y todos excretaban fluidos con mucha más frecuencia de lo que Humbel era capaz. Si bien es cierto que le llevaban ventaja, pues casi todos hacia tiempo que habían sido bendecidos en el macabro ritual ancestral en el que se les ordenaba como fieles seguidores del más gracioso y dicharachero de los Dioses del Caos; Nurgle. Aquel ritual se conocía popularmente como “Mi primera Mutación” y todos los chavales que deseaban consagrar su alma al Caos debían pasar por el templo Caótico de sus respectivos vecindarios donde un Hechicero los salmodiaba durante horas y finalmente los bendecía metiéndoles la cabeza dentro de una palangana llena de mierda santificada. De allí salían renacidos en la unidad con su mórbido dios caótico y con olor a cadáver en escabeche que ponía los pelos de punta. Amén de todo aquello, con el rito de “Mi primera Mutación”, se abrían las puertas a que, si Papa Nurgle lo consideraba oportuno y te habías portado despreciablemente, la noche de Vomicidad se materializaba en tu casa y te bendecía con una maravillosa ristra de mutaciones y enfermedades pestilentes. Humbel no podía dejar de pensar en hipotéticos escenarios donde, después de ser bendecido por Papa Nurgle, se reencontraba con su habitual pandilla de amigos, “Los Gonorrea”, para lucir sus maravillosas mutaciones, convirtiéndose así en el centro de atención y en la comidilla de todos los chavales del barrio.

Como ocurre con todos los niños en cualquier parte del universo Humbel cruzó la calle sin tomar la precaución de mirar a los lados, tan absorto como estaba en sus ensoñaciones mutagénicas que provocó varios accidentes entre los distintos acechantes e ingenios demoníacos que circulaban tranquilamente por la pegajosa carretera. Empezó a tararear una pegadiza canción que le había enseñado su madre y en la que intervenían todo tipo de esfínteres. Tal era su gozo que incluso empezó a “bailar” dando giros lentos, moviendo los brazos como un lunático, pegando saltos lamentables y, en definitiva, haciendo el tonto de manera ostentosa. La gente con la que se cruzaba se detenía para ver al gordito estrafalario. Algunos transeúntes aplaudían con manos tan llenas de mocos que, en vez de sonar “Plaff”, producían un húmedo “Choff”, y Humbel, gozando de su atención, se recreaba profana adulación. Mientras giraba y soltaba ventosidades fue testigo de cómo un individuo especialmente bendecido por la Lepra, enardecido por su actuación, perdía ambas manos en un aplauso demasiado efusivo. Con una impresionante traca final de pedos y eructos Humbel salió disparado por un pasillo que los testigos le habían facilitado para que pudiese seguir su camino, y así continuó hasta llegar a casa, al más puro estilo Bilis Elliot, el joven bailarín más famoso de la historia de Ulcérador. 

– Mamá ya estoy en casa! -. Los Bubónica Wilson eran una familia humilde de clase trabajadora y de un número de miembros indeterminado. Humbel sabía quienes eran su madre y su padre, y sabía que tenía un número de hermanos que oscilaba habitualmente entre la veintena y la treintena, pero poco más. El hogar de los Bubónica Wilson correspondía a la categoría de cubil infecto. El padre de Humbel, el señor Bubónica, tenía una modesta empresa de gestión de residuos y des-saneamiento, pero la mayoría de sus clientes le contactaban por problemas de plagas. La ciudad en general estaba sufriendo una grabe crisis de plagas; había muy pocas en los últimos tiempos y el señor Bubónica había encontrado ahí un nicho de mercado interesante, así que robó una furgoneta en un planeta fronterizo, hizo un pacto con un Demonio de Nurgle que se llamaba Francisco y visitaba aquellos lugares con déficit de plaga infectándolos de manera apropiada y con gran profesionalidad. La señora Bubónica invertía la mayor parte de su tiempo en dar a luz y el resto en cocinar para su inmensa prole y a veces esas dos actividades se solapaban con sorprendentes resultados. El único otro miembro de la familia por el que Humbel sentía un mínimo de aprecio era “Bobby El Azote”, un enjambre de moscas gordas como altramuces que habían sido poseídas por una entidad disforme y que hacía las veces de mascota en casa de los Bubónica. 

– Hola Pustulín. Llegas justo para la cena. Ves corriendo a enguarrarte las manos y siéntate con el resto de tus hermanos -. La señora Bubónica estaba totalmente ciega. Hacía tiempo que sus ojos habían explotado como cráteres de grasa purulenta. Desde bien pequeñito Humbel se había sentido fascinado por la pútrida belleza de su madre. Recordaba con nostalgia el tiempo en el que aún tenía un peso razonable y podían llevarle en brazos y el jugueteaba metiendo sus masitas verdosas en las cuencas oculares de su madre y todos se partían de risa.

De camino al salón hizo una parada en el cuarto de desaseo, y después de sacar a guantazos a varios de sus hermanos menores, metió las manos en la fosa séptica y rebuscó en el fondo hasta dar con el truño más fresco que pudo encontrar. Satisfecho con la captura se plantó delante del espejo y se lo aplicó con cuidado por la cara, cuello y manos. Una vez listo se dirigió al comedor, donde el resto de la familia estaba ya esperando y generando un gran alboroto. Humbel ocupó un espacio que quedaba libre detrás de unos cartones sucios, e incluso para llegar allí tuvo que agredir a varios de sus hermanos una vez más. Tan abarrotada estaba la estancia que había gente incluso debajo de la mesa y dentro de los armarios, y todos gritaban emocionados como polluelos gangrenosos y hambrientos, pugnando unos contra otros para evitar quedar aplastados o ser devorados por los más hostiles. Desde el pasillo empezó a llegar un rítmico y metálico golpeteo, como si alguien estuviese aporreando un gran cucharón oxidado por la pared, que era precisamente lo que estaba pasando. – ¿Dónde están mis apestosos pequeñines? -. La señora Bubónica se asomó por la puerta del comedor con su delantal de matarife lleno de mugre, con un barril metálico oxidado bajo el brazo y con su enorme cucharón empezó a tirar inmundicia por toda la estancia, aumentando el nivel de estrés y alboroto de sus hijos a cotas sorprendentes mientras se reía como una puta loca. – No os dejéis nada, preciosos tumorcillos. Creced y haceos gordos y feos. Y cuando hayáis terminado, recordad ensuciaos bien las orejas para iros a dormir, especialmente tu, Humbel; a Papa Nurgle no le gustan las orejas limpias…-. Humbel apenas pudo escuchar el consejo de su madre, pues estaba peleando a muerte por un trozo de caucho refrito con uno de sus hermanos al que llamaban Cachopo. Humbel era más joven pero el trato de favoritismo de su madre a lo largo de los años le había dotado de una complexión oronda muy superior al del resto de la camada, así que con un movimiento poco elegante pero notablemente certero se soltó un bofetón a su hermano. El golpe fue tan violento que la cabeza de Cachopo salió disparada y voló por toda la estancia hasta caer en el regazo de la Señora Bubónica que, entre risas y gorgoteos, la metió en el barril y se fue directa a la cocina a preparar el desayuno.

La cena transcurrió sin más incidentes destacables, y siguiendo las instrucciones de su madre Humbel cogió toda la porquería que encontró de camino a su habitación y se la fue metiendo meticulosamente en las orejas. Su habitación era el epítome la depravación sanitaria, una oda a la putrefacción. Todo el lugar fluctuaba en tonos verdosos y amarillentos y los olores eran tan fuertes y espesos que podían ser empujados. Humbel aspiró con un profundo gorgoteo tuberculoso aquel almizcle recreándose en los distintos matices. Se sentía especialmente satisfecho con el ambiente tan acogedor que había conseguido con el paso de los años y lo demostró soltando un estruendoso pedo en Fa sostenido. Lo primero que había hecho al adueñarse de aquella habitación había sido tapiar la ventana para evitar cualquier fuga gaseosa. Sus olores eran suyos y los atesoraba con recelo. Después había impregnado las paredes con todo tipo de mucosidades y excrementos traídos de los rincones más infectos de la ciudad. Durante un tiempo se dedicó a pintarrajear divertidos motivos caóticos en el techo que durante la noche se iluminaban malignamente y daban a la habitación cierta calidez y le ayudaban a conciliar el sueño. En una de las esquinas habían empezado a crecer unos hongos grandes y malhumorados. Debajo de una pila de huesos roídos y amarillentos había una tabla de madera carcomida que usaba como escritorio. De algún lugar irrelevante sacó un bolígrafo sorprendentemente limpio, después arrancó un trozo de tela acartonada de su ropa interior que se desprendió como si fuese el papel de una magdalena plagada de manchurrones con forma de anchoa. Se tomó unos instantes para poner en marcha su neurona y, con cara de gran esfuerzo, empezó a escribir.

 Querido Papa Nurgle:

Qué tal estás? Yo estoy bien. Soy Humbel ;). Sé que todavía es pronto para mí porque todavía no me he consagrado oficialmente en los ritos de “mi primera mutación”, pero es que tengo tantas ganas de que me bendigas con tu gracia que no me siento capaz de esperar más, y el resto de mis amigos se meten mucho conmigo porque dicen que apenas doy asco. Yo no les hago mucho caso y si alguno se pasa de listo le muerdo la cara hasta que me canso. Mi madre dice que cuando sea mayor seré gordo y asqueroso, pero yo no quiero ser solo gordo y asqueroso, yo quiero apestar planetas, quiero repartir enfermedades entre todos los niños del universo, quiero amontonar inmundicia y calamidad en todos los rincones de la creación, quiero ser inmenso, supurante, rezumante y colmarte de ofrendas. Sé que lo que pido no es poco, y que aún tengo mucho que aprender, pero te prometo que si esta noche me bendices, aunque sea con la más sencilla de las mutaciones, mañana mismo empezaré mi gloriosa misión de llevar tu apestosa virtud a todos los confines del espacio.

Te adjunto una lista de deseos en la que he estado trabajando y que me serían de gran ayuda:

– 2 Cuernos rizados en la cabeza; uno para la frente y otro debajo de la barbilla, en plan moderno.

–  Ventosas azules por toda la espalda que cuando haga calor tiren ácido y huelan a meado.

–  Brazos con muchas articulaciones que apesten a grasa y que, cuando los agite muy rápido, lancen mierda en todas direcciones.

–  Ojos en la nuca con muchas pupilas .7 esfínteres.

–  99 pezones. Por todo el cuerpo, repartidos aleatoriamente.

–  La lepra y/o sífilis.

–  Un tumor en la espalda que cuente chistes.

–  Aliento de cadáver.

–  Que se me caiga la piel de la cara. Que se me caiga la cara.

–  Pedos con sabores graciosos.

–  Que cuando me muera explote y lo ponga todo perdido.

No te entretengo más, seguro que estás con tus movidas. Acuérdate de mí, por favor. Te quiere y te admira Humbel Pústula Bubónica Wilson. ¡Gracias!

PD: Si lo anterior no fuera posible, por lo menos haz que se me pudran lo dientes.

Cuando terminó de escribir se sonó los mocos con el trozo de tela, lo dobló aplicando bastante fuerza y lo tiró por el retrete mientras ofrecía una plegaría impía, pues era el método más rápido de hacer llegar sus deseos a Papa Nurgle. En las infernales y laberínticas cloacas de Ulcerador se filtraba una saludable cantidad de disformidad, la materia primordial que aparentemente sostenía y justificaba la alocada existencia del Caos, y gracias a esa influencia todos aquellos mensajes cargados de deseos traspasarían la barrera de la realidad para llegar a otra dimensión que estaba a medio camino entre la locura normal y la locura definitiva. Humbel volvió a su habitación, vomitó un poco sobre la almohada para calentarla y se metió en la cama. Estuvo un rato observando los maléficos símbolos que se movían por techo y que proyectaban un sulfúrico resplandor verdoso. Poco a poco se fue quedando dormido, arrullado por el sonido de los insectos que pululaban por el colchón y el ronroneo a bajas revoluciones de Boby El Azote, que descansaba plácidamente a los pies de la cama.

A un tiro de piedra de allí pero en un dimensión paralela, un ser de proporciones ciclópeas era atendido por un ejercito de demonios gordinflones. Sentado en un trono de elegante inmundicia, con actitud relajada, zapatillas de estar por casa y un gorro de tela verde con una boñiga por polaina, Papa Nurgle, el Dios de las Enfermedades, el Dios de las Pestilencias, el Dios de la Putrefacción y los peos en los ascensores, una conciencia tan antigua como la vida misma, se partía la caja leyendo la infinidad de tonterías que sus fieles seguidores le pedían. Cogió una más del montón que tenía delante, una que llamaba especialmente su atención por su apestosidad. Acercándosela a una cara tan inmensa como un planeta reventado y con ojos excepcionalmente miopes, leyó con voz inmerecidamente aguda. – Humbel Pústula Bubónica Wilson… Interesante -. Y con una sonrisa que podría tragarse una galaxia añadió – Que tus deseos se vean cumplidos y tus promesas veamos realizadas-. Después pasó la lengua por el trozo de tela y se lo tragó.

Siglos después nadie recordaría al pequeño Humbel Pústula Bubónica Wilson, aquel gordito estrafalario y bailarín de Ulcélador. Los que le conocieron con aquel nombre estaban todos felizmente muertos. Sin embargo la galaxia tardaría mucho en olvidar a Bubónico “El Apestado”, el “Demonio de los 7 esfínteres”, “La Roña”, conocido también por muchos otros nombres ridículos que, durante décadas, atormentaron a los imperios que se repartían el universo. Finalmente había muerto como siempre soñó; con una impresionante explosión de inmundicia y mierda inclasificable que contaminó para siempre todo un planeta, consagrándolo así a su mecenas, Papa Nurgle, el Dios más simpático y campechano de cuantos hayan habitado en el panteón del Caos.

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